Campaña de verano

Incendios forestales: apagamos mejor que prevenimos

Un informe realizado sobre los incendios forestales deja en evidencia ciertas técnicas de gestión que se realizan en España.

Miguel del Pino

Del informe sobre el riesgo de incendios forestales en la presente temporada presentado el día 26 de junio por WWF y la Fundación AXA, pueden extraerse conclusiones muy importantes. La primera responde a nuestro titular: somos muy buenos y eficaces apagando incendios, pero la escasez de los medios de prevención nos deja permanentemente expuestos al azote que supone el fuego para nuestras masas forestales.

No queremos perdernos en una vorágine de números y porcentajes, pero conviene recapacitar sobre los siguientes datos generales:

- El 60% de los grandes incendios forestales de nuestro país ocurre en las masas de bosques que más se apartan de su condición original, es decir, en las más modificadas por la acción humana.

- El 87% de la superficie forestal española carece de planes de gestión.

- La mano del ser humano, más o menos, escondida, se encuentra tras el 96% de los incendios forestales: un dato tan inexplicable como demoledor.

No arriesgues tus bosques

Este es el lema de la campaña de WWF y AXA en este presente verano. El número total de siniestros que padecemos como media anual, 16.500, es insostenible a todas luces, pero la mayor parte de ellos se apaga pronto y con eficacia. No ocurre así en el caso de los llamados GIF, (grandes incendios forestales), donde por una u otra causa no se consigue sofocar el fuego antes de que alcance la masa forestal y se convierte en una catástrofe.

Centrándonos en estos GIF, el riesgo de sufrir uno de ellos está relacionado con la orografía del terreno y con la naturaleza de la masa forestal, pero también con la cantidad de combustible presente en el bosque. El abandono del medio rural y el cese de las actividades forestales como consecuencia de la bajada de la demanda debida a la crisis se encuentra en el epicentro del problema.

Cada vez se limpia menos el sotobosque para el aprovechamiento de la leña en el entorno rural; cada vez hay menos ganado ramoneando bajo los árboles, y cada vez se utilizan menos los productos útiles que el monte nos brinda, como el corcho o las plantas medicinales o culinarias. La increíble consecuencia es que sólo el 13,1% de la superficie forestal nacional cuenta con planes de gestión. Para WWF esta desidia convierte nuestros montes en un verdadero polvorín cuando llega la sequía y el calor que, inevitablemente, acompañan al verano mediterráneo.

Bosque autóctono y bosque domesticado

No es nuestra intención satanizar los bosques cultivados para la obtención de madera y papel, pero no sería sensato ignorar la influencia de las especies arbóreas de una masa forestal en relación con su riesgo de sufrir un GIF. El 58% de la superficie afectada por los incendios corresponde a masas de coníferas, que sólo ocupan el 32% de la superficie forestal total. La conclusión es muy sencilla: este tipo de bosques arde mucho más que el autóctono. Más convincente aún es el caso del bosque de eucaliptos, originario de Australia e implantado en nuestro país como cultivo papelero. Las masas de este árbol, que apenas ocupa un 3% del total forestal, concentran casi el 20% de la superficie afectada por incendios.

Desde fuentes ecologistas se viene insistiendo mucho sobre este último punto: la culpa principal del problema de los incendios recae en la destrucción del bosque autóctono, es decir, encinas, robles, fresnos, etcétera, y su sustitución por pinos y eucaliptos. Ya hemos visto que hay algo de verdad en ello, pero hoy día está claro que la culpabilidad sobre los incendios recae, más que sobre las especies botánicas, sobre la eficacia del modelo de gestión. Hay que colocar el punto de mira de los medios de lucha concentrado en las masas forestales fuertemente alteradas, especialmente en aquéllas en que la especie dominante ha sido introducida o potenciada formando masas con poca diversidad.

La mano negra humana

Pero después de considerar los esfuerzos en medios económicos y sobre todo, en riesgo y a veces lamentablemente también en pérdida de vidas humanas, corremos el peligro de caer en la desmoralización al reflexionar sobre ese abrumador porcentaje de casos en que la mano del hombre está implicada en el origen de los incendios.

En ocasiones se trata de imprudencia o de mala gestión en las quemas relacionadas con la actividad agrícola, pero otras muchas veces no hay más remedio que reconocer que el incendio ha sido intencionado.

¿Qué motivos mueven a los incendiarios?

Las investigaciones arrojan una casi total ignorancia sobre los motivos que conducen a un ser humano para causar un daño tan grave a sus congéneres, atentando contra la naturaleza en un punto tan delicado: ¿Intereses económicos? ¿Auténticas patologías conocidas por la psiquiatría dentro del terreno de la "piromanía"? Por el momento imposible determinarlo, y ello es verdaderamente descorazonador.

En algunos casos se ha tratado de luchar contra los incendiarios del monte por medio de disposiciones administrativas, como la prohibición de construir durante amplios espacios de tiempo en terrenos calcinados por los GIF, tratando así de evitar los fuegos relacionados con la especulación urbanística. Todo puede ser válido a la hora de imaginar medidas que resulten eficaces, pero lo que resulta imposible penetrar en el cerebro de un loco o de un malvado irresponsable.

La inadecuada gestión del territorio

El creciente uso recreativo de algunas zonas forestales muy vulnerables viene a convertirse en otra arista del problema. Recodemos la tristemente célebre barbacoa de Guadalajara que costó la vida a once voluntarios.

Tampoco hay que olvidar la construcción de pequeñas urbanizaciones en zonas delicadas limítrofes con las masas forestales o incrustadas en ellas. Está claro que al iniciarse los focos de incendio hay que dar prioridad absoluta a la lucha en estas zonas, con riesgos de que la concentración de medios en unos pocos puntos proporcione tiempo al fuego para alcanzar el bosque y extenderse por él.

Sin olvidar nunca a las víctimas humanas

No caeremos en la injusticia de contabilizar masas forestales y especies arbóreas sin reflexionar y hacer homenaje a todos quienes luchan contra los incendios forestales, tanto formando parte de los medios oficiales, como actuando como voluntarios.

La pérdida de vidas humanas que a veces se cobra la lucha contra el fuego convierte en especialmente criminal la actividad de los incendiarios.

* Miguel del Pino es Biólogo y Catedrático de Ciencias Naturales.

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