La eslovaca Cibulkova gana a Kerber y conquista el Masters femenino

Dominika se ha impuesto en la final del Masters de Singapur a la alemana Kerber por 6-4 y 6-3. La eslovaca arrasa con su 1,61 de estatura.

Alfredo Somoza

Muchos son los puristas del mundo del tenis que piensan que para destacar en el circuito debes tener envergadura -ser alta y esbelta-. A raquetazo limpio, la diminuta Dominika Cibulkova -mide 1,61 y pesa 55 kilos- no deja de repartir lecciones de superación.

A sus 27 años, apodada como "Pocket Rocket" (cohete de bolsillo) en el circuito WTA, ha demostrado que sin una gran envergadura también se puede triunfar en el mundo del tenis. Ella, que tiene como gran referente a la ya retirada Marion Bartoli, sabe que "si no dejas de luchar no hay nada imposible".

Sus zancadas son más cortas que las de sus rivales, pero sus movimientos son mucho más rápidos. Tiene una extraordinaria capacidad de reacción que le hace llegar a bolas imposibles, dando la sensación de que se desliza por la pista. Es un muro. Y cuando la contrincante menos se lo espera, saca su tremendo drive que deja clavadas a las gigantes. Es como una hormiga atómica llena de energía incapaz de parar. Siempre en tensión, su estilo agresivo, intenso, arrollador ahoga a las rivales y engancha a los espectadores.

Y es que, esta menuda eslovaca es la tenista de moda. Una rubia traviesa y guerrera, de puño frío y corazón caliente. A base de esfuerzo ha logrado su ansiado objetivo: ganar en una plaza de postín: Dominika se ha impuesto en el Masters de Singapur tras tumbar en la final a la número 1 del mundo y gran favorita, Angelique Kerber por 6-4 y 6-3.

Al fin ha conseguido lucir tras horas y horas de esfuerzo junto a su entrenador, Matej Liptak, el artífice de que su compatriota -Liptak también es eslovaco- haya alcanzado su madurez tenística. Como todo genio que se precie, Dominika tiene sus manías. Es muy supersticiosa y repite patrones durante los torneos -como cenar todos los días en el mismo restaurante- o meterse en su propia burbuja para aislarse del exterior sin comunicarse siquiera con sus propios padres -nada de llamadas, como mucho algún mensaje de texto- para no desconcentrarse.

Ver un partido de Cibulkova es un placer para la vista. Su agilidad, sus movimientos y sus tremendos golpes desde el fondo de la pista, hacen las delicias de cualquiera. Puro nervio, la hormiga atómica es un torbellino que puede arrasar a cualquiera. Rompiendo los estereotipos de la WTA, este domingo la eslovaca alcanza la cima a base, como no, de raquetazo limpio.

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