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El Rey apela a la colaboración entre administraciones ante un disciplinado Puigdemont

La plana mayor del separatismo se comporta con normalidad institucional en la inauguración del congreso de los móviles en Barcelona.

Pablo Planas (Barcelona)

Los barceloneses que esperaban a las puertas del Gran Teatro del Liceo de Barcelona la llegada del Rey Felipe VI lo recibieron con aplausos y vítores. En las puertas del recinto operístico esperaban el presidente de la Generalidad, Carles Puigdemont, la delegada del Gobierno, María de los Llanos de Luna, la presidenta del "parlament", Carme Forcadell y la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, con una estridente chaqueta dorada.

Puigdemont se adelantó y saludó con suma cortesía al Rey, casi con una inclinación de cabeza y un deje marcial. El ministro de Industria, José Manuel Soria, iba detrás de Felipe VI. Apretones de manos, nada de besos, salvo el de Soria con la delegada Llanos de Luna. El primer trance se había superado con una impecable aplicación del protocolo.

Ya en el interior, las autoridades se congregaron en el Salón de los Espejos, donde intercambiaron breves impresiones fuera de los micrófonos y las cámaras. Fue un lapso de menos de quince minutos en los que Forcadell y Puigdemont pudieron dirigirse en persona al Rey. Ningún gesto reveló nada más allá de la mínima cortesía y la educación más elemental. Segunda pantalla superada. Lo único que captaron las televisiones y los fotógrafos fue el pasamanos, en el que el Rey se entretuvo departiendo con los organizadores del Mobile, entre ellos los anfitriones de la cena y responsables del salón, los directivos del GSMA, la organización mundial de los fabricantes de dispositivos digitales.

A la hora de los discursos, ninguna estridencia. Comenzó Colau, que aludió a la brecha tecnológica. Y también el ministro Soria, en tono técnico y neutro. A continuación tomó la palabra Carles Puigdemont. La expectación cedió a la decepción. Cataluña ya no es el país más viejo del mundo como glosara Mas en idénticas circunstancias, sino un polo de atracción de nuevas tecnologías. Puigdemont sólo se tomó una leve licencia, una glosa en do menor del derecho a la "no resignación", que es lo que a su juicio habría llevado a Barcelona a restaurar el Liceo tras el incendio de los noventa y a ser una ciudad de ferias. Nada más, ni en inglés, catalán y español.

El Rey también se expresó en los tres idiomas, pero de manera menos críptica. En las palabras de bienvenida el monarca aprovechó para citar varias veces el término España. Acto seguido, apeló a la "colaboración entre administraciones" como elemento fundamental para el "bien común". Fue la alusión más directa a la situación política, unas líneas en un discurso en el que también abundó sobre las desigualdades debidas al "analfabetismo digital" y la "falta de conectividad" y el papel de los jóvenes en la "revolución permanente" de las nuevas tecnologías.

Tras los ataques del separatismo a la Corona, con mociones municipales para retirar títulos y calles a los Borbón y declaraciones críticas de los principales líderes del separatismo, los estandartes del golpe de Estado institucional se comportaron con una decepcionante moderación para las bases independentistas. Nada que ver con los dos últimos años del "president" Mas, en los que Felipe VI se tuvo que enfrentar a "espontáneos" que le negaban el saludo y a discursos inflamados de Mas sobre las raíces prehistóricas de Cataluña.

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