Inmigración, natalidad y pensiones: las cuentas y los cuentos

La tasa de dependencia crecerá de forma paulatina hasta mediados de siglo y también lo hará el gasto público relacionado con la vejez.

D. Soriano

Tendremos más niños y vendrán cientos de miles de inmigrantes cada año. Ésta es la solución. ¿A qué? A casi todo. Para empezar, al problema de sostenibilidad del estado del bienestar español para las próximas décadas. Y hablamos de "estado del bienestar" porque las pensiones ni quiebran ni dejan de quebrar. Como hemos explicado en numerosas ocasiones, el "sistema de la Seguridad Social" no existe. Lo que existe es un ente denominado Reino de España que tiene un presupuesto con numerosas partidas de gasto (la principal de las cuales es la de las pensiones) y líneas de ingresos (en las que el impuesto más importante se llama "cotizaciones sociales"), junto un déficit anual por la diferencia entre ingresos y gastos, y una deuda pública a la que hacer frente.

Dicho esto, volvemos a la natalidad y los inmigrantes. Porque ahí se encuentra el remedio mágico, indoloro y sencillo. El discurso oficial, del Gobierno al Pacto de Toledo, gira alrededor de una obviedad: no podemos conocer cómo será el futuro y puede haber escenarios en los que desaparezcan algunos de los problemas a los que ahora hacemos frente. En este sentido, nos dicen que un cambio en los patrones migratorios (un cambio no tanto en la dirección como en el flujo anual) y en nuestra tasa de natalidad podría resolver buena parte de esas dificultades.

¿Es esto real?

Ni real ni irreal. Como decimos, el futuro no está escrito y hay miles de opciones ante nosotros. Imaginemos una posibilidad, impensable hace unos meses pero que estas semanas está de actualidad: Rusia logra invadir Ucrania y otros países de la órbita soviética; por un lado se produce una enorme crisis económica derivada de las consecuencias del conflicto y las sanciones; por el otro, cientos de miles de desplazados, jóvenes y bien formados, abandonan aquellos países y recalan en España. A medio plazo, ese contingente de recién llegados supone el balón de oxígeno que necesitamos para equilibrar las cuentas. ¿Podría ser? Por poder ser...

Lo que ocurre es que también puede ocurrir lo contrario: España sigue sin generar crecimiento, vuelven las tensiones a la Eurozona, entramos en una espiral de ajustes y problemas de déficit-deuda, y acabamos como Grecia en 2015.

Nosotros no somos adivinos. Tampoco hoy jugaremos a adelantar el futuro. Pero hay cifras y tendencias en el pasado que pueden ayudarnos. Y analistas que las miran y se plantean qué enseñanzas nos ofrecen para los próximos años. Esta semana, por ejemplo, Fedea publicaba el informe "España 1970-2070: Tendencias y proyecciones demográficas con un ojo puesto en las finanzas del sistema de pensiones", de su director ejecutivo, Ángel de la Fuente.

Como indica su título, es una mirada al largo plazo de la demografía española, pero que no se olvida de lo que hay detrás. No intenta adivinar lo que ocurrirá, pero sí utiliza lo que ocurrió para interpretar la situación actual y lo que tenemos por delante. Es un estudio relativamente breve y fácil de leer. El autor no se complica la vida ni entra en tecnicismos. Por eso, aunque es riguroso y analítico, el texto es accesible para el lector medio. Y nos dice la verdad, incluso en aquello que no queremos escuchar.

Natalidad

  • La solución oficial: tendremos más niños y nos acercaremos a la media europea.
  • La realidad: es posible incrementar las cifras (aunque no hay ninguna pista que nos indique que avanzamos en esa dirección), pero muy complicado, porque las cohortes de posibles madres irán menguando según pasen los años.
fedea-demografia-natalidad-1.jpg

Miren este gráfico, del informe de Fedea. Recoge la tasa de natalidad (nacimientos por cada mil habitantes) en España en el último medio siglo. ¿Qué podemos ver? Lo primero, algo que olvidamos: el número de nacimientos depende de dos factores: el número de hijos por mujer (de lo que siempre hablamos, línea roja), pero también el número total de mujeres en edad fértil respecto de la población total (línea verde).

Si se dispara la tasa de fecundidad (número de hijos, en promedio, que tiene una mujer durante su edad reproductiva) pero al mismo tiempo se hunde el número total de potenciales madres no habrá relevo (llevándolo al extremo, con un ejemplo que en España es altamente improbable: imaginemos un país que sufre la huida de su población joven por un conflicto armado).

Pues bien, lo que vemos en el gráfico es que esa falta de relevo ya está aquí. En España, el baby-boom fue más tardío que en otros países europeos, desde finales de los cincuenta a finales de los setenta. Luego, también el desplome en las tasas de fecundidad fue más rápido. ¿Cuáles han sido las consecuencias? Pues en parte podríamos decir que hemos estado viviendo de las rentas que generaron nuestros padres. Los nacidos en 1960-1965-1970-1975 hemos tenido pocos hijos... pero ¡éramos muchos! Por eso, incluso aunque el número de hijos por mujer ha sido muy bajo, la tasa total de natalidad no se ha hundido por completo. ¿Ha bajado? Muchísimo (línea negra). Pero no tanto como podríamos haber pensado viendo la tasa de fecundidad.

Bueno, por los efectos retardados del baby-boom y por el aporte inmigratorio de finales de los 90 y comienzos de los 2000: llegó un colectivo más joven que la media española y con tendencia a tener más hijos.

Todo esto queda reflejado en esa pendiente creciente de la línea verde desde mediados de los 80 a 2010. ¿Problema? Que esa línea lleva cayendo más de una década y ya está claramente por debajo del nivel 100 que se toma como referencia para 1972.

Si cada mujer tiene menos hijos y, además, hay menos mujeres jóvenes, no es fácil saber por dónde llegará la solución.

  • Opción 1: los españoles cambiamos esta tendencia y empezamos a tener más hijos por mujer. Es posible, pero complicado: el Índice de Fecundidad ha caído en la última década. ¿Podría haber un cambio en las costumbres, gustos y prioridades de las parejas jóvenes? Pues sí, podría. Pero hay poquísimos indicadores que permitan ser optimistas en esto. Y si hay ese cambio tendrá un efecto limitado: pasar de 1,2 hijos por mujer, como ahora, a 1,5 no es fácil; pero incluso si se logra, con una población joven cada vez menor, no supondría que se disparase el número de nacimientos.
  • Opción 2: aporte inmigratorio de población muy joven y que tiene muchos más hijos. Sobre inmigración trataremos con más detalle en el siguiente punto, pero es verdad que en parte fue lo que pasó entre 1995-2010. Esta opción parece más sencilla que lo apuntado en el anterior párrafo. Pero con matices: en primer lugar, porque hay que conseguirlo y, como veremos, no es tan sencillo. Y en segundo término, porque las extranjeras que viven entre nosotros tienen más hijos que las españolas pero no en niveles que supongan que el cambio para el total de la población sea sustancial (por ejemplo, en 2017, los nacidos de madres extranjeras supusieron sólo el 19% del total, incluso aunque las extranjeras tienen bastantes más hijos que las españolas). Además, según pasan más años aquí, sus patrones de conducta en este punto se van acercando a los de los españoles de origen.

Inmigración

Hacer predicciones es complicado en casi todo, pero en lo que tiene que ver con la inmigración lo es todavía más.

En España, por ejemplo, en este último medio siglo hemos visto dos décadas 70-80 en las que apenas hubo movimientos en este apartado: los flujos migratorios eran pequeños, con un saldo neto cercano a cero (incluso, negativo en algunos ejercicios). Aquello era una anomalía y nos diferenciaba de los otros grandes países de la UE (Francia, Alemania, Italia, Reino Unido). A partir de comienzos de los 90 comienza a crecer el saldo migratorio neto positivo y se dispara en los últimos años del siglo XX y primeros del XXI. Luego, con la crisis de 2008-2012 hay picos de sierra en el gráfico: años con saldo negativo y otros positivo.

fedea-demografia-inmigracion-2.jpg
RegData-Dem (de la Fuente, 2022) y Estadística de variaciones residenciales (EVR), (INE, 2022c).

¿Qué podemos pronosticar para el futuro con este gráfico? Nada. Pero ese nada es mucho para nuestro análisis. Porque lo que nos dice el pasado es que este aspecto es imprevisible y que dependemos de muchísimos factores sobre los que no tenemos control. ¿Habrá crecimiento económico en España, como en la segunda mitad de los 90 y centrado en construcción y turismo, dos sectores que necesitan mucha mano de obra y con un perfil laboral de baja cualificación? ¿Habrá emigraciones masivas, como en 2015, debido a conflictos bélicos en países del norte de África, Oriente Medio, este de Europa? ¿Cómo será, desde un punto de vista económico, la próxima década en Hispanoamérica?

Son preguntas imposibles de responder, pero todas ellas influirían de forma decisiva en la demografía española. ¿Guerra en Ucrania? Ya estamos viendo que eso provoca un alud de refugiados hacia la UE, aunque sobre todo afectará a los países del centro del continente. ¿Catástrofe económica de los nuevos gobiernos de izquierda en Chile, Perú o México? Pues seguramente, como ha pasado en el caso de los venezolanos, España tendría más llegadas que otros países europeos que no comparten idioma con esos inmigrantes.

Esto nos deja un problema irresoluble en el campo de las finanzas públicas. ¿Qué hacer? Si compramos el relato optimista, mejor no tocar nada ahora. Para qué ajustar el gasto en pensiones si quizás lleguen 10 millones de inmigrantes en la próxima década, se pongan todos a trabajar y cotizar, no consuman recursos de servicios públicos y logren revertir la tendencia en el déficit del Estado. Pero si las cosas no salen, no hacer nada ahora puede llevarnos a la quiebra en 2030-35.

Si haces algo, podrías estar adelantando un futuro negativo que luego no se produce; si no haces nada, te puedes ver sin margen de maniobra cuando ya sea tarde.

El futuro optimista

fedea-demografia-dependencia-3.jpg

Para las anteriores preguntas no tenemos respuesta. Pero el tercer y último gráfico que destacamos de este informe sí nos da algunas pistas. Muestra la tasa de dependencia prevista en España hasta 2070: hablamos de la población mayor de 65 años respecto a la población en edad de trabajar. Como vemos, los principales organismos que han estudiado este asunto creen que esa tasa de dependencia crecerá de forma paulatina hasta mediados de este siglo (es decir, los que trabajan tendrán que soportar un peso creciente en forma de gasto público relacionado con la vejez).

¿Eso es porque estos organismos han comprado el escenario pesimista relacionado con la inmigración del que hablábamos antes? ¡No! Al contrario. Las tres líneas que vemos (roja-negra-verde) son el reflejo de una previsión optimista en ese punto. De hecho, la verde (AIReF) reproduce los datos que suele manejar José Luis Escrivá, quizás el cargo público que siempre se ha mostrado más optimista al respecto, primero desde la dirección de la AIReF y luego como ministro.

Así, el informe de De la Fuente para Fedea nos explica que:

En cuanto a las migraciones, Eurostat prevé que el actual saldo migratorio neto español (en torno a 500.000 personas en 2019) se reducirá rápidamente hasta algo menos de 200.000 entradas netas en 2025 y descenderá suavemente durante el resto del período, alcanzando en 2072 los 170.000 efectivos. El INE, por su parte, prevé un saldo migratorio neto algo más favorable en promedio y con un perfil creciente en el tiempo, que se acercaría a los 300.000 efectivos en 2069. Más optimista aún es la AIReF, que dibuja una senda del saldo migratorio neto claramente por encima de los demás organismos, acercándose al medio millón de efectivos anuales hacia 2050. Esto supondría un total acumulado de 10,2 millones de entradas netas entre 2020 y 2050, frente a los 6,1 de Eurostat y los 6,8 del INE en la misma fecha.

Pues bien, incluso con esas cifras de inmigración neta que, como vemos, son muy importantes y no tienen por qué darse (también es verdad que podrían quedarse cortas) el problema de sostenibilidad de las cuentas públicas se agravaría respecto a la situación actual, porque el número de personas que ya están jubiladas sería muy superior respecto a la población en edad de trabajar.

Y con dos apuntes finales, en los que De la Fuente recuerda que de las cifras que incluimos en los gráficos a la realidad que nos encontramos en nuestras calles, puede haber una enorme distancia. El primero refleja una obviedad que nunca aparece en el debate público:

Una inmigración elevada no será suficiente para garantizar la sostenibilidad de nuestras cuentas públicas. Para facilitar la consecución de este objetivo, necesitaríamos también que el grueso de los inmigrantes fueran jóvenes con un nivel de cualificación elevado y un buen dominio del idioma, lo que podría no ser fácilmente alcanzable, especialmente si el influjo migratorio es elevado

¿Vamos a atraer a jóvenes sin formación, muchos sin graduado escolar y sin conocimiento del idioma? ¿O a universitarios de primer nivel, de elevada productividad e ingresos muy altos? Porque el número de nuevos residentes puede ser igual, pero, desde el punto de vista contributivo, no tiene nada que ver si estamos en el primer escenario o en el segundo.

La segunda advertencia de De la Fuente es más política, pero no por ello menos real:

Un fuerte influjo de población procedente de países con culturas e idiomas muy diferentes de los nuestros podría generar complicados problemas de absorción, como ha sucedido en otros países europeos. Por ambos motivos, convendría no caer en la tentación de pensar que una política migratoria laxa podría ofrecer soluciones indoloras a los problemas de nuestro sistema de pensiones. Más útil sería una política migratoria proactiva y selectiva que busque atraer a inmigrantes bien cualificados y tan culturalmente cercanos como sea posible"

A continuación