Ridículo a las puertas del Congreso

EDITORIAL

Lo ocurrido este jueves a las puertas del Congreso ha sido uno de los momentos más sorprendentes que hemos vivido en los últimos años y, por desgracia, también ha resultado de los más estúpidos que nos ha tocado sufrir, una marca que en la política española actual no es nada fácil de alcanzar.

En primer lugar, resulta francamente estupefaciente que un grupo parlamentario de 89 diputados se manifieste fuera del Congreso en lugar de hacerlo en el hemiciclo. Obviamente no vamos a pedir que el PP monte una concentración en el interior de la sede de la Soberanía Nacional, pero el Parlamento está precisamente para parlamentar y no para manifestarse fuera.

Tiene cierta lógica que a las puertas de las Cortes se concentren y protesten los que no pueden acceder a su interior, pero aquellos que han sido elegidos para representar a los españoles tienen que hablar desde sus escaños, y hay muchas fórmulas para expresarse dentro del hemiciclo que serían mucho más eficaces, inteligentes y, sobre todo, acordes con la dignidad de los señores diputados.

Pero si sorprendente es que un partido convoque una concentración a la puerta del Congreso, aún lo es más que su líder decida no ir y no ofrezca otra explicación que decir que "hay vida inteligente" en el grupo parlamentario. Más allá de que es un perfecto ejemplo de excusatio non petita, ¿qué tiene que ver que haya o no vida inteligente o autonomía para tomar decisiones con que Feijóo acuda a una protesta que ha convocado su propio partido? ¿Acaso el expresidente de Galicia no estaba de acuerdo con el modo de actuar de sus subordinados? Si no es así, ¿tenía cosas mejores que hacer un jueves a media mañana? ¿O quizá esa ausencia quiere indicar –sin duda es la sensación que se ha transmitido a los votantes– que esa vida inteligente en realidad no es tan inteligente?

Y si todo esto ya resultaba un espectáculo surrealista digno de André Breton, el culmen ha llegado cuando, en lugar de agradecer que miembros de Vox se uniesen a la protesta, algunos diputados populares se han enfadado con ellos y les han acusado de intentar "ganar protagonismo", con lo que han convertido la de este jueves en la primera protesta de la historia pensada para lograr el mínimo apoyo posible en lugar del máximo. Sencillamente ridículo.

Con todo, al fin y al cabo estaríamos ante una serie de anécdotas más o menos divertidas de no resultar tan reveladoras de lo que de verdad pasa por la cabezas pensantes –es un decir– del PP, que está claro que no entienden que, tal y como ha explicado esta misma semana Díaz Ayuso, estamos ante un momento de emergencia nacional en el que corren serio peligro la democracia y la nación misma.

Un momento en el que los populares no van a tener otro apoyo que el de Vox y Vox no podrá contar con nadie que no sea el PP. Ya es hora de que Feijóo y los suyos se den cuenta de que, por mucho que haya diferencias programáticas, de estrategia o de estilo, por mucho que pueda parecer que interesa electoralmente marcar unas distancias que no son tales, la única manera de que ambos partidos, la democracia y la monarquía parlamentaria y las libertades sobrevivan es que los dos partidos de verdad leales a la Nación y la Constitución se entiendan y logren remar en la misma dirección y sin escatimar fuerzas.

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