Ben Wilson, 30 años del asesinato más trágico de la historia del baloncesto americano

Con sólo 17 años, ya se había convertido en un ídolo en Chicago. Iba camino de ser una estrella. Pero no le dejaron. Lo mataron.

Tolo Leal

Tal día como hoy, hace 30 años, moría Benjamin Wilson. Dos disparos de un desconocido terminaban con su vida Con él, se fue el chico que estaba llamado a marcar una época en el baloncesto americano. Los sueños de la ciudad de Chicago de tener a su ídolo en casa. Las esperanzas de una generación de ver a otra estrella en la época de las más grandes estrellas de la NBA.

Porque Benji, como era conocido, iba camino de ser un enorme jugador. Uno de los más grandes. Eso nadie lo dudaba, ni lo duda. Lo tenía todo. Era bueno, muy bueno; tenía un físico adelantado a su época; una cabeza privilegiada; y una capacidad de sacrificio inaudita. Recién acababa de comenzar su etapa universitaria, pero ya sonaba entre los grandes nombres del futuro de la NBA. Iba camino de ser una estrella. Pero no le dejaron. Lo mataron.

Entrenar, entrenar y entrenar

Benjamin Wilson nacía en Chicago, Illinois, el 18 de marzo de 1967, hijo de una enfermera, Mary, y un camionero, Ben. Tenía un hermano mayor, Curtis, fruto de una anterior relación de la madre. Era una familia de bien, que vivía en uno de los barrios más tranquilos y seguros de Chicago: Chatham.

Desde pequeño, Ben mostró unas capacidades atléticas extraordinarias. Se pasaba el día entero jugando a baloncesto. Era la época en la que el baloncesto crecía a pasos agigantados en Estados Unidos. Pasó a ser mucho más que un deporte. Aquellos años de finales de los 70 y principios de los 80 iban a dar lugar a la generación de los grandes jugadores de la NBA: hablamos de los Jordan, Magic, Bird, Malone, Isaiah Thomas, Charles Barkley, y tantos otros.

Wilson seguía los pasos de todos ellos. Dedicando las 24 horas del día a jugar a basket, unió sus increíbles capacidades atléticas a una inusitada técnica de tiro que resultaba ser infalible e indefendible. Por eso, cuando llegó al Instituto de Simeon en 1981, todos le vieron grandes maneras.

Sin embargo, el primer año lo pasó casi al completo en el banquillo. Era bajito para jugar en el equipo, y aún le faltaban muchas nociones tácticas. Pero eso no fue un obstáculo para Benji, sino todo lo contrario: siguió trabajando más duro que nunca. Y en ese verano de 1982 pegó el estirón. A sus tremendas cualidades ahora le acompañaban casi 200 centímetros de altura. Iba a ser imparable.

Un equipo ganador

En su segundo año en Simeon explotó. Anotaba, reboteaba, asistía, machacaba, taponaba… Como si estuviera jugando contra niños. Pero en realidad era casi siempre el más pequeño. Y tenía ese don que sólo los más grandes tienen, de que cada balón que recibía era para generar algo.

Por eso, no es de extrañar que ya en su tercer año llevara al equipo hasta lo que nunca había conseguido: ser campeón del Estado de Illinois, por delante de otros grandes institutos con mayor tradición, como West Aurora, liderados por Kenny Battle; o Evanston en la final, que contaba con Everette Stephens y llegaba imbatido. Pero nadie fue rival para Benji. Ese año sería elegido el mejor jugador de instituto de todo Estados Unidos.

Pese a ser sólo un chaval de instituto, Wilson se había convertido ya en toda una celebridad en Chicago. Más aún cuando todas las Universidades del país quisieron contar con sus servicios, pero él decidió continuar en Simeon un año más, el último de instituto. Incluso Nike, que acababa de lanzar al estrellato a Michael Jordan, ya le había echado el guante. Sabía que tenía una estrella en ciernes entre manos.

Una mala reacción, y muerto

Pero el 20 de noviembre, un día antes de comenzar la nueva temporada, todo terminó. Benji salió del instituto discutiendo con su novia, Jetun Rush. A pesar de que se peleaban continuamente, llevaban casi dos años de relación, y acababan de tener un hijo.

Iban discutiendo acalorados cuando, de repente, Ben chocó con otro joven en la acera, Billy Moore, quien iba acompañado de Omar Dixon. Tras el choque, Ben continuó, pero Moore le soltó un grito. Que qué pasaba con él, le preguntó, y si no le iba a pedir disculpas. Benji se giró, exaltado por la discusión con su novia, y le dijo que no, que si no sabía quién era él, y que si tenía algún problema. Fue entonces cuando Billy Moore le enseñó una pistola, asegurándole a Benji que la iba a usar. Éste, lejos de achantarse, siguió discutiendo, hasta que Moore le soltó de súbito dos disparos, uno en la ingle y otro en el abdomen.

Moore y Dixon salieron corriendo –pronto serían capturados y les caerían 40 y 30 años de prisión respectivamente- mientras Wilson quedaba tendido en el suelo. Jetun Rush fue a avisar a sus compañeros de equipo, quienes llamaron a la ambulancia. Entonces se produjo la otra gran controversia del incidente.

Una agónica espera

En aquel momento, cualquier ambulancia tenía la orden de llevar a un herido al hospital más cercano. Sin importar cuál era, ni el servicio que podía ofrecer. Wilson, aún consciente, fue trasladado a Saint Bernard. Poco importó que no hubiera en él ningún médico de urgencia. Tuvo que esperar hasta tres horas para que comenzara la intervención.

Al principio, aseguraron los médicos que no iba a haber mayor problema que el hecho de que tardaría unos meses en volver a jugar a baloncesto. Unas horas después, afirmaban que probablemente nunca más volvería a jugar. Un poco más tarde, se declaraba que sólo sobreviviría en estado vegetativo.

Una situación insostenible para su madre, Mary Wilson, quien tomaría la determinación de desenchufar a su hijo del soporte asistido. En torno a las cinco de la madrugada de aquel 21 de noviembre de 1984, Benjamin Wilson fallecía. "No es cuánto tiempo vives, sino cómo vives ese tiempo", fue lo primero que acertó a decir Mary Wilson. Todos explotaron en un mar de lágrimas.

Nadie podía dar crédito. Era Benji. El chaval que había conquistado el corazón, y las esperanzas, de quienes le conocían. El ídolo de todos. El hombre llamado a ser leyenda. Aquél que había pasado a formar parte de la elite de una ciudad como Chicago con tan solo 17 años. Aquel que todos querían y admiraban por su juego, pero también por su carácter. Por su generosidad en el juego, por su ejecución en el liderazgo. Iba a hacer algo grande en la NBA. Todos lo sabían. Pero ahora yacía tumbado en el hospital. Sin respirar.

30 años sin olvido

A su funeral, más de 10.000 personas acudieron a dar el último adiós a Benjamin Wilson. Fue gente de todas las edades, de toda la ciudad. La fama de Benji había sobrepasado límites. Al día siguiente, el equipo de Simeon disputaba su primer enfrentamiento de la temporada. Pese a diversas reticencias, se decidió que se jugaría el partido, en honor a su ídolo fallecido. Se celebró un minuto de silencio. De los más desgarradores que se recuerden en una cancha de baloncesto.

En aquel equipo estaba Nick Anderson. Acababa de llegar a Simeon por la petición de su gran amigo Benji. Querían jugar juntos. Nunca imaginaría que no llegarían a hacerlo. Nunca en su carrera, en su prolífica carrera, le olvidaría. Anderson jugó 11 años en la NBA. Es el jugador con más partidos disputados en los Orlando Magic, y el que más minutos ha jugado. Y todos, cada uno de ellos, lo hizo con el número 25 en su camiseta. El número de su gran amigo Benji.

Un dorsal al que aún guardan pleitesía en Simeon. Ahí, en lugar de colgar la camiseta, decidieron que cada año se la darían al mejor jugador del instituto. Hace no mucho la llevó un tal Derrick Rose, el segundo jugador en conseguir la hazaña que antes sólo había conseguido Ben Wilson: llevar al equipo a ser campeón del Estado. El ex ACB –ocho temporadas en España- Deon Thomas fue otro de los que llevó ese dorsal 25.

El último en hacerlo, Jabari Parker, elegido número 2 en el Draft de este verano por los Milwaukee Bucks. Ahora, en su primera temporada en la NBA, Parker eligió el número 12. Pero en sus deportivas, lleva cosido el número 25, y las iniciales B.W.

Quién sabe si Benjamin Wilson también hubiera sido un número 2 del Draft. O un número 1. ¿Hasta dónde hubiera llegado Benji? ¿Hubiera marcado una época en la NBA? ¿Hubiera sido tan bueno como Magic Johnson, o Michael Jordan, tal y como había vaticinado Sonny Vaccaro, el hombre que llevó a Jordan a Nike, y que descubrió otros futuros talentos como Shaquille O’Neal, Kobe Bryant, Kevin Garnett o Pat Ewing? Nunca nos dejaron saberlo. Terminaron con su vida y, de ese modo, con las respuestas. Con las esperanzas. Con el sueño de Benji, y de toda Chicago.

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