Las seis falacias de los 'millonarios rojos' que piden pagar más impuestos

Desmontando la campaña de las grandes fortunas que reivindican una fiscalidad más elevada para su propio colectivo.

Diego Sánchez de la Cruz

Los millonarios rojos vuelven a la carga. Decenas de personas acaudaladas, la mayoría radicadas en Estados Unidos, han vuelto a publicar un manifiesto a favor de una fiscalidad más dura contra los contribuyentes de mayores ingresos. Aunque este tipo de pronunciamiento dista mucho de ser original y ya se ha convertido en un reclamo recurrente y predecible, los abajofirmantes han vuelto a recibir una cobertura mediática muy generosa, sobre todo en círculos mediáticos de izquierda que aplauden entusiasmados a los "ricos que quieren pagar más impuestos".

Entre quienes suscriben la misiva aparecen grandes patrimonios como Abigail Disney, sobrina nieta del legendario Walt Disney, que en los últimos años ha protagonizado varias polémicas en las que ha dejado de manifiesto su visión intervencionista de la economía. Lo mismo sucede con Jerry Greenfield, cofundador del emporio heladero Ben & Jerry’s y sospechoso habitual en este tipo de campañas.

"Tenemos dinero, mucho. Dinero que se necesita desesperadamente ahora y seguirá siendo necesario en los próximos años, a medida que nuestro mundo se recupere de esta crisis (…). Así que por favor. Hágannos pagar impuestos, hágannos pagar impuestos. Es la elección correcta. Es la única opción", señalan los abajofirmantes.

En 2020, el manifiesto de marras alude a la supuesta necesidad de que las rentas altas contribuyan más a las arcas públicas "para financiar adecuadamente los sistemas de salud y las escuelas". Sin embargo, comparando la retórica con los datos encontramos que hay al menos seis problemas graves con el razonamiento que presentan los "millonarios rojos" en su nueva cruzada pro-impuestos:

  1. Buscan un régimen fiscal favorable, pero se quejan por ello

Muchos de ellos comparan su contribución efectiva en el Impuesto sobre la Renta con la aportación relativa de sus asalariados para decir que pagan menos a Hacienda que sus subordinados. Sin embargo, si la tasa efectiva abonada por estos millonarios es más reducida es porque derivan el grueso de sus ingresos de las rentas del ahorro, que lógicamente están sujetas a menor imposición puesto que se trata de recursos que ya han sido gravados previamente, en el momento de su realización en la renta. Nada impide, eso sí, que estos millonarios rojos perciban su retribución en forma de salario, pero son ellos los que por un lado vuelcan su renta hacia un régimen fiscal más favorable y, por otro, se lamentan por ello. Además, no está de más recaudar que la aportación fiscal de los contribuyentes más acaudalados no se limita al Impuesto sobre la Renta, de modo que la comparativa también debería incorporar el resto de tributos, algunos de los cuales solo se aplican sobre quienes más ganan o más tienen (caso de gravámenes aplicados a la transmisión de riqueza, las grandes propiedades inmobiliarias o el patrimonio).

  1. Nada les impide donar sus recursos al fisco

Aunque estos acaudalados progresistas insisten en que "desean" pagar más impuestos, lo cierto es que su conducta parece poner en tela de juicio tal voluntad, puesto que nada les impide donar sus recursos al fisco. En todos los países existen fórmulas para elevar voluntariamente la aportación tributada realizada por los contribuyentes que así lo deseen. En consecuencia, aunque estas grandes fortunas hablan frecuentemente de su predisposición a pagar más a Hacienda, lo cierto es que sus acciones apuntan en otra dirección, puesto que a la hora de la verdad no realizan aportación extra alguna al Tesoro, a pesar de contar con esta posibilidad a su alcance.

  1. Los que más ganan son los que más pagan

El discurso de los millonarios rojos insinúa que los ricos no están pagando los suficientes impuestos. El problema con este razonamiento es doble: por un lado, presupone que todo el gasto público que se pretende financiar con la subida fiscal es necesario, de modo que reduce la brecha fiscal a una supuesta insuficiencia de recursos y rechaza que existan ineficiencias en el gasto, contrariando así la evidencia disponible; por otro lado, ignora que las cifras confirman que el grueso de la recaudación tributaria proviene ya de quienes más ganan y quienes más tienen. Por ejemplo, en el Impuesto sobre la Renta vemos que el 50% de los contribuyentes estadounidenses ni siquiera realizan una aportación efectiva en este tributo, mientras que el 10% de mayores ingresos aporta el grueso de los recursos fiscales. Algo parecido vemos en España, donde por ejemplo el 5% de mayor renta genera el 40% del IRPF.

  1. Subir impuestos no garantiza más recursos

El bagaje de las últimas décadas en materia de tipos y recaudación acredita que subir los impuestos a quienes más ganan o más tienen no siempre genera los recursos esperados. Incluso, cuando los tipos fijados están en la parte descendiente de la llamada Curva de Laffer, la recaudación puede verse disminuida. Un caso notable es el de Reino Unido, que perdió recaudación al subir el IRPF de las rentas altas del 40% al 50%, bajo gobierno de Gordon Brown. Su sucesor, David Cameron, volvió a ganar recursos cuando redujo la tasa al 45%. En España, por otro lado, la última "caza a los ricos" aplicada en el IRPF elevó apenas un 0,2% la recaudación tributaria, mientras que el aumento de Patrimonio solo aumentó los recursos públicos un 0,6%. Además, las investigaciones de José Félix Sanz alertan de que subir un 1% más el IRPF reducirá los ingresos obtenidos de las rentas altas en un 3,6%.

  1. Consecuencias negativas de subir impuestos

Subir los impuestos a los ricos tiene consecuencias negativas para el resto de la población. El grueso de los bienes y servicios consumidos por quienes más ganan y más tienen es producido por trabajadores de rentas medias o bajas, de modo que una caída en el consumo de las élites afecta directamente al empleo de estos asalariados. Además, existen numerosos estudios que ligan una mayor fiscalidad sobre las rentas altas o los grandes patrimonios a tasas de inversión más modestas, lo que a su vez redunda en una menor productividad, un frenazo en la innovación y un crecimiento más modesto, todo ello negativo para el conjunto de la población.

  1. Más gasto no implica mejor gestión ni mejores resultados

Aumentar el gasto en salud y educación no implica obtener mejores resultados. En la pandemia de la covid-19 ha quedado muy claro que la clave en materia sanitaria no es un gasto excesivo, sino una buena gestión. Portugal o Grecia dedican muchos menos recursos que España a sus sistemas nacionales de salud, pero han tenido mucha más efectividad a la hora de contener la mortalidad asociada al coronavirus. Por otro lado, aunque el gasto sanitario bajó de 69.000 a 62.000 millones durante la ronda de ajustes que motivó la pasada crisis, los indicadores de salud muestran que los resultados del sistema no solo no fueron a peor, sino que mejoraron. Con la educación pasa algo parecido: cruzando los resultados del informe PISA con el gasto educativo en los países OCDE, encontramos que, por encima de un mínimo, los presupuestos dejan de tener relevancia y lo que prima son otras cuestiones (mérito y exigencia, enseñanza dinámica, competencia entre los centros, etc.).

Considerando todo lo anterior, la campaña pro-impuestos que vuelven a lanzar los millonarios rojos de Estados Unidos incurre, una vez más, en una serie de falacias, hipocresías y trampas que deben ser explicadas para poner en cuarentena unas recomendaciones que, en caso de aplicarse, serían perjudiciales para la economía en su conjunto.

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