Un profesor que se hace pasar por catedrático, enemigo de la estrangulación de Prim

El fiasco en el intento de rebatir la estrangulación de Prim ha tenido como uno de sus principales puntales al profesor de historia, Emilio de Diego.

Francisco Pérez Abellán

El profesor de historia, Emilio de Diego García, que se hace pasar por catedrático de la Complutense sin serlo y que comete grandes errores históricos en su libro sobre Prim, logró un notable protagonismo en la rueda de prensa de la Escuela de Medicina Legal por la exposición de su informe de "insoportable levedad", al combatir con gran indignación los logros de la Comisión Prim de Investigación.

El profesor de Diego, apoyado por María José Rubio y Pau Roca, de la Sociedad Bicentenario de Prim 2014, principales promotores de todo esto, tiene un amplio currículum que ofrece en Internet y donde no figura la palabra catedrático. Tampoco aparece como cátedro en la página web de la Complutense, donde solo es profesor titular, y así lo confirma la secretaría de su departamento.

No obstante es anunciado como "catedrático de la Complutense o simplemente catedrático", en numerosas conferencias e intervenciones en aulas culturales, como por ejemplo en el Aula de Cultura del periódico ABC, en mayo pasado, sorprendiendo la buena fe de sus lectores, tras contar con el respaldo, y la gran amistad del director de la Fundación Vocento, el divulgador histórico Fernando García de Cortázar.

Preguntado por mí en la rueda de prensa de la Escuela de Medicina Legal, convocada para combatir los resultados de la Comisión Prim, afirmó que era catedrático aunque no dio ninguna prueba. O sea que no solo deja que lo llamen así, sino que se proclama. También por ejemplo en Oviedo, donde una información del diario 20 minutos dice "el catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad Complutense de Madrid Emilio de Diego". De la misma forma, el director de Escuela de Medicina Legal, también de la Complutense, Bernardo Perea, odontólogo, afirmó que ha publicado artículos sobre momias de más de 142 años en revistas científicas de gran impacto, sin que haya podido citar ninguna.

Emilio de Diego es autor de un libro, Prim. La forja de una espada (2003), en el que comete un imperdonable error afirmando que uno de los asesinos de Prim, Paul y Angulo, volvió a España en 1885, cosa que en cualquier manual de historia puede comprobarse que es falso. Ninguno de los asesinos de Prim volvió nunca a nuestro país.

A pesar de ello, avalado por el conocido divulgador García de Cortázar en el grueso tocho totalmente fallido, publicado este mismo año con gran derroche económico por el servicio de publicaciones del Congreso de los Diputados que reúne los discursos parlamentarios de Prim – de forma atropellada, sin anotar y censurados-, el profesor de Diego, su compilador, vuelve a cometer el mismo error a pesar del tiempo transcurrido sin corregir nada. Este extraño "experto en Prim", con su extraño amigo historiador, cerró la rueda de prensa de la Complutense, aunque no estaba anunciado ni pertenece al equipo de Medicina Legal, dentro del compadreo general de la reunión, donde todos se conocían, "felicitándose de que el informe presentado a la opinión pública" sirva para "liquidar el infundio y la fantasía que podía haber afectado la imagen de un personaje tan notable de la historia de España". Una palabrería hueca apoyada por la Sociedad Bicentenario de Prim 2014, llena de personajes trasnochados como he descrito ya, ignorantes de la vida y obra de Prim.

Si por causalidad De Diego se refiere a las conclusiones de la Comisión Prim de Investigación debo decirle que fueron presentadas en su día en sede universitaria, presidida por la autoridad académica, por lo que merecen el mayor de los respetos, y que no le he visto interesarse lo más mínimo por informarse. Es decir que desde un primer momento su actitud ha sido de rechazo ciego e irracional más propio de Torquemada.

La verdadera causa de la muerte de Prim por medio de un mecanismo de asfixia a lazo esta perfectamente argumentada por la doctora María del Mar Robledo, científicamente sostenida y fotográficamente documentada por Ioannis Tsoukourais. Además coincide con el devenir histórico, la actitud e intereses de los personajes, su situación, disponibilidad y ambiciones, configurando un cuadro histórico armónico y verdadero. Por cierto, conclusión heredera de la línea argumental de una selección de famosos autores que apuntan en la misma dirección que nosotros culminamos.

Desde siempre se ha dicho que el magnicidio de Prim guardaba en la parte del sumario que se conserva los nombres de los asesinos, la estrategia del atentado, el salario de los asesinos a sueldo y hasta los pagarés con los que fueron satisfechos los mercenarios. La investigación de la Comisión Prim no es solo un completo informe forense que llevó a cabo la primera, y hasta hoy la única autopsia real realizada nunca al cuerpo de Prim, sino también una indagación sobre el crimen que señala a los autores intelectuales del magnicidio, a los asesinos materiales, la financiación y la complejidad del aparato de la doble muerte. Además el magnicidio de Prim es llave para entender los otros magnicidios.

Todo esto ha sido ignorado sistemáticamente por profesores de historia como De Diego que prefieren reflejar el asesinato tomando los datos de libros anteriores, en vez de molestarse en buscar los documentos originales, ignorando la existencia de aportaciones de primera mano como el sumario, o novelistas como Ian Gibson, que dicen que consultó un "appuntamento" del mismo en el Tribunal Supremo, cuando se trata de un sumario que nunca llegó a juicio y mucho menos al Supremo. Todos amigos de la honorable Sociedad Bicentenario. Gibson se equivocó con Lorca y se equivoca todavía más con Prim.

El magnicidio de Prim no fue solo un asesinato cruel y cobarde, fruto de una vil traición, sino el mas fementido relato histórico de todos los tiempos, para el que se inventaron toda clase de falsedades que han perdurado 142 años, y que todavía se encuentran en respetados libros de historia, demostrando la inexistencia en España de investigación histórica y la fácil adaptación a la rutina de algunos de nuestros docentes.

El caso es que la Comisión de Investigación Prim, que me honro en presidir, ha descubierto toda la verdad del crimen, sus circunstancias y mentiras, poniéndolas desde el primer momento a disposición de la comunidad científica internacional, de forma altruista, gratuita y sin afán de lucro, desde un índice en Internet para abordar el sumario mutilado y barajado para que sea posible encontrar la verdad, hasta las conclusiones médicas de la verdadera muerte que tuvo Prim.

Para ello, casi siglo y medio después, la Comisión Prim ha tenido que enfrentarse a una feroz resistencia por parte del inmovilismo docente, los intereses de partidos políticos, sectas ocultas y la indiferencia de unos novelistas que prefieren vender sus fábulas que recrean las falsedades que se inventaron para enmascarar el crimen, que abrir los ojos a la realidad. Siempre nos encontrarán aquí porque hemos decidido que no van a asesinar a Prim por tercera vez. La Comisión Prim fue creada para impulsar la investigación en la universidad y la alianza de las universidades para la investigación y así seguimos.

La Sociedad Bicentenario, comandada por comerciantes, como el vinatero Pau Roca, que reparte patrocinio económico de, al menos, dos firmas comerciales por encima de los 50.000 euros, no acepta la libertad científica de las conclusiones de nuestro estudio, pero no puede obviarlas. El último intento de neutralizarlas, deslavazado, ha sido a través del "equipo Perea" de la Escuela de Medicina Legal de la Complutense que con su director atraviesa el momento más negro de su historia, con continuos tropezones como el del "informe Bretón" o la "incapacidad para describir la totalidad de las heridas que presenta la momia de Prim", lo que le descalifica como autor de peritajes-forenses.

En esta circunstancia, acaba de presentar un trabajo de nulo rigor, nulo resultado que pretende mediante el uso indebido del prestigio de la Universidad Complutense obtener alguna audiencia en los medios de comunicación, pero que no resiste la menor inspección científica.

A continuación