Pedro Sánchez esboza su programa económico: impuestos a la riqueza y contrarreforma laboral

El líder del PSOE habla de "reindustrializar" España para ser "más competitivos" y retoma el discurso verde para la energía.

D. Soriano

Pedro Sánchez es el primer economista que dirige uno de los dos grandes partidos españoles. De hecho, el nuevo secretario general del PSOE no sólo tiene el título, sino que se ha dedicado a lo largo de su carrera a la docencia en este campo. Hasta su nombramiento como líder de los socialistas, Sánchez ejercía como profesor de Estructura Económica e Historia del Pensamiento Económico de la Universidad Camilo José Cela.

Sin embargo, a pesar de este bagaje, hasta ahora no ha habido demasiadas propuestas concretas en temas económicos. Más allá de declaraciones genéricas sobre la desigualdad o la precariedad en el empleo, lo cierto es que el PSOE de Sánchez ha mantenido un perfil bastante plano en esta cuestión, centrándose más en temas institucionales y de lucha contra la corrupción. Por eso se esperaba el discurso que este lunes tenía comprometido en el XVII Congreso Nacional de la Empresa Familiar.

El político madrileño ha utilizado este foro para esbozar las líneas maestras de su programa económico. Eso sí, no ha sido demasiado concreto y se ha movido permanentemente entre dos aguas. Así, ha hablado de premiar "la capacidad y el esfuerzo", poco antes de pedir más impuestos a la riqueza. Ha pedido un nuevo Estatuto de los Trabajadores que permita "más flexibilidad interna en las empresas" pero también apuesta por reforzar la "negociación colectiva". Y ha defendido la necesidad de una "economía moderna y competitiva" al mismo tiempo que abogaba por incrementar el papel del Estado en numerosos sectores. Por eso, tras escucharle, queda la duda, ¿cuál es el camino de Sánchez?

Syriza o Valls

Desde hace años, la izquierda europea está en una encrucijada. Por un lado, los partidos laboristas de los países del norte de Europa hace muchos años que hicieron una apuesta decidida por muchos principios tradicionalmente asociados al liberalismo. Siguen defendiendo algunas de las clásicas recetas socialdemócratas (impuestos elevados, redistribución, presencia del Estado en la economía,...) pero al mismo tiempo reconocen las virtudes del capitalismo como generador de riqueza y de la libertad económica y la competencia como motores del crecimiento.

Enfrente, en el sur de Europa ha surgido una izquierda anclada en los valores defendidos por los socialistas de mediados del siglo XX, que admite el sistema capitalista sólo a regañadientes (como un mal que hay que aguantar, aunque sin perder nunca de vista la utopía que nunca fue) y que mantiene su querencia por la intervención pública, las subidas indiscriminadas de tributos, los mercados muy regulados y una economía orgánica, en la que organizaciones empresariales y sindicales deciden, en connivencia con los políticos, cómo deben ser las relaciones económicas entre trabajadores y empleadores.

Según la expresión de Luis Garicano, uno de los economistas españoles más presentes en el debate público de los últimos años, nuestro país se haya ante la disyuntiva de decidir si quiere "ser Venezuela o Dinamarca". Y lo mismo podría decirse del PSOE de Sánchez: quiere seguir el camino que marca Syriza, el populismo de izquierdas que amenaza con tomar el poder en Grecia, o subirse al carro de Manuel Valls, el primer ministro francés que defiende sin complejos el capitalismo y su capacidad innovadora frente a la vieja guardía del Parti Socialiste.

Las líneas maestras de Sánchez

Con lo que se sabe hasta ahora no hay una respuesta clara para el programa de Sánchez y de su responsable de economía, Manuel de la Rocha (aquí, por ejemplo, en una entrevista hace unas semanas). Por un lado, el nuevo secretario general ha asegurado que sus modelos son Manuel Valls y Mario Renzi; por otro, su discurso a veces cae en lugares comunes del populismo de izquierdas, como la retórica anti-ricos, la defensa a ultranza de los sindicatos tradicionales o la petición de más gasto público sin ningún matiz al respecto.

Este lunes, en su discurso ante los empresarios, Sánchez apuntó cinco grandes líneas de actuación:

- "Reindustrialización": es una de las claves de su modelo. Apuesta porque la industria aporte el 20% del PIB en 2020 (ahora está alrededor del 15%, aunque depende de si se cuenta la construcción y la energía dentro de este epígrafe). Según Sánchez, esto aportaría hasta 600.000 empleos nuevos. Para conseguirlo, el camino comenzaría en la formación profesional, en el gasto en I+D+i y en "llevar la inversión en educación hasta el 7% del PIB en ocho años".

Son líneas muy generales, que podrían servir casi a cualquier partido. La pregunta cuando se habla de reindustrialización es cómo se va a hacer: ¿sosteniendo artificialmente sectores improductivos, como planteó el primer Gobierno de Francois Hollande en Francia? ¿o reduciendo cargas para las empresas y liberalizando la economía para que puedan competir sin lastres añadidos? Del mismo modo, cuando se apunta a impulsar la formación profesional, ¿hablamos sólo de meter más dinero en un sistema centrado en los institutos y que de la espalda al mercado laboral? ¿o de apostar por un modelo como el alemán o el austriaco, en el que las empresas tienen un enorme peso en el diseño de las materias y en el que los adolescentes compaginan trabajo y estudios desde los 15 ó 16 años?

- "Verdadera reforma fiscal": probablemente el tema más polémico. Las recetas clásicas de la izquierda (subir impuestos) son muy impopulares, por lo que se suelen disfrazar con la habitual retórica anti-ricos o de lucha contra el fraude. Sánchez ha asegurado que emprenderá una "verdadera reforma fiscal, que ensanche las bases imponibles, que grave más la riqueza y que persigue eficazmente el fraude". Hace unos días, De la Rocha, su responsable de Economía, se quejaba de lo que considera una rebaja de impuestos a los ricos en la última reforma fiscal (no decía nada sobre a quién se subió más en 2012) y sobre lo poco que pagan las grandes corporaciones.

De nuevo, hasta que no haya medidas concretas sobre la mesa será imposible saber qué camino tomará exactamente Sánchez. Eso sí, todo apunta a que la presión fiscal no bajará, porque una de las peticiones más recurrentes del PSOE es incrementar la parte del PIB en manos del Estado al menos hasta la media de la UE.

- "Un nuevo Estatuto de los Trabajadores": quizás sea la reforma que más dudas plantea, porque se proponen cuestiones que parecen contradictorias. Por ejemplo, Sánchez habla de potenciar los "instrumentos de flexibilidad interna" de las empresas. Pero ésa es una tendencia que comenzó con la reforma laboral del PP que el socialista siempre asegura que derogará nada más llegar a La Moncloa. Además, su propuesta apuesta por reforzar la negociación colectiva y con ella a los tradicionales sindicatos de clase, que hace mucho que perdieron su papel en buena parte de Europa en favor de los sindicatos de empresa.

El socialista está convencido de que el problema del paro "no es de relaciones laborales" y se ha mostrado orgulloso en público de su pertenencia a la UGT. La pregunta sería qué quiere decir todo esto, ¿estamos ante una contrarreforma laboral que eliminará la flexibilidad conseguida con la de 2012? ¿Volvemos a la negociación colectiva centralizada, en la que se olvida la situación de las empresas individuales a cambio de los pactos con los grandes sindicatos? ¿Tiene alguna idea para limitar la dualidad del mercado laboral? ¿Está dispuesto a apostar por el contrato único (o una propuesta similar) tal y como le piden economistas cercanos al PSOE?

- "Renovables y sectores verdes": la energía fue una de las grandes apuestas del último Gobierno socialista y al mismo tiempo una de las manifestaciones más claras del derrumbe de su modelo económico. Las granjas eólicas y los huertos solares se diseminaron por toda España, mientras José Luis Rodríguez Zapatero defendía que nuestro país sería el más verde del mundo y el líder en estas tecnologías. Una década después, lo que quedan son cientos de proyectos parados, un enorme derroche de recursos públicos y un déficit de tarifa que ronda los 25.000 millones de euros.

Sin embargo, a Sánchez no le asusta el recuerdo de la apuesta de su antecesor. Por eso, el nuevo secretario general defiende "una nueva política energética" que "persiga reducir nuestra dependencia energética frente al exterior" y la dependencia de los combustibles fósiles, desarrollando las fuentes renovables y los sectores verdes y de eficiencia energética". Eso sí, no dice cómo se pagará su propuesta ni si implicará una nueva burbuja renovable.

- "Democracia en la economía": podría ser un cambio radical y muy importante, aunque probablemente sea la cuestión que menos titulares le reporte. Sánchez habla de llevar la "democracia" a la economía. Son grandes palabras que pueden significar muchas cosas. Para el socialista, implicaría "erradicar es la concentración de poder económico" para impulsar la competencia "en sectores estratégicos". En esta línea, defiende "la competencia como principio básico de una economía moderna y de una sociedad justa", en la que el papel del Estado sea "velar, con neutralidad, para que esa competencia sea real y se produzca con garantías, con instituciones verdaderamente independientes".

El líder del PSOE cree que la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia (CNMC) no juega este papel, puesto que está "copada por miembros del partido en el poder", y avanzó que ha propuesto al Gobierno "cambiar el mecanismo de selección y nombramiento de los representantes a organismos reguladores y constitucionales. Quiero eliminar la partitocracia y apostar por más sociedad civil, con personas capaces que desde su independencia y cualificación profesional quieran servir a su país".

A continuación