Cinco claves económicas de la reforma universitaria de Wert

Las nuevas becas premiarán a los que más se esfuercen; la gran duda es si cambiarán los fundamentos de organización de las facultades.

D. SORIANO

José Ignacio Wert no se irá del Gobierno siendo el ministro más popular, al menos según en las encuestas. Pero sí podría marcharse como uno de los que dejen un legado más duradero. En un Ejecutivo que no para de hablar de reformas, el madrileño está impulsando algunas de las propuestas más innovadoras.

Esta semana, se presentó en el Congreso para explicar el nuevo modelo de becas universitarias. Por primera vez, habrá un componente variable en las ayudas, con el que se premiará a aquellos que mejores notas saquen. Vamos, casi como si fuera un bonus en una empresa: a igualdad de rentas, los que más trabajen tendrán una recompensa mayor. Además, se endurecerán algo (no mucho, todo hay que decirlo) los requisitos para acceder a todas las ayudas.

La oposición ha puesto el grito en el cielo, ante un sistema que fomenta la competencia y que, según sindicatos y partidos de izquierda, perjudicará a las clases bajas. Rectores y agrupaciones de estudiantes tampoco parecen muy entusiasmados. Mientras, Wert recuerda que ninguna universidad española aparece en los rankings entre las 100 mejores del mundo (de hecho, normalmente empiezan a aparecer a partir del puesto 200 y a cuentagotas).

Con estos datos, parece evidente que algo hay que hacer. La duda es si esta reforma será suficiente. Un análisis económico nos puede ofrecer algunas claves sobre el posible éxito o fracaso del polémico ministro:

- ¿La exigencia perjudica a los pobres?: éste es un mantra de la izquierda. Quienes lo pregonan parecen no darse cuenta del desprecio que lleva implícito por todos esos alumnos de origen humilde que se superan día a día a base de trabajo y esfuerzo.

El miércoles, en su comparecencia en el Congreso, Wert lo desmintió con cifras. Según las estadísticas de la OCDE, el nivel socioeconómico "explica el 13% de la varianza de las notas en la enseñanza básica, un 3% en el bachillerato, un 2% en las pruebas de acceso a la universidad y menos del 1% en la facultad".

Esto quiere decir que en los primeros niveles educativos sí puede observarse una cierta ventaja para los alumnos con padres más pudientes o de nivel educativo superior. Por eso, hay que hacer un esfuerzo para que aquellos algo menos afortunados no se queden atrás. Pero a partir de la enseñanza secundaria y, sobre todo, de la universidad las diferencias son mínimas. Tiene lógica, un estudiante que ha superado las dificultades lógicas de haber nacido en un hogar con un nivel cultural algo más bajo al llegar a la facultad puede mirar a sus compañeros de frente, sin ningún temor.

En este sentido, aumentar la exigencia para las becas o repartir éstas de forma desigual en función del desempeño sólo puede favorecerle. Uno de los problemas de las universidades españolas es su masificación, que acaba igualando a todos los estudiantes a la baja. No es lo mismo sacar todo sobresalientes que aprobados. Destacar a los que mejor lo hagan, también con las becas, debería servir para marcar diferencias entre la masa de licenciados. Esto servirá a todos, pero a los estudiantes con menos contactos o vías de acceso al mercado laboral más restringidas es a los que más les ayudará.

- ¿Mejorará la eficiencia con la que se gastan los fondos públicos?: es uno de los objetivos. Wert presentó algunas cifras reveladoras. El 20% de los estudiantes que acceden a la universidad con una nota inferior a 5,5 puntos en la prueba de acceso abandona la universidad en el primer año, sólo un 25% se gradúa a tiempo y apenas el 44% llega a titularse. ¿Tiene sentido que el contribuyente pague a estos alumnos por un tiempo perdido?

Todas las estadísticas dicen que los licenciados universitarios ganan más, de media, que los trabajadores con una titulación inferior. Por lo tanto, parece lógico que se exija un esfuerzo extra a quienes van a beneficiarse de un servicio público que les capacitará para tener unos sueldos más elevados. El mensaje que quiere transmitir Wert es que el que reciba una beca tiene que ganársela, no puede creer que está garantizada.

Y tampoco sería un drama que cayese ligeramente el porcentaje de licenciados universitarios, porque haya alumnos que se piensen dos veces si merece la pena ir a la facultad o si es eso lo que realmente quieren hacer. España es uno de los países de Europa con más universitarios, en el que estos sacan menos partido a sus títulos y en el que hay más trabajadores sobrecualificados (en tareas inferiores a su formación).

- ¿Incrementará la flexibilidad en los estudios?: éste podría ser uno de los puntos flacos de la reforma en las becas. Al final, los estudios siguen siendo diseñados de arriba a abajo, en una cascada que nace en el Ministerio y acaba en las facultades.

En lo que hace referencia a las ayudas al estudio, están pensadas para seguir un modelo único. Con un porcentaje determinado de asignaturas aprobadas, una nota media y requisitos de matriculación. A primera vista parece lógico, pero en un mundo cada vez más dinámico, este tipo de rigideces llaman la atención. Por ejemplo, pensemos en un estudiante que un año recibe una oferta de trabajo a tiempo parcial y que piensa en alargar un año su carrera. No podrá hacerlo, porque perdería su beca.

En este sentido, otros modelos presentes en otros países parecen más eficaces. Por ejemplo, con un sistema de créditos, es el estudiante el que decide qué estudiar y cuándo hacerlo. Se compromete a devolver ese dinero cuando termine sus estudios y la concesión del préstamo puede estar ligada a resultados. Pero su funcionamiento es mucho más flexible que el del modelo español.

- ¿Cambiará la organización en las universidades?: no, al menos no por el cambio en el modelo de becas. Wert tiene más reformas encima de la mesa, pero éstas parecen más limitadas. Los expertos, incluidos los de la Comisión formada por el Gobierno, piden más autonomía, control sobre resultados, premios a las mejores facultades, competencia entre centros, responsabilidad,... Pero los rectores luchan como gato panza arriba para evitarlo.

Del mismo modo que se premia a los estudiantes excelentes, parecería lógico que se premiase a los profesores y universidades que destaquen. ¿Cómo? La fórmula más sencilla parece asociar sus presupuestos y sus ingresos a sus resultados y a su capacidad para atraer alumnos. Ahora mismo, los ingresos se deciden con criterios fundamentalmente políticos. Hay carretas con unos pocos estudiantes que se pagan año a año, aunque nadie quiera cursarlas.

- ¿Mejorará la calidad de las universidades?: es la pregunta clave. Y la respuesta no es sencilla. Wert ha introducido un cambio radical en los incentivos que mueven a los estudiantes y no sólo para los becados. El resto también tendrán que apretar, porque la matrícula se encarecerá (y mucho) con cada suspenso.

El problema es que estos mejores incentivos se queden ahí. En lo que hace referencia al control del diseño de sus estudios por parte de los estudiantes, no parece que vaya a haber muchas novedades. Tampoco en las recompensas y castigos para profesores y universidades, una de las claves de todo el sistema. Al final, todo apunta a una reforma parcial, en la dirección indicada por los expertos y con la búsqueda de la excelencia como meta. Pero muchas de las malas prácticas generadas durante años probablemente seguirán muy vigentes.

A continuación