"Cualquier católico debería apreciar los logros del capitalismo"

El profesor de la Universidad de Sevilla gana el Premio Diego de Covarrubias y defiende que liberalismo y catolicismo son "compatibles".

D. Soriano

Las relaciones entre la iglesia católica y los liberales europeos casi nunca han sido fáciles. Desde hace más de dos siglos, cuando el capitalismo se extendió por toda Europa contribuyendo decisivamente a la mejora en las condiciones materiales de sus habitantes, la jerarquía eclesiástica ha mirado con recelo al nuevo modelo económico dominante.

La doctrina social de la Iglesia acusaba a los empresarios de egoístas, que miraban sólo por su beneficio; calificaba al capitalismo de fábrica de pobres, olvidando las condiciones reales de los más necesitados antes de su aparición y el hecho de que nunca antes las clases bajas vivieron una mejora de su nivel de ingresos como desde la Revolución Industrial; y despreciaba el aparente desorden del mercado frente a la utópica sociedad estamental, ordenada y feliz.

Lo más curioso es que con este discurso la Iglesia estaba en muchas ocasiones señalando precisamente a quién le llenaba los templos. Pequeños empresarios, profesionales liberales, clases medias: los principales defensores del mercado también han sido tradicionalmente los más fieles de los católicos, la base que se mantenía fiel incluso en los peores momentos. Sin embargo, eso no ha sido suficiente para que la Iglesia aceptase que ningún otro modelo económico ha generado más paz, prosperidad y bienestar a toda la población.

Desde hace unos años, existe en España un pequeño grupo de católicos empeñados en difundir las bondades del liberalismo y la total coherencia que existe entre las enseñanzas de la Iglesia y los fundamentos del sistema capitalista. Se trata del Centro Diego de Covarrubias, que hace unas semanas entregaba su primer premio de ensayo.

El ganador fue el catedrático de Filosofía del Derecho de la Universidad de Sevilla, Francisco José Contreras, autor también, entre otras obras, de Liberalismo, catolicismo y ley natural y El sentido de la libertad. El ensayo vencedor se titula ¿Son compatibles el catolicismo y el liberalismo económico? y está incluido en el libro Liberalismo, pensamiento cristiano y bien común, recientemente publicado.

El profesor cree que sí, que es perfectamente compatible ser católico y liberal. Libre Mercado le entrevistó esta semana y se mantuvo firme: no hay nada en la doctrina de la iglesia que la aparte obligatoriamente del mercado y no hay nada en la ideología capitalista que contradiga al catecismo. Es más, en realidad cree que si el liberalismo arraigó en Europa fue precisamente por la religión cristiana y que la pérdida de influencia de la misma en la sociedad es la que explica la decadencia de los últimos años.

- Usted titula su ensayo: "¿Son compatibles el catolicismo y el liberalismo económico?" Y su respuesta es que "Sí", que son compatibles. Viendo a muchos de los portavoces de la Iglesia nadie lo diría. De verdad, ¿son compatibles? ¿no será que los católicos liberales están intentando 'encajar' su ideología y su religión para tranquilizar su conciencia?

- Por supuesto que son compatibles. Las reticencias católicas hacia la economía de mercado se debieron a una comprensión defectuosa de la naturaleza de ésta; por ejemplo, el atavismo de la "suma cero": la ganancia del rico sólo podría proceder del expolio del pobre. O la asociación de la descentralización propia de una economía liberal (ausencia de una planificación central) con "desorden".

En mi trabajo intento deshacer esos malentendidos. El capitalismo sacó a cientos de millones de personas de la pobreza en el siglo XIX; la globalización de finales del XX ha conseguido lo mismo a nivel mundial. ¿No debería cualquier católico apreciar esos logros?

- Usted utiliza los ejemplos de la Holanda burguesa del siglo XVII y de los EEUU para demostrar que dos sociedades con una profunda conciencia cristiana fueron las que originaron la mejor versión del capitalismo. Pero hablamos de dos países de mayoría protestante... ¿habría sido posible algo así en un país católico?

- Utilizo el ejemplo de la Holanda del XVII para mostrar la coherencia interna entre libertad económica y tolerancia religiosa: la lógica del mercado empuja a abrir los intercambios a cuantas más personas mejor, cualesquiera que sean sus creencias. Holanda fue una adelantada en el capitalismo y en la relativa libertad religiosa. Pero uno y otra terminarían floreciendo también en países católicos.

La revolución industrial del siglo XIX prendió antes en la católica Bélgica que en la Holanda protestante; lo mismo cabe decir de Alemania: algunas zonas católicas del oeste (cuenca del Ruhr, etc.) precedieron en la industrialización y la prosperidad a la Prusia luterana.

- Desde siempre parece que la Iglesia mira con mucho recelo al capitalismo. Y cuando lo tolera parece que lo hace sólo como un mal menor ante el comunismo o porque observa los progresos materiales que genera. ¿Por qué esta desconfianza?

- La Iglesia estaba demasiado apegada al orden social del Antiguo Régimen anterior a las revoluciones liberales: un orden oficialmente "cristiano". La revolución tomó en Europa (no así en EEUU) a menudo un cariz anticlerical: destrucción de templos en la Francia jacobina, desamortizaciones en la España del XIX, etc. La Iglesia se sintió amenazada y se cerró en banda al liberalismo durante más de un siglo.

También genera un malentendido el papel que juega el afán de lucro en el capitalismo: la Iglesia ha tendido a interpretarlo como egoísmo y codicia. Sin embargo, se olvida que en el mercado sólo obtiene beneficios aquél que consigue satisfacer necesidades y deseos del prójimo. El mercado es objetivamente altruista, aunque la motivación subjetiva del empresario pueda ser "egoísta" (obtención de un beneficio).

- Y es curioso, porque en muchas ocasiones parece que su mensaje está diseñado para 'atacar' a su base social. Escucha uno ciertas homilías y parecen dirigidas exactamente contra los feligreses que las escuchan: se ataca a los empresarios y a los que han prosperado, a los que ahorran, a los que se preocupan por el bienestar material de su familia... ¿por qué este discurso?

- Me parece que esas homilías vienen inspiradas por los prejuicios infundados que señalé antes: que la ganancia del rico procede de la explotación del pobre; que el capitalismo es el imperio de la codicia… La preocupación por los pobres inseparable del cristianismo es (mal)interpretada por algunos como opción por un sistema socialdemócrata y por una fuerte redistribución estatal. El teólogo Paul Tillich escribió que "todo cristiano coherente debe ser socialista". Los liberales debemos explicar que también para los pobres resulta más beneficiosa una economía libre con impuestos bajos, movilidad social y pleno empleo.

- Hay una serie de 'mitos' sobre el capitalismo que lo desprestigian a los ojos de la iglesia. Le indico unos cuantos y le pediría que los comentase:

- "Los liberales son egoístas, sólo se preocupan de acumular cada vez más": La gran virtud de la economía libre es que para obtener beneficios hay que ofrecer a los demás bienes y servicios que estos aprecien, a un precio que les merezca la pena. Es decir, uno sólo puede enriquecerse sirviendo a los demás. Y el empresario no es necesariamente un tío Gilito avariento: muchos empresarios buscan el bienestar de sus familias, más que el suyo propio; otros donan a causas benéficas una parte de sus ganancias; otros buscan servir a la sociedad creando puestos de trabajo. El homo oeconomicus -ciego para cualquier motivación que no sea el beneficio personal- es un mito antiliberal.

- "El capitalismo es individualista, un sistema que empuja a que todos miremos sólo por nuestro propio beneficio": No, el capitalismo es intrínsecamente cooperativo, por las razones que expuse antes. Por otra parte, en la sociedad abierta proliferan las asociaciones voluntarias que satisfacen la necesidad de pertenencia comunitaria: iglesias, clubs, equipos deportivos, partidos, sindicatos… Es revelador que en la sociedad norteamericana –más liberal que la europea- el ciudadano medio dedique más tiempo y dinero a actividades comunitarias, benéficas, vecinales, etc.

- "El comercio es un juego de suma cero: lo que uno gana se lo está quitando a otros": No, siempre que los intercambios sean voluntarios, como es el caso en la sociedad abierta. Nadie compra o vende algo si no estima que la operación le sale a cuenta. El comercio libre se basa en intercambios mutuamente beneficiosos. Todos ganan.

- "La desigualdad que genera el capitalismo es incompatible con el amor al prójimo o la preocupación por los que menos tienen": Es exactamente al contrario: la sociedad capitalista deja más espacio para la caridad, para la ayuda al prójimo. La verdadera caridad sólo puede ser voluntaria. La redistribución coactiva del Estado socialdemócrata implica la despersonalización y burocratización de la caridad: o sea, su desnaturalización. En el Estado del Bienestar, el impulso filantrópico disminuye: ¿para qué dar limosna, si el Estado ya se ocupa de los pobres?

- De verdad, ¿no es más cercano al pensamiento cristiano el socialismo, con su aparente preocupación por los pobres?

- No. El cristiano debería preferir aquel modelo socio-económico que realmente conduce a la elevación del nivel de vida general, incluido el de los comparativamente pobres. Y ese modelo ha sido el capitalismo, no el socialismo. Compárese Corea del Norte con Corea del Sur.

- Por último, en su ensayo, usted defiende que el declive del cristianismo en occidente explica el éxito de la socialdemocracia y la pérdida de impulso de las economías de esta región: "Convierte una sociedad de productores en una sociedad de subsidiados. En lugar de intentar conseguir beneficios vendiendo a los demás bienes y servicios que estos aprecian, el sujeto aspirará a beneficiarse de alguna de las transferencias de renta puestas en práctica por el Estado". Si esto es así, la tendencia parece imparable, ¿ve usted alguna solución o un futuro que no pase por una decadencia irreversible?

- Veo muy complicado el futuro de Europa. Los europeos no parecen preparados para aceptar que la era socialdemócrata ha terminado: que ya no son sostenibles esos altos niveles de gasto público. La resistencia a las reformas estructurales necesarias -medidas como la transición a un modelo de capitalización en las pensiones, el copago sanitario (o la privatización de la sanidad), la flexibilización del mercado laboral, supresión de subsidios, etc.- es general.

El avance de los populismos anti-sistema es la expresión del pataleo de una sociedad europea que se resiste a aceptar el final del Estado del Bienestar. Los populismos de ultraderecha dicen que bastaría con abandonar la UE o expulsar a los inmigrantes para mantener la protección estatal "de la cuna a la tumba"; los de ultraizquierda, que bastaría con subirles aun más los impuestos a los ricos o nacionalizar la banca. Unos y otros viven fuera de la realidad. Y, sin embargo, son las fuerzas en auge.

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