Pedro Herrero: "El liberal tiene que defender la economía, pero también la familia"

Junto a su co-autor Jorge San Miguel, carga contra el elitismo de quienes critican "la España de las piscinas" y pide replantear el discurso liberal.

Diego Sánchez de la Cruz

Pedro Herrero es director de asuntos públicos en la agencia PUBLIC. Ha sido asesor de UPyD y Ciudadanos en el parlamento asturiano y también ha desempeñado labores similares en la Vicepresidencia del Congreso de los Diputados y en la Consejería de Economía de la Comunidad de Madrid. Jorge San Miguel fue fundador y coordinador de Politikón. Entre 2015 y 2019 se encargó de la comunicación de Ciudadanos en el Congreso de los Diputados y posteriormente pasó por la Consejería de Economía de la Comunidad de Madrid, también en calidad de asesor.

Herrero y San Miguel acaban de publicar "Extremo Centro" (Deusto, 2021), un manifiesto político que lleva el nombre de su exitoso podcast. El ensayo está pensado como "guía para orientarse en las guerras culturales" y como "intento por comprender lo que está pasando en la política española". Libre Mercado se ha entrevistado con Pedro Herrero para tocar los distintos asuntos que aborda el libro que ha escrito junto a San Miguel, con la mirada puesta en lo que implica para el liberalismo de hoy y mañana.

Los liberales nos hemos descuidado. El aparente éxito de nuestras ideas en los 80, los 90 y la primera década del siglo XXI parece haberse venido abajo. ¿Qué ha pasado?

Los fundamentos de la globalización liberal dieron pie a una política poco ideologizada y razonablemente tecnocrática. El triunfo del capitalismo y el colapso de la Unión Soviética parecían abrir una nueva etapa en la cual cabía esperar que se mantuviese una premisa de crecimiento constante y empleo estable para las masas. Sin embargo, en los últimos doce años, Occidente ha vivido una crisis económica muy dura que, además, en el caso de España ha venido de la mano de otros problemas, como la fragmentación del tablero político, la crisis territorial, etc. Suma a eso una pandemia.

No podemos seguir usando las gafas de los 80 para ver la década de los 2020.

En esta sociedad que va de crisis en crisis, creo que la izquierda ha acertado en una cosa: ha sido capaz de entender que la gente busca identidad y, en consecuencia, ha construido una propuesta de sociedad eminentemente moralista que le permite vincular a muchos colectivos a su proyecto. Y frente a eso hay que ofrecer una alternativa.

Esa nueva izquierda tiene poco de obrera y mucho de urbanita.

La izquierda del siglo XX bebía del factor trabajo y articulaba de esa forma su manera de hacer política. Los sindicatos eran vitales para aquel sistema. Sin embargo, la izquierda en el siglo XXI no se mueve en ese paradigma, porque el capitalismo lo superó y lo desbordó. Por eso se centra en crear una coalición de raíz identitaria que se articula a través de su discurso cultural, que está en el lenguaje, en las tertulias, en las series de televisión, en las películas, en la publicidad, etc.

La narrativa del progreso que enarboló el liberalismo ha vencido, ya no es de utilidad. Gustavo Bueno decía que "pensar es pensar contra algo". Pues bien, el paradigma del liberalismo económico y democrático ha sido tan exitoso que ya nadie aspira a combatirlo frontalmente ni a derrocarlo. Nos creímos lo del "fin de la historia" y al final es el propio Fukuyama el que ha tenido que sacar un libro sobre la identidad, que es precisamente esa batalla que tenemos que dar y que, hasta ahora, no hemos dado.

¿Cómo se da esa batalla?

Los liberales no queremos imponer por la fuerza ninguna forma de vivir. El problema es que, si te retiras de la conversación sobre qué es lo que da sentido a la vida, a título individual o en términos sociales y comunitarios, no tienes nada que ofrecer. Hay que reflexionar sobre esto. Hay modelos de vida que se han mantenido a lo largo del tiempo porque funcionan, porque son objetivamente buenos. La familia, por ejemplo, es algo que vertebra la convivencia, que da sentido a la existencia, que permite que el individuo y la comunidad encuentren un significado. Tenemos que hablar de eso de forma propositiva, tenemos que defender que esa es una buena vida, que merece la pena ser vivida.

Me parece mejor una vida dedicada a cuidar hijos que una vida dedicada a ver Netflix. El "boomer" liberal no se ha ocupado de hacer este tipo de reflexiones. No basta con decir: estudia E3, pelea para llegar a una Big Four y progresa laboralmente. En el mercado de las ideas también hace falta una propuesta honesta de vida buena, no solo un discurso técnico sobre qué es más conveniente económicamente.

Los liberales deben promover una buena vida. Tienen que hacerlo. Defender la economía, por supuesto, pero también la familia y lo que supone para el individuo, para la comunidad, ¡para todo! Porque en ese discurso hay mucha gente que busca sentido a su existencia y se puede ver identificada.

En Madrid hay un discurso liberal completo. Ayuso baja impuestos, despegula la economía… pero también reflexiona sobre qué es vivir a la madrileña, sobre la importancia de la familia, etc.

Es normal que la gente busque forjar y definir su identidad, sobre todo en tiempos tan exigentes y cambiantes. El fenómeno Ayuso demuestra que la gente aspira a sentirse realizada, a formar parte de una comunidad con valores compartidos… Hay que proponer fórmulas para una vida mejor. No se trata de obligar a nadie, pero sí de explicar por qué los valores importan.

Para mí, el ideal liberal requiere de familias fuertes, de un compromiso con los cuidados y con los núcleos de convivencia. Muchas sociedades en vías de desarrollo crecen de manera intensa porque sus comunidades están bien articuladas en torno a esos lazos. Esos modelos de lo que constituye una vida buena no son nuevos, no tenemos por qué inventar lo que ya está invitado. Tenemos miles de años de tradición y experiencia a nuestras espaldas como para saber qué formas de convivir son más útiles y valiosas para la felicidad, para el desarrollo personal, para el crecimiento económico… Cuando miras a tu hijo, cuando descubres el perdón de tu mujer, cuando te toca cuidar a tu padre o abuelo en plena madrugada… Ahí estás descubriendo unos valores que, si han estado ahí a lo largo del tiempo, es porque son válidos.

No se trata tanto de explicar por qué la izquierda se equivoca con su discurso anti-natalidad, sino que, por encima de todo, se trata de explicar por qué otras personas queremos tener hijos, queremos consolidar una familia, etc. Antes eran los curas los que explicaban estas cosas, pero la secularización ha hecho que ese discurso desaparezca de la vida pública. Se han vaciado los sindicatos, ¡pero también las parroquias!

Volvamos a Madrid. Todo apunta a que el modelo liberal tiene un futuro prometedor por delante. ¿Es el referente a seguir?

El declive de los modelos industriales ha hecho que la economía gire cada vez más en torno a los servicios. Eso le viene bien a Madrid, que no solo tiene una economía eminentemente terciaria y centrada en el conocimiento, sino que además tiene el acierto político de retirar trabas y facilitar el desarrollo de ese sector. Eso le ha permitido convertirse en un misil económico que liderará el crecimiento durante los años que vienen.

Por eso, es importante que Madrid lidere en clave nacional, llevando las lecciones de su modelo a otros territorios, en vez de hacer lo que ha hecho Cataluña, que se ha apartado del resto del país, con un resultado que en última instancia nos ha dañado a todos pero les ha perjudicado especialmente a ellos.

Madrid tiene una oportunidad histórica. Debe aprovecharla y saber ejercer su liderazgo.

aguirre-ayuso.jpg'Liberalismo a la madrileña': así se ha convertido Madrid en la capital del capitalismo

Hábleme de la famosa España vaciada.

La cultura popular se produce en las grandes ciudades de unos pocos países. Las élites de los medios de comunicación, de la televisión, del cine… viven en grandes capitales y no representan las creencias, los valores, el humor o el miedo de quienes habitan zonas rurales donde la vida es diferente. Esas masas se empiezan a movilizar políticamente en España, como también ocurrió en Reino Unido o en Estados Unidos, con fenómenos como el Brexit o el trumpismo. El problema de no tener un discurso para el campo es que, si no llenamos ese hueco los liberales, lo llenarán otros. Y no, el reto no es llevarle wi-fi al agricultor, sino darle cabida en las conversaciones sobre el rumbo político, económico, social y cultural de un país cuyo discurso no puede hablar solamente de los "dramas" y obsesiones de los más privilegiados.

Digitalización y sostenibilidad, las nuevas prioridades. ¿A dónde nos lleva esa agenda promovida por la UE y abrazada con entusiasmo por Sánchez?

El tema de la sostenibilidad y la digitalización está encima de la mesa, y me parece muy bien que aspiremos a aumentar la eficiencia y abrazar la tecnología, pero claro, hay que ir más allá de los objetivos y pensar qué supone, en la práctica, la adopción de este tipo de agenda política y económica.

A menudo, las políticas de sostenibilidad y de digitalización imponen costes muy importantes sobre la mano de obra, porque cumplir esos objetivos no es gratis. Me sorprende que desde esas instituciones que antaño eran muy proteccionistas con el empleo se aceleren ahora estos procesos sin tener en cuenta que, con los objetivos fijados, el golpe para la economía será muy fuerte. Todo esto puede deprimir más aún la agricultura. También puede poner en riesgo la vida de esos 800.000 españoles que trabajan en la automoción.

¿Cómo puede asumirse sin más que lo más apropiado es avanzar en esa dirección de forma tan acelerada, sin pensar en el coste que tienen esas transiciones tan radicales? Los chillidos de una niña sueca enfurecida y las preocupaciones de un científico que te habla de lo que puede pasar en 2100 no pueden silenciar la necesidad de acometer un análisis serio sobre lo que puede pasar a millones de familias en las próximas décadas. Creo que no se están valorando adecuadamente estos riesgos, porque se asumen compromisos sin más y, por el camino, se nos olvida que todo esto nos va a salir muy caro. Y, en parte, esto es como ir al casino y jugarte todo a una ficha. ¿Qué pasa si en unas décadas resulta que la solución eran las nucleares y no las renovables? ¿Por qué asumimos que tenemos hoy todas las respuestas necesarias para saber cómo serán las cosas en 2050 o 2100?

A la izquierda le molesta que haya gente de clase media que se traslada a un PAU a las afueras de Madrid. Odian la "España de las piscinas", que no deja de ser una conquista social del capitalismo más popular.

Uno de los problemas que tenemos en el espacio público es que alguien pueda pensar que es malo que una familia se traslade a una promoción a las afueras de la ciudad. Irse a un PAU es simple y llanamente un intento de mejorar tu situación. Tienes el sueño de vivir más cómodamente con tu familia y te esfuerzas para conseguirlo. Eso no solo no es malo: es bueno.

Ahí no hay más ideología que la de un hogar que procura salir adelante como mejor puede. Y lo que no tiene sentido es que aparezcan unas élites que se dediquen a cargar contra esa gente, a decir que es malo que alguien viva en un PAU, en una urbanización de las afueras con piscina. Señalan con el dedo a aquel que forma una familia y construye una vida con genuino significado.

Sospecho que muchos de esos comentarios elitistas vienen de gente que, en el fondo, vive rodeada de gatos y de soledad. Gente que pasan los años y sigue compartiendo piso. Gente que quizá no tiene esa vida plena que tienen aquellos que se organizan de otra manera para tener una vida familiar más cómoda. Y por eso los odian. Por eso juzgan a esa pobre familia de clase media que lo único que quiere es tener una piscina, un jardín y una casa donde disfrutar de sus hijos. Y en el libro nosotros nos levantamos contra ese elitismo y decimos que no, que eso no solo no es malo, sino que es bueno.

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