Sidney 2000: la mentira de Marion Jones no empañó los 'Juegos Verdes'

Fue la gran estrella de uno de los mejores Juegos de todos los tiempos. Pero poco después se descubrió que sus victorias eran fruto del dopaje.

Tolo Leal

Después del fracaso de Melbourne en el 56, los Juegos Olímpicos regresaban a Australia. Y el mensaje que querían transmitir era claro: allá en las antípodas, aislados, ellos también habían llegado claramente a la modernidad, al cambio de milenio. Y vaya si lo consiguieron.

Si los de Barcelona siempre se ha dicho que, por muchos motivos, han sido los mejores Juegos de la historia, el calificativo que suele acompañar a Australia es el de los mejores organizados que se han visto nunca. Desde la villa olímpica hasta las instalaciones, pasando por la atención a los espectadores o incluso a los simples visitantes, Sidney estuvo pendiente de todos y cada uno de los detalles para que todo saliera perfecto, y así fue.

Y además, con el máximo respeto a la naturaleza y al medio ambiente, en lo que también fueron reconocidos como ‘los Juegos Verdes’. No en vano, miembros de Greenpeace fueron importantes partícipes del diseño de las instalaciones, encargándose entre otros de que la luz de la Villa Olímpica procediera de la energía solar.

A todo ello ayudó sin duda la máxima implicación de todo el pueblo australiano, como lo demuestra la increíble cifra de voluntarios: 45.000, la más alta jamás alcanzada. Todo eso permitió que fueran más de 300 pruebas las que se disputaron, con más de 10.000 atletas participando.

El mensaje australiano

Cathy Freeman, representante del pueblo autóctono australiano, fue la encargada de encender el pebetero tras una majestuosa Ceremonia de Apertura. Era la representación de la unión entre el pueblo aborigen, del que Freeman era un gran ejemplo, y el pueblo blanco australiano. Un momento muy emotivo para todo el país, y un mensaje muy claro para el resto del mundo.

Y precisamente Cathy Freeman se convirtió en una de las grandes estrellas de los Juegos tras lograr la victoria en la final de 400 metros lisos, una victoria celebrada por todo el país, y que se transformó en un mar de lágrimas en todo el estadio. Un estadio, el Stadium Australia, con capacidad para más de 110.000 personas.

Y es que el problema de Australia, lo único que falló, fue que el rendimiento deportivo no acompañó a la excelencia fuera de la competición. No es que fuera bajo, pero no hubo ninguna estrella legendaria, nadie que irrumpiera en el mundo del deporte para entrar en la historia. Sí destacaron atletas que en Sidney pusieron el broche de oro a sus carreras, como son los casos de Michael Johnson, que se retiraba a los 33 años con otra medalla de oro en el 400; la atleta alemana Heike Drechsler, que con 36 años lograba en Sidney su segundo oro olímpico en salto de longitud, tras el conseguido en Barcelona; o el boxeador cubano Félix Savón, quien culminaría su triplete de oros olímpicos en el peso pesado.

Menos feliz fue el adiós de Sergei Bubka, uno de los más grandes saltadores de pértiga, pero que en Sidney, como ya le sucediera en Barcelona, no supo encontrar su momento, y se marchó por la puerta de atrás de la competición, sin tan siquiera poder subir al podio.

Ni tampoco el del ruso Alexandre Kareline, el mejor luchador de estilo grecorromano de la historia, quien se mantuvo invicto en competiciones internacionales desde 1987 hasta el año 2000, cuando perdió en la final de Sidney ante Rulo Gardner.

Quizá, si hubiera que destacar a alguien, sería al también local Ian Thorpe. Con tan solo 17 años, llegó al Sydney International Aquatic Centre como una promesa, y salió como un héroe. Un total de cinco medallas, tres de ellas de oro –en el 400 libre, en el 4x100 libre y en el 4x200 libre- más dos platas, en el 200 libre y el 4x100 estilos.

O el gimnasta Aleksei Nemov, quien conseguiría un total de 6 medallas en Sidney, repitiendo la hazaña de cuatro años antes. Lo hizo en el concurso individual masculino y en barra fija, donde consiguió el oro; en suelo consiguió la plata; y el bronce lo obtuvo en caballo con arcos, en barras paralelas, y en la competición por equipos.

Especialmente brillante fue la victoria conseguida por Haile Gebrselassie, revalidando el oro olímpico cosechado cuatro años antes en el 10.000.

Y Sidney también será recordado, evidentemente, por el nadador guineano Éric Moussambani, que competía en las eliminatorias de 100 metros libres, nadó la prueba en solitario, debido a la descalificación de sus rivales por falsa salida, y tardó 1 minuto y 52 segundos en completar la distancia. Poco después dijo que jamás antes se había metido en una piscina.

El engaño de Marion Jones

Pero si bien lo de Moussambani generó un debate en torno al sistema de participación de ciertos deportistas y ciertos países, nadie dudó en defender su figura. Todo lo contrario de Marion Jones. Ella fue, durante un tiempo, la reina de Sidney. Pero, como sucede siempre con los tramposos, poco le duró la alegría. Fue cazada, y desposeída de todos sus logros.

Lo cierto es que para los que la vieron en la pista, o en la televisión, Marion fue una locomotora. Todos veían cómo cumplía su promesa de cinco medallas, y con suficiencia. Las dos pruebas individuales en las que se impuso, el 100 y el 200 metros lisos, lo hizo con una espectacular superioridad. También se llevó el oro en el relevos 4x400.

Por su parte, en el 4x100 y en salto de longitud se llevó la medalla de bronce, completando así una de las mejores hazañas de la historia del atletismo olímpico.

Sin embargo, poco tardaron en aparecer las sospechas de dopaje, tanto sobre ella como sobre su marido, CJ Hunter. De hecho, él fue el primero que se vio envuelto en un escándalo de dopaje, y no tardó mucho en salpicar a Marion Jones.

Desde 2003 no cesaron las investigaciones sobre un nuevo producto dopante llamado Tetrahidrogestrinona (sustancia que incrementa el rendimiento físico) y Jones, hasta que fue declarada culpable de haberla cosumido para sus triunfos en Sidney. Inmediatamente estos fueron anulados, y Marion tuvo que devolver sus cinco medallas. Todo había sido una mentira.

Un fracaso, según cómo se mire

España se las prometía muy felices en Sidney. Con el buen momento que atravesaba el deporte español, y tras el éxito reciente de Barcelona y Atlanta, las miras estaban puestas muy altas. Y aunque el resultado no se puede calificar de decepcionante, es evidente que no se cumplieron con las expectativas.

La expedición nacional llegó con el waterpolista Manel Estiarte como abanderado. Era más que merecido: eran sus sextos Juegos consecutivos, había conquistado el oro en Atlanta 96, y se había proclamado máximo goleador de la competición en tres ocasiones. Junto a él, 323 deportistas -218 hombres y 105 mujeres- que participaron en 22 deportes.

El número de medallas total se quedó en 11, seis menos que en los Juegos anteriores y la mitad de las conseguidas en Barcelona 92. Tres fueron de oro, tres de plata, y las otras cinco de bronce. Además, se obtuvieron 41 diplomas olímpicos.

La gran estrella española fue sin duda el gimnasta Gervasio Deferr, que conquistó una impresionante medalla de oro en la prueba de salto, con una puntuación final de 9,712 puntos. Y eso que su especialidad era la prueba de suelo. Cuatro años más tarde, en Atenas, repetiría la hazaña.

También en Sidney arrancó la prolífica carrera olímpica del ciclista mallorquín Joan Llaneras, que en la prueba de carrera por puntos obtuvo la medalla de oro, primera de las cuatro totales –dos oros y dos platas- que conseguiría en total. Después de David Cal –con cinco- es el deportista español con más medallas olímpicas conquistadas.

El tercer oro fue para la judoka Isabel Fernández, que ahora sí conseguía la victoria que se le había resistido en Atlanta, cuando se tuvo que conformar con el bronce.

Tres platas se conquistaron también: la del boxeador Rafael Lozano en peso minimosca, después de saborear un bronce también en Atlanta; el de Gabriel Esparza en Taekwondo; y el del equipo masculino de fútbol, que pese a contar con jugadores de la talla de Xavi, Puyol, Albelda, Marchena o Capdevila se vio superado sorprendentemente por la Camerún de Samuel Eto’o.

María Vasco, en 20 kilómetros marcha, salvó la honra del atletismo español con una medalla de bronce, la primera para el atletismo femenino español. Marga Fullana en ciclismo de montaña, la nadadora de origen soviético Nina Zhivanevskaya en el 100 metros espalda, el equipo masculino de balonmano, y la pareja de tenis de dobles masculino Àlex Corretja y Albert Costa completaron con sus bronces el medallero español.

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