26-J: el ganador y los perdedores

Los votantes del PP han renunciado a sus principios a cambio de frenar el chavismo.

Rafael L. Bardají y Óscar Elía

Si hay algo claro de los resultados electorales de ayer es que hay un claro ganador: D. Mariano Rajoy Brey. El presidente, a quienes tantos dábamos por muerto, ha dado la vuelta al escenario y, lejos de estar camino del forzado retiro político, seguirá al frente del PP. Su alegría en el balcón de Génova no podía disimularse, como tampoco la de su esposa. Contra todos los pronósticos, nadie va a echarle. Al menos a corto y medio plazo. Tras una campaña centrada en su persona y su personalidad, la victoria le pertenece por derecho propio.

Rajoy es el ganador. Pero los perdedores, por el contrario, son muchos. Para empezar, todos lo que en privado conspiraban contra él y ya se veían en una desbocada carrera sucesoria. Tal vez la excepción sea la secretaria general del PP, que evita un sangriento enfrentamiento con la vicepresidenta y se parapeta tras un Rajoy renacido. Los demás, los que ya se veían en trance de heredar sobre el cadáver de Rajoy, han perdido la guerra sucesoria antes de poder disparar un solo tiro.

En segundo lugar, pierden quienes, bajo el pretexto de la regeneración interna, confiaban y demandaban ingenuamente un congreso abierto donde desafiar el liderazgo de Rajoy. Pero, como venimos diciendo, el problema del PP no es Rajoy: el problema es una manera determinada de pensar y hacer las cosas que no es privativa de Rajoy: es la manera del PP. Y lo va a seguir siendo. No nos equivoquemos: con Rajoy se consolidan el marianismo y el sorayismo, y se cumple la profecía del ‘liberales y conservadores, a otro partido’. Si tras la pasada legislatura y el resultado del 26-J alguien cree que la bandera del liberal-conservadurismo se puede seguir levantando en el PP, está muy equivocado: la regeneración interna del PP no es viable, el debate está asfixiado y los militantes están militarizados. Esto es lo que hay, y esto es lo que habrá en los próximos años, sin alternativa ideológica interna alguna.

En tercer lugar, pierde estrepitosamente el conservadurismo. Los votantes del PP han renunciado a sus principios a cambio de frenar el chavismo. Han abrazado la estrategia del miedo aventada desde Moncloa y Génova frente a un hipotético tsunami de la izquierda radical que, al final, no ha llegado ni a categoría de leve pleamar. Ahora sabemos que el matrimonio de conveniencia entre Pablo Iglesias y Alberto Garzón se ha saldado con números en rojo. Y es que en política la suma de 1+1 suele dar siempre menos de 2: pese a ello, el voto del miedo ha primado sobre cualquier cuestión política o moral.

Llega el tiempo de la derecha desértica, yerma, despoblada. El PP de los próximos años se consolidará como el partido socialdemócrata moderado que ya es. No por sus ideas, que no tiene, sino por sus políticas e inercias, que sí las tiene, y muchas. Se derrumban también las esperanzas puestas por algunos de nosotros en Vox: deberá ahora replantearse forzosamente su estrategia. Se puede hacer una campaña a base de golpes de efecto, pero la larga travesía por el desierto ideológico por la que va a transitar la derecha en España exige claridad de ideas y conceptos más que gestos.

Ahora bien, no hay que desesperar. Cierto, no hay renovación a la vista; cierto, no hay bandera interna de renovación; y cierto, el conservadurismo está arrinconado contra la pared. Pero es verdad que ningún partido que recurre exclusivamente al miedo frente a los otros perdura en el tiempo. Le pasó al PSOE con su dóberman y le pasará al PP de Mariano Rajoy con su ‘o nosotros o el radicalismo’. Sólo es cuestión de tiempo, y no demasiado, que la carencia de un proyecto tenga consecuencias. Concedamos la noche de alivio entre los votantes del PP; incluso la euforia entre sus actuales dirigentes, puesto que se veían perdedores de antemano.

Y, sin embargo, ya el día después conviene tener claras algunas cuestiones. Para empezar, es verdad que el PP pasa de 223 a 237 escaños y de 7,2 a 7,9 millones. Es decir, recupera 14 escaños y casi 700.000. Ya habrá tiempo para analizar de dónde salen esos votos, si de los 400.000 que pierde Ciudadanos, de nuevos votantes o de la abstención. Pero hay algo que debería inquietar ya a los dirigentes del PP, por muy ebrios que estén con su victoria: los resultados del 26-J, por muy buenos que parezcan, no lo son tanto en una serie histórica. Rajoy ha perdido 3 millones de votantes y 49 escaños respecto de las elecciones de 2011. Pues no es otro su punto de partida, no diciembre de 2015, no lo olvidemos.

Es más, si se prefiere una mirada más a largo plazo, el PP de Aznar obtuvo en 1993, fecha en que fue derrotado, el 34,76% de los votos (y 141 escaños), frente al 33,03 de ahora. En 1996, primera victoria del PP, Aznar logró el 38,79% de los votos y 156 escaños, mientras que en 2000 alcanzó el 44,52% de los votos y 183 escaños. Es decir, los resultados del 26-J se antojan más bien pobres y poco prometedores, sobre todo si a cambio se ha escondido cualquier proyecto político sólido.

Por último, hay que esperar a ver qué Gobierno es posible a partir de ahora. Aunque ayer todos apostaban por un entendimiento PP-Ciudadanos, si hay alguna lección que la gente de Albert Rivera debería sacar es que ser bisagra significa exactamente no atarse a ninguno de los dos grandes. Su pacto con el PSOE le ha pasado factura; un entendimiento con el PP se la volverá a pasar. Si el resultado es que, al final, la abstención de PSOE y Ciudadanos permite formar Gobierno a Rajoy, la nueva legislatura será por fuerza frágil, debilitará aún más a Rivera y se estará a merced de los cambios de humor en el PSOE y la agitación política de Podemos.

Sea como fuerte, ya hemos apuntado, el gran derrotado en este escenario son las ideas liberales-conservadoras. Los partidos, las siglas, son instrumentos de ideas y valores, que son lo que realmente importa. Éstos son los que han salido perdiendo, y los que van a seguir erosionándose a medio plazo, en una dura travesía por el desierto. Vox ha sido incapaz de convertirse en ese necesario instrumento y, lejos de apostar por la regeneración y la renovación, el PP se enroca en la socialdemocracia, la política pop y el buenismo. Cualquier alternativa a la deriva del PP, interna o externa, tendrá que pensar cómo actuar a partir de ahora, en unas condiciones enormemente difíciles, en las que las ideas, los principios y los valores liberal-conservadores se van a sacrificar día sí y día también, en el altar de la estabilidad.

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