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La verdadera historia del hospital Isabel Zendal. Un vergonzoso ejemplo de manipulación

Libertad Digital visita las instalaciones del Isabel Zendal para contar la historia médica, no periodística, del hospital de pandemias de Madrid.

Nuria Richart I Carmelo Jordá

Podría empezar este reportaje sobre el Hospital Enfermera Isabel Zendal hablando de guisantes (el último sinvivir del grupo Prisa) y menús, pero me sonrojaría por tres generaciones. Libertad Digital ha visitado las instalaciones del único centro médico en el mundo monográfico, dedicado exclusivamente a la covid y a enfermos que han desarrollado una neumonía bilateral, es decir, en estado grave.

Entramos directamente al Pabellón 2, (tiene tres y este domingo ya se ha abierto el tercero) donde nos espera el director médico del hospital, Javier Marco, un internista que lleva décadas trabajando en el Hospital Clínico de Madrid. Con el actual viceconsejero de Sanidad, Antonio Zapatero, montó el Hospital de campaña de Ifema, modelo, en muchos aspectos, del Zendal. El recibimiento de Marco es de batalla en curso, impetuoso, comprueba nuestras mascarillas y pasa a la acción al momento, como si en vez de zuecos médicos llevara crampones para esta travesía. Abre unas puertas de emergencia, nos cuela por unas escaleras y cuando queremos darnos cuenta estamos entrando en la UCI.

Tras la desproporcionada campaña de difamación contra el hospital, quién fuera carpa en la calle, llegas aquí convencido de que en vez de un médico te recibirá un obrero de la construcción con pañuelo a los cuatro nudos y que la calidad de las instalaciones será semejante a la de un hospital de Berlín Oriental en los años 70. No es así. La sensación es que entras a un megalaboratorio, a un hospital del futuro. Es verdad que la nieve ayuda a la imaginería. Mucha luz, techos altos, espacios muy abiertos, todo milimétricamente instalado, nuevo, limpio, aséptico, sin intimidad. Hospital de convivencia forzosa entre ingresados. No hay televisiones. Calor. Por las cristaleras del pasillo de las oficinas, desde arriba, habíamos visto la distribución: silla, cama, silla, cama... y mesita al pie de cada cama. Se ha publicado que no había donde dejar la bandeja.

Marco arranca por nosotros con los hechos incomprensibles: "Ha habido todo un sector de la prensa que habla sin conocerlo". Lo dice tranquilo, asumiendo lo que hay. Y es que las servidumbres no perdonan ni en plena pandemia. ¿Cómo afecta eso?, le preguntamos. "Afecta a la moral de los pacientes que están ingresados y sobre todo a los familiares que leen en la prensa que aquí no hay nada, que esto es...". Pues eso. El diario El País llegó a titular: "Un hospital sin experiencia no es el mejor hospital". "Y afecta a la moral de los trabajadores. Con la opinión pública en contra no quieren venir". Marco reconoce: "El límite que tengo son los médicos". Flaco favor el del cuarto poder en medio de una tercera ola descontrolada. "Y luego, la gente llega y a las 48 horas está integradísima, está feliz, porque esto es una cosa muy especial, única en el mundo. Ven la realidad, que lo que hay dentro es espectacular". Vamos a comprobarlo.

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Imagen de una UCI

La mayoría de los ingresos se hacen porque los jefes de urgencias de los grandes hospitales de Madrid le escriben o le llaman: "Javier, tengo aquí 30. ¿Cuántos os puedo mandar para allá? Así es como funciona esto". Nos reta a que preguntemos en urgencias de "La Paz, del Gregorio Marañón o del Clínico, si esto sirve de algo". "Oye, ¿qué tal el Zendal? ¿Qué tal Javier Marco? Es facilísimo". Los últimos en llegar ese miércoles han sido 70 pacientes del Marañón, "haciendo un esfuerzo".

Entramos en la UCI. No son como las convencionales, en abanico, es decir, con varias camas seguidas y un control de enfermería a los pies. Aquí cada paciente está en una habitación de cristal aislada con presión negativa y doble puerta automática. El crítico es muy vulnerable a las bacterias, "le bajas las defensas del cuerpo y le tienes plenamente invadido por un tubo que va a la garganta". Nuestro guía nos señala los respiradores y unas torres de medicalización, "todo de primera línea". Actualmente hay diez ingresados y seis puestos libres. Vemos a varios sanitarios rodear a una paciente a la que intentan poner boca abajo. Es una medida terapéutica adicional de la covid-19, poner "en posición decúbito prono" para facilitar la respiración. Sin fotos, nos piden. Es la paciente que lleva más días en UCI.

Javier nos presenta a Ignacio Pujol, responsable de esta Unidad de Cuidados Intensivos. Con la estampa que tenemos ante nosotros sólo nos sale pensar en la vacuna y si evitará todo esto. Dice, "nadie sabe qué va a pasar, es tan nuevo todo, vamos a ver. Quién nos iba a decir en abril que en enero de 2021 seguiríamos así…". Pujol es un intensivista del Gregorio Marañon especialista en el paciente crítico oncológico. En las dos palabras que cruzamos con él escuchamos la profesión del consuelo humano. El coronavirus ha hurtado despedidas y ha despachado los seguimientos por teléfono. Están intentado marcar la diferencia, "tenemos una sala para que vengan los familiares y cuando llevan varios días con nosotros llamamos a la familia para verles la cara". Es único. "Yo ayer tenía un paciente que se estaba muriendo y avisamos a los familiares para que vinieran a despedirse. Por desgracia la mujer murió diez minutos antes", nos cuenta el director. También hay una capilla y asistencia religiosa.

El ingreso medio en UCI está en unos 20 días. "Si el paciente va bien en la primera semana tiene más posibilidades de salir. Depende de cómo está el pulmón de inflamado y cómo está de rígido. Más rígido, menos posibilidad de que salga", cuenta Pujol. Para los enfermos de UCI actualmente no hay "absolutamente nada". De todo el popurrí de medicamentos que hemos oído estos meses atrás lo único que se mantiene son los corticoides, la Dexametasona. "Lo que sí hemos hecho es dejar de dar medicación que hacía más daño que beneficio", comenta. Ahora han empezado con otro, la Prednisona, porque han visto, en uno de los siete ensayos clínicos que tienen en marcha, que produce "menos debilidad muscular". También se ha publicado que en el Zendal no había investigación. "Nosotros intentamos ser muy precoces con el tratamiento con corticoides que es lo que vemos que les salva". Además no vale nada, "2 pesetas, sí, es de toda la vida", comenta el director médico.

Ignacio Pujol también viene de Ifema. Allí fue "por falta de voluntarios, porque quería ayudar más de lo que lo estaba haciendo". Aquí ha venido por Javier, "me llamó y no me importaba, quería volver a ayudar". Y a toda prisa. "Lo ideal hubiera sido tener un mes para organizarnos un poco mejor. Lo que le gusta a todo el mundo cuando llega a un sitio es poder prepararse, esperar, pero aquí ha sido todo a la vez: atender a los enfermos, saber las extensiones del teléfono, medicaciones, comidas…". Si algo nos ha enseñado esta pandemia es que el mundo no es ni mucho menos perfecto. Remata Marco: "Al final un hospital es como un aeropuerto tiene que funcionar con precisión". La comida también se parece a la de los aviones. Al parecer, es una de las cosas que van a mejorar. Ya veremos qué opina la chef sindicalista que incluso les acusó en la prensa de envenenamiento.

Para Pujol la ventaja del Zendal es estar enfocado en un solo tipo de paciente, "es más complicado cuando cada uno es de su padre y de su madre. Por ejemplo, un médico para hacer una guardia ya sabe el enfermo que va a ver y cómo lo tiene que tratar". Javier, apuntala, "eso hace que el personal se vaya entrenando, entrenando, entrenando y cada vez somos mejores. Es como el que hace sólo pan, que al final te sale la barra de maravilla. Hacemos el mismo pan, lo vamos refinando, y ése es un plus".

Y nos queda la última parada, la zona estrella del hospital, la de Cuidados Intermedios, la que hace de retén en el avance de la enfermedad. "Va a ser motivo de publicación", se refiere Javier en una revista médica internacional, claro. ¿La clave? "Oxígeno a lo bestia sin necesidad de intubarlos ni sedarlos". Para que el pulmón conserve la elasticidad y el antiinflamatorio tenga tiempo de actuar. "Se pone a los pacientes unos ventiladores a través de los orificios nasales", nos explica Marco.

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Puesto de control de la Unidad de Cuidados Intermedios

El jefe de la unidad de Intermedios, el neumólogo Pedro Landete, nos da la cifra: "Hasta el 70% de los pacientes ha evitado ingresar en UCI. Lo sabemos, lo tenemos demostrado y publicado". Antes de nada nos indica que el de la cama 16, un conductor de ambulancia jubilado, es el que se presta para las fotos. Le hacemos los honores. Landete pasó la primera ola en el Hospital de La Princesa y recuerda cómo eran los traslados hasta un respirador: un compañero tiraba de la camilla y otro, sobre el enfermo, no dejaba de bombear oxígeno. O cómo se les morían pacientes en urgencias de una visita a otra. Ahora se ven bombonas de oxígeno de sobra en todos los pasillos.

Este joven doctor, sin reproche y apacible, nos cuenta "su gran problema", "nos falta gente por todos lados. Habrá que tener paciencia". Bueno, como sigamos así va a faltar personal en todos los hospitales de Madrid, le decimos. "Yo aquí necesito personal muy cualificado porque son pacientes muy graves y hay gente en los hospitales para esto". Casi suena a llamamiento, "la gente que viene ya se está dando cuenta de que efectivamente aquí se trabaja muy bien, en equipo, y hay un gran ambiente. Todo el mundo es igual de importante e imprescindible".

Casi hemos acabado. Nos despedimos y de buenas a primeras Pedro nos resume el espíritu del lugar: "Hay sitios en los que hay que tirarse más por el valor y el amor que por nuestra capacidad de trabajo en horas". Algunos están a lo que deben están.

El hospital Zendal tenía ingresados el sábado 23 de enero 404 pacientes, 352 en cama de hospitalización, 42 en UCRI y 10 en UCI.

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