La reforma 'silenciosa' de las pensiones: las claves de un cambio que nos ocultan

La contributividad (tanto aportas, tanto cobras) se supone que es el fundamento último, la justificación y lo que legitima el modelo de reparto.
N. Richart | D. Soriano

Hace una semana, La Pizarra de Domingo Soriano se centró en la otra parte de las pensione: las cotizaciones. Porque siempre que hablamos de las prestaciones de la Seguridad Social tendemos a hablar de lo que cobran los jubilados cada mes. Discutimos sobre si es posible revalorizar esas pensiones con el IPC, sobre gastos impropios o sobre las reglas de acceso al sistema.

Pero los ingresos de ese supuesto sistema tienen tanta importancia como los gastos. ¿De dónde sale el dinero con el que cada mes pagamos a nuestros pensionistas? De las cotizaciones sociales. Los políticos nos aseguran que ese sobrecoste que cada mes nos aplican en la nómina (y que incluye tanto la parte del empleador como la del empleado) es la forma que tenemos de "generar derechos a futuro". Incluso hablan de un "salario diferido". Es el lenguaje de la contributividad: tanto aportas, tanto cobras, que se supone que es el fundamento último, la justificación, del modelo de reparto.

¿Cuál es el problema? Pues que, como veíamos hace unos días, esa "contributividad" cada vez es menor. Sobre todo, para los sueldos altos. Cada vez hay más personas en España que pagan cotizaciones para nada. Por supuesto, sigue habiendo relación entre lo cotizado y la pensión futura... pero esa relación cada vez es menor. El porcentaje de nuevos pensionistas que cobran la máxima (y que, por lo tanto, tendrían derecho en teoría a una prestación superior si no estuviera topada) es mayor cada año.

¿Cuáles son las consecuencias? ¿Y cuáles serían las de destopar por completo las cotizaciones, como pide Podemos? Pues es fácil imaginárselas. Desde el punto de vista de los costes, supondría un palo brutal en las empresas, que verían cómo la factura mensual que pagan por los trabajadores de alta cualificación se dispararía. De un día para otro, la competitividad de la economía española se vería muy dañada. Nuestras empresas tendrían que pagar mucho más por lo mismo (porque el trabajador no cambiaría).

Además, estos trabajadores verían cómo su sueldo real (que incluye todo lo que abonan las empresas por ellos) se dispararía sin que ellos vieran ni un euro ahora. Lo único que tendrían (si suben las pensiones máximas, algo que habría que ver si se produce) es un hipotético derecho futuro. Pero incluso así, esa subida de las prestaciones nunca sería igual que la de las cotizaciones. ¿Incentivos? Muchos y todos ellos malos para la economía española. Desde la fuga de cerebros que buscasen otras jurisdicciones menos dañinas para su bolsillo a la economía sumergida o a los trucos para enmascarar como no salariales determinadas retribuciones.

Para los políticos, esta reforma silenciosa de las pensiones es muy atractiva. Parece que puedes incrementar la recaudación de un día para otro sin consecuencias. Pero es mentira, claro. Por una parte, aunque a cortísimo plazo sí puede subir algo lo que ingresas, a medio plazo estás poniendo en riesgo el empleo de tus mejores contribuyentes. Porque, además, la legitimidad del sistema se sustenta sobre esa "contributividad" de la que tanto hablan nuestros líderes. Si el ciudadano medio comienza a percibir que no es tal... puede que también comience a preguntarse si le merece la pena seguir pagando cada mes.

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