Ayuso y Aguado, una mala relación que ya nadie disimula

El desafío del vicepresidente esta semana marca el punto álgido de una relación política dinamitada.

Mariano Alonso | Míriam Muro

El desafío lanzado esta semana por el vicepresidente de la Comunidad de Madrid, Ignacio Aguado, discrepando públicamente, tanto en las redes sociales como en el prime time televisivo, de la decisión de Isabel Díaz Ayuso de recurrir a los tribunales las restricciones del Gobierno central para cinco millones de madrileños, supone el punto álgido de una relación que ya nadie se esfuerza en disimular lo mala que es.

La presidenta autonómica, del PP, y su número dos y portavoz, de Ciudadanos, no congenian, como sí lo hacen, sin salir del mismo ámbito territorial y de las mismas siglas políticas, el alcalde y la vicealcaldesa de la capital, José Luis Martínez Almeida y Begoña Villacís.

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Ayuso y Aguado, durante un acto en la sede de la Comunidad de Madrid. | EFE

Las cuitas y desconfianzas mutuas acumuladas en apenas un año de Gobierno son ya un lastre demasiado pesado para el primer gabinete de coalición en la historia de la región, asediado además por el runrún de una moción de censura de la izquierda para la que el PSOE ha llegado a ofrecer a Aguado la presidencia. De las palabras en privado de uno y otro entorno se deduce fácilmente que el cortocircuito es absoluto. Los más próximos a Ayuso afean a Aguado su "equidistancia" cuando, recuerdan, forma parte del Ejecutivo.

Sin ir más lejos, el vicepresidente se ofreció el jueves, durante su muy medida entrevista en el Telediario de Televisión Española, para "sentar" dijo, al Gobierno y a Madrid, ejerciendo una suerte de papel de mediador. Los cercanos a Aguado ven incoherente la actuación de Ayuso esta semana, pues consideran que aunque insuficiente el plan de Sanidad es para toda España, aunque en realidad sólo afecta a municipios madrileños. Además, en su boca está siempre un nombre, el del ínclito Miguel Ángel Rodríguez, elegido por Ayuso en enero como su jefe de gabinete, una decisión que el propio Aguado dijo en público no compartir.

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Ignacio Aguado y Ángel Garrido, en una imagen de archivo. | EFE

Tampoco la elección como consejero de Transportes del ex presidente autonómico y ex dirigente del PP Ángel Garrido, quien en plena campaña de las elecciones generales de abril de 2019 diese el campanazo fichando de imprevisto por el partido naranja, es considerado por los ‘ayusistas’ como el mejor de los gestos, aunque en ningún momento vetaron a su antiguo compañero de filas. Recelos, malos entendidos y una ya larga lista de desencuentros públicos evidencian que el tándem, en un tiempo de coaliciones de gobierno en muchos ámbitos, incluido el del Gobierno de España, es el que peor funciona de la política española.

Avalmadrid, el primer y temprano enfrentamiento

Tan pronto como en septiembre de 2019, cuando el Gobierno de Madrid apenas había echado a andar, la petición de la izquierda de una comisión de investigación en la Asamblea de Madrid sobre Avalmadrid, tras las informaciones sobre un crédito concedido en su día al padre de Ayuso, ya fallecido, cuando la hoy presidenta era una desconocida política del PP madrileño, desataron las primeras desavenencias. Ayuso calificó de "circo" la iniciativa a la que sumó Ciudadanos. El por entonces número dos del partido naranja a nivel nacional, José Manuel Villegas, replicó sus palabras asegurando que era un "ejercicio de transparencia".

Pero desde la llegada de la pandemia todo ha ido de mal en peor. Ayuso no aceptó que Aguado pidiese un "gran acuerdo" con el PSOE de Ángel Gabilondo. "Yo no pacto con el desastre" dijo; Aguado llegó a realizar una ronda de contactos personal con los grupos de la izquierda (en la Asamblea están también Más Madrid y Podemos) que tampoco autorizó Ayuso y que recibió el plante de la líder madrileña de Vox, Rocío Monasterio, cuyo apoyo fue clave para la investidura de Ayuso en el verano de 2019. Y en mayo, en plena desescalada del estado de alarma, Aguado volvió a contradecir a la presidenta al asegurar, en contra de su criterio, que Madrid debía pasar a la fase 1.

Todo hasta el desencuentro definitivo de esta semana, que no tiene visos de ser el último, con tres largos años de legislatura autonómica aún por delante.

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