La Cuba de Fidel: de potencia económica al subsidio venezolano

Los coches que circulan por la isla son la prueba del estancamiento del modelo comunista y el recuerdo de la prosperidad pasada.

D. Soriano

Yusnaby Pérez tiene 221.000 seguidores en Twitter y casi 50.000 en Instagram. No está nada mal y más aún teniendo en cuenta que vive en una isla de 11 millones de habitantes en la que el 75% de los habitantes no tiene acceso a internet y el 25% restante tiene una conexión que apenas puede denominarse como tal. Sin embargo, este bloguero cubano se ha convertido en una celebridad en las redes sociales con sus preciosas fotos de la vida diaria en La Habana. Su perfil está lleno de imágenes de una triste belleza, en las que sus vecinos intentan sobrevivir con dignidad mientras la ciudad se viene abajo a su alrededor.

En la Cuba de comienzos del siglo XXI que Yusnaby retrata, quizás haya pocas imágenes más icónicas que la de esos grandes coches americanos de los años 50 que recorren las calles de La Habana. De hecho, los Cadillac, Buick, Chevrolet, Plymouths o Studebakers son ya una de las principales atracciones turísticas de la isla.

Desde el punto de vista del análisis económico, la presencia de estos automóviles siempre se cita como la prueba más palpable del fracaso del modelo comunista: un país anclado en la década de los 60, como sus coches. Sin embargo, los grandes Buicks no sólo hacen que uno se acuerde de Ernest Hemingway y de la época dorada del Tropicana. También son un recordatorio de algo muy importante, pero que a veces se olvida: no es sólo que ahora Cuba sea tan pobre que no se puede permitir renovar su flota de coches... es que la isla en algún momento fue lo suficientemente rica como para adquirirlos y eso en una época en la que no todos los países latinoamericanos podían hacer lo mismo.

La Cuba pre-Fidel

Hay pocos temas que generen más controversia que la economía de Cuba y su evolución en el último medio siglo. De hecho, desde que se conoció la noticia de la reapertura de relaciones con EEUU, se han sucedido las reacciones en las redes sociales, mientras partidarios y detractores se lanzan datos a la cabeza para reforzar sus argumentos.

En el texto que acompaña la página de su documental sobre Fidel Castro, la televisión pública norteamericana afirma que en 1959, el año de la Revolución, "Cuba no era ni el paraíso que conjuraría las nostálgicas imaginaciones de muchos de los exiliados cubanos, ni el infierno descrito por muchos partidarios de la revolución".

Es difícil calibrar su situación desde el año 2014. Seis décadas después, la memoria puede ser muy traicionera, pero podemos hacernos una idea comparando sus cifras con las del resto de la América hispana en aquel momento: "Cuba era era uno de los países más avanzados y prósperos de América Latina. Ocupaba el quinto lugar en ingreso per cápita en el hemisferio, el tercero en esperanza de vida, el segundo en el número de automóviles y teléfonos per cápita, y el primero en el número de televisores por habitante. El porcentaje de alfabetización era de un 76%, el cuarto más alto de América Latina. Cuba ocupaba el lugar número once en el mundo en cuanto al número de doctores per cápita. La distribución del ingreso en Cuba se comparaba de manera favorable con la de cualquier otra de las sociedades latinoamericanas y había una floreciente clase media".

Habrá quien piense que esto es un relato edulcorado por los malditos yankees, pero lo cierto es que casi todos los datos apuntan a que cuando Fidel Castro llegó al poder, Cuba podía compararse favorablemente con casi todos sus vecinos. Así en 1950 su renta per cápita rondaba los 3.400 dólares (en dólares de 1990), lo que le situaba por encima de la mayoría de los países sudamericanos (sólo Argentina y Venezuela presentaban cifras mejores), pero también de muchos europeos como Italia o España.

Desde entonces, la economía cubana ha vivido grandes oscilaciones, pero el tono general es de estancamiento. Así, incluso tras unos últimos años de fuerte crecimiento, su riqueza por habitante se mantiene alrededor de los 6.000 dólares per cápita, por detrás de México, Brásil, Perú, República Dominicana o Ecuador, todos ellos países hispanos que históricamente eran mucho más pobres que la isla caribeña.

No es sencillo analizar la economía cubana. Las estadísticas habituales para otro tipo de países casan mal con el modelo castrista, en lo bueno y en lo malo que éste pueda tener según quien lo juzgue. Así, el sueldo más habitual en la isla está alrededor de los 20 dólares al mes, una cantidad ínfima que los defensores del sistema matizan, recordando que educación, sanidad o vivienda están garantizadas por el Estado (aunque eso suponga vivir en uno de esos edificios de La Habana que amenazan ruina o recibir tratamiento en hospitales públicos carentes de equipamientos básicos).

¿Malvado capitalismo?

Lo cierto es que los últimos años en Cuba han sido bastante movidos. Tras la caída de la URSS, la isla vivió los años más difíciles de la dictadura. Sin los subsidios soviéticos y sin la compra masiva de azúcar a precios superiores al mercado, la economía castrista implosionó. Los apagones eran constantes; la falta de bienes básicos, habitual; y la fuga en lancha a Miami, un recurso desesperado. La renta cayó de más de 3.000 dólares por cabeza en 1989 a menos de 2.000 en apenas un lustro.

Sin embargo, a finales de la década de los 90, un nuevo amigo exterior llegó para salvar al régimen. Hugo Chávez se alineó desde el principio con la Revolución y nutrió a los Castro de petróleo barato a cambio de los pocos bienes que podía ofrecer la isla: sus servicios de seguridad y su personal sanitario. Desde entonces, el PIB cubano es como un tobogán, con subidas del 24% en un sólo año seguidas de caídas superiores al 10%.

Todo esto hay que tomarlo con las reservas sobre las estadísticas cubana apuntadas anteriormente. Por ejemplo, el paro oficial siempre ha sido cercano a cero: el Estado se supone que garantiza a todos los ciudadanos un trabajo, signifique eso lo que signifique. Pero incluso así, puede intuirse que la última década ha sido relativamente favorable para Cuba, que ha logrado salir del marasmo económico de los 90, agarrándose al turismo y a los servicios sanitarios, que ya suman el 75% del PIB del país.

Además, el régimen ha decidido hacer de la necesidad virtud y ha aprobado una serie de reformas liberalizadoras, si es que se pueden llamar así a las medidas que han abierto una pequeña puerta a la iniciativa privada, especialmente en el sector turístico: desde los trabajadores por cuenta propia (autónomos a los que se permite desarrollar su actividad en alguno de los 200 sectores con competencia), hasta las mayores facilidades que tienen algunas empresas extranjeras para instalarse en la isla si se acomodan a los deseos del Gobierno.

Si a esto se le suman los pequeños negocios que abren poco a pocos sus puertas (como restaurantes para turistas o el alquiler de habitaciones en casas privadas), las remesas de los emigrantes (crecientes y menos controladas) y la mínima apertura del sector agrícola a la gestión privada, puede entenderse que algunos medios hablen de encrucijada para la economía cubana: ¿en qué dirección se moverá? Porque no está tan clara la respuesta a la pregunta. Según van apareciendo, con cuentagotas eso sí, pequeños atisbos de mejora en las condiciones de vida de ciertos sectores de la población, reaparecen las voces de los guardianes de las esencias revolucionarias que piden desandar el camino.

En cualquier caso, incluso en esta relativa recuperación de la isla caribeña, celebrada por los defensores del castrismo, puede verse fácilmente la contradicción en la que vive el régimen. Para un Gobierno que ha hecho de la defensa del comunismo su razón de ser, es complicado explicar que el despegue de la última década sólo puede explicarse precisamente por la renuncia a sus principios básicos. Es decir, todas las buenas noticias que ha recibido la economía cubana vienen del capitalismo, ya sea interior (nuevos autónomos, pequeños negocios, agricultores privados) o del exterior (remesas, empresas extranjeras, gasto de los turistas).

Y es que, como apuntábamos hace unas semanas a cuenta del 25º aniversario de la caída del Muro de Berlín y las diferencias entre el este y el oeste, no hay ninguna razón cultural o social que sirva para explicar la diferencia en el destino entre los cubanos de la isla y los que viven en Florida, a poco más de 100 kilómetros de distancia.

Todo está en las instituciones y en los incentivos que las leyes y los gobiernos lanzan a sus ciudadanos. Durante cincuenta años, el mensaje fue que se quedaran como estaban, anclados en los años 50, como los coches de las fotos de Yusnaby. Ahora eso podría cambiar (o eso dicen) y nada hay en contra de que los cubanos lo aprovechen como hicieron durante muchos años de su historia. Habrá muchos que piensen que, si una vez fueron el tercer país más rico de Hispanoamérica, por qué no pueden repetirlo.

A continuación