Así son los colegios de educación especial que Isabel Celáa quiere cerrar

Nos asomamos a uno de colegios de educación especial que podrían no sobrevivir a la disparatada normativa que Isabel Celáa quiere imponer.

C.Jordá

Aunque son eje central de la vida de las familias de sus aproximadamente 35.000 alumnos, los colegios de educación especial son, por lo general, grandes desconocidos para los españoles, que probablemente en la mayor parte de los hogares no conocen ni las características de los niños que acuden a ellos ni la impresionante labor que se desarrolla en estos centros y, precisamente, con aquellos con los que a priori más difícil parecería trabajar.

Un desconocimiento que tampoco debe sorprendernos ya que es obvio que la propia Isabel Celáa no tiene ni idea de cómo es ese mundo. Para saber más de este mundo ahora amenazado por la LOMLOE, la llamada Ley Celáa hemos hablado con Concha Vereterra, la Gerente de la Fundación NUMEN, una iniciativa que comenzó hace años en circunstancias muy difíciles con "un grupo de 17 familias y unos profesionales comprometidos" y que ha logrado crecer hasta tener un colegio y un centro de día en los que se atiende a estos alumnos tan especiales.

fundacion-numen03.jpg
Exterior del colegio NUMEN.

Aquel colegio estaba en un pequeño edificio de 300 metros cuadrados. Ahora sus instalaciones disponen de 3.000 para el tratamiento de sus niños, con elementos como "una piscina de hidroterapia o una sala de estimulación multisensorial que es única en España" y que cuenta hasta "un sistema de videomaping para estimulación sensorial de los niños y está completamente domotizada" u otra "de psicomotricidad también diseñada por nuestros propios terapeutas que se adapta totalmente a las características de nuestros chicos".

Colaboración público-privada

Todo ha sido posible con mucho esfuerzo de las familias y los profesionales, pero también con la colaboración de diferentes administraciones: la Comunidad de Madrid con la que el colegio se ha podido concertar o el Ayuntamiento de la capital, que cedió el terreno que ahora ocupan. También ha jugado un papel muy importante la Fundación ONCE, que ha aportado ayudas para sus afiliados, así como otras muchas instituciones y empresas que han colaborado con el centro o han hecho donaciones.

Instituciones públicas y privadas y casi una batalla permanente de las familias para atender a unos niños que, como nos explica Concha Vereterra, "están realmente muy afectados por la parálisis cerebral y por las discapacidades afines", niños que "necesitan en su mayor parte la ayuda de tres personas para todas las actividades de la vida diaria" y que tienen "un grado de discapacidad en torno al 80-90 por ciento".

Alumnos de todas las edades

La Fundación NUMEN tiene entre su alumnado a "personas de todas las franjas de edades", nos explica su gerente, "podríamos tener desde bebés recién nacidos hasta personas con 65 años", nos explica, "aunque ahora mismo como somos un centro joven los usuarios más mayores que tenemos en el centro de adultos tienen 50 años".

Entre todos son un centenar de personas que reciben tratamientos muy diferentes: "En atención temprana con un servicio de rehabilitación médico-funcional que está en marcha por las tardes con terapias individuales (fisioterapia, logopedia, estimulación multisensorial, psicomotricidad, terapia ocupacional y psicología…)". Estamos hablando de los más pequeños, los que van de cero a tres años.

Además, "también hay gente que viene a tratamientos específicos y disfrutan de nuestras instalaciones sin necesidad de estar en nuestro ámbito principal de actuación, que es el colegio educación especial". En él están los niños "desde el año que los niños cumplen 3 hasta que cumplen 21". Y, por último, está "el centro de día que pueden está destinado para personas adultas a partir de 18 hasta los 65 años".

fundacion-numen04.jpg

¡71 trabajadores!

Para atender a este centenar de niños y adultos la Fundación NUMEN cuenta con nada más y nada menos que 71 trabajadores, una cifra impresionante que su gerente nos explica con un ejemplo inmejorable y en el que, quizá, los promotores de la Ley Celáa no hayan pensado: "Tenemos un servicio de transporte con 12 vehículos propios".

¿100 alumnos y 12 rutas para llevarlos al colegio? Sí, aunque pueda llamar la atención, porque estamos hablando de furgonetas "en las que sólo viajan seis chicos porque si no los desplazamientos serian eternos". Rutas en las que, además, "hay que ir portal por portal porque no puedes tener una persona con condiciones de salud como las de nuestros chicos en la calle, esperando en un punto de recogida en mitad de una ciudad como Madrid con su tráfico absolutamente imprevisible".

Transportes que cuentan con un conductor y un auxiliar para cada seis niños, porque necesitan esta vigilancia tan próxima. Y es más, el trabajo de estas personas y que sean las mismas es fundamental para la tranquilidad de las familias, pero también para el propio bienestar de los niños: "Durante todo el curso las familias saben que a su hijo lo acompaña la misma persona, que lo conoce perfectamente y distingue a la mínima señal si el niño está contento o si está regular y que, en ese caso, cuando llega al cole lo primero que hace es ir a hablar con su referente y advertirle de que ese día el niño está raro y puede que le pase algo. Y ese nivel de atención —concluye— que es el que de verdad precisan estos niños, en un Colegio de 500 alumnos es imposible".

Familias a las que "les cambia la vida"

Le preguntamos a Concha Vereterra sobre el impacto que el colegio de sus hijos tiene en familias que, habitualmente, se enfrentan a muchísimas dificultades para poder cuidar de sus niños, cuyos problemas de salud hacen complicado hasta el gesto más banal del día a día.

"A las familias les cambia la vida" asegura con rotundidad y convicción: "Al principio llegan con muchísimo miedo, los primeros meses están muy agobiados e incluso las primeras semanas llaman todos los días varias veces durante la mañana para preguntar cómo están ", nos cuenta. Después, se van "ganando su confianza, van viendo que al principio su hijo, como todos los niños del mundo, llora al llegar, pero cuando después vienen a recogerlos están encantados".

Y además de eso, "indudablemente también ganan en calidad de vida", nos explica Concha Vereterra, porque los niños con un grado de discapacidad no suelen estar escolarizados porque "las escuelas infantiles no tienen capacidad para atenderles", así que hasta que entran en el colegio sus familias "están acostumbradas a ir de la ceca a la meca" para poder acceder a todos los tratamientos que los niños necesitan y eso acaba significando que "generalmente uno de los dos progenitores deja de trabajar, lo más corriente es que sea la madre, y se pasa el día volcado en las diferentes terapias que a las que tiene que llevar su hijo".

Y hay una consecuencia extra de todo esto: "Los familiares dejan de ser también los terapeutas de los niños", nos explica, un papel que muchas veces los padres tienen que desarrollar después de su trabajo, de las tareas de la casa, en cambio, si los niños van al colegio "cuando salen de NUMEN con todos sus tratamientos hechos, ya pueden disfrutar de sus hijos y jugar con ellos y disfrutarlos".

"Una familia" para las familias

Hay un aspecto más en el que estos colegios cumplen una función muy importante, nos explica la gerente de la Fundación NUMEN, aunque admite que "suena un poco tópico lo de que somos una familia", asegura convencida que "es verdad que lo somos".

"Yo no sé cómo funcionaría un colegio ordinario", explica pero "nuestras familias hacen piña entre ellas, comparten las mismas inquietudes, problemas alegrías y expectativas". Para gente que se enfrenta a problemas muy complejos en su día a día el colegio funciona como "un grupo un poco de referencia que es muy importante, tanto para los niños como para las familias".

Familias que ahora están terriblemente preocupadas por los planes de Celáa y por su ley con la que pretenden acabar con estos centros y como muestra de ello nos dice cuando hay noticias "contesto un centenar de mensajes de WhatsApp"

Todo por lo que considera un empeño "absolutamente ideológico" y "especialmente doloroso" por venir de dentro de la propia discapacidad. Pero detrás de la ideología y los planes políticos Vereterra tiene muy claro que "si verdaderamente la educación ordinaria fuese una respuesta adecuada para este tipo de niños nosotros nos habríamos quedado ya sin alumnos, no creo que haya nadie que quiera llevar a sus hijos a un colegio de educación especial si pudieran no llevarlos".

A continuación