El complicado triángulo entre Federer, su mujer y Wawrinka

El tenista de Basilea está ante su gran ocasión para ganar la Ensaladera, el único gran trofeo que le falta en sus vitrinas.

José Manuel Puertas

El Estadio Pierre Mauroy (recinto futbolístico con capacidad para 50000 personas reconvertido para 27000 fans para la ocasión) de la ciudad Lille, en Francia, será uno de los principales, si no el mayor, epicentros del deporte mundial este fin de semana. Allí, un hombre busca, a sus 33 años, consagrarse, si no lo es ya, como el mejor tenista de todos los tiempos. Roger Federer, en su ardua carrera contra el tiempo, está ante su gran ocasión para ganar la Copa Davis, el único gran trofeo que le falta en sus vitrinas. Sin embargo, un escenario inesperado puede complicar sobremanera la consagración definitiva del de Basilea, que finalmente formará parte del equipo helvético al haber superado sus problemas de espalda.

Diecisiete torneos de Grand Slam más tarde, incluido su único y sufrido Roland Garros en 2009, asaltando la tiranía de Nadal sobre la arcilla parisina, tras un oro olímpico en dobles en 2008, y con seis copas de maestros en su haber, el mayor talento jamás nacido para empuñar una raqueta afronta en estos días el reto de su vida, alzar una ensaladera de plata que siempre se le resistió, y un trofeo que su país nunca pudo alzar, ni antes de su llegada al circuito profesional en 1998, ni durante su reinado en las pistas desde entonces.

Empero, no resultará tarea sencilla. Para empezar, porque el rival no será fácil. Francia, local de gran nivel y con menor presión histórica en la Davis, presenta un buen equipo con Jo Wilfred Tsonga y Gael Monfils buscando poner la espalda de Federer al límite en los individuales, y creándole dudas sobre si debe participar el sábado. Pero quizá el gran problema lo tenga la propia Suiza en su vestuario, toda vez que la relación entre el siete veces campeón de Wimbledon y su eterno compañero Stanislas Wawrinka, ganador este año del Open de Australia, no parece pasar por su mejor momento.

Pese a que los dos suizos han tratado de aparentar normalidad en las horas previas a la gran final, en la que cada uno disputará dos partidos individuales y además en principio habrán de formar pareja en el dobles del sábado, su amistad no pasa por su mejor momento, hecho que podría afectar seriamente al rendimiento helvético en la final. ¿El motivo? El monumental cabreo de Wawrinka con Mirka Vavrinek, esposa de Federer, tras la disputa el pasado fin de semana entre los dos compatriotas de la semifinal de la Copa de Maestros en el O2 Arena de Londres. Allí, la ex tenista profesional no dudó en molestar en repetidas ocasiones el saque del rival de su marido durante el tercer y definitivo set, llegando incluso a escucharse de forma nítida como le llamaba "¡Niño llorón!". Tras el encuentro, con victoria de Federer, la agria bronca entre ambos llegó a los vestuarios, y Wawrinka reprochó a su compatriota, con no pocos testigos presentes, que su esposa ya había empleado la misma táctica para descentrarle en Wimbledon.

Tras ello, los dos valedores de las opciones suizas a la ensaladera abandonaron Londres por separado, de camino a Lille. El número 1 helvético lo hizo en su avión privado, y Wawrinka, en tren. Una vez en la ciudad gala, el capitán del equipo suizo, Severin Luthi, habrá tenido que realizar un arduo trabajo para calmar unos ánimos muy caldeados. De un lado, Federer llega a la cita tocado en la espalda, tras no poder jugar la final del Masters ante Djokovic, y sólo este jueves confirmó finalmente que disputará la final. De otro, Wawrinka se encuentra irritado con su sempiterno compañero, al que debe mucho en su crecimiento, pero con el que se encuentra muy resentido.

Pero a partir de este viernes, ambos se necesitan para lograr una gesta histórica para el país de los cantones, en la que Roger Federer quiere lograr la cuadratura del círculo, y para ello será fundamental que recupere la confianza de Stan The man Wawrinka en él. Es la peculiar historia que puede poner en peligro la primera Ensaladera de la historia de Suiza, y sobre todo, el ingreso definitivo de la elegancia hecha tenis en el Olimpo de los Dioses.

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