Los gases xenón y argón, ¿nuevos métodos de dopaje?

Estos gases nobles, que se utilizan para la fabricación de flashes y bombillas, estimulan la producción de EPO.

José Miguel de Pedro

Una bombona de gas y una mascarilla para inhalarlo durante unos minutos. La maquinaria del dopaje para mejorar el rendimiento de los deportistas de élite parece haber encontrado un nuevo método indetectable hasta ahora. Así lo cree la Agencia Mundial Antidopaje (AMA) que el pasado mes de septiembre incluyó los gases xenón y argón en la lista de productos prohibidos.

El organismo tiene datos y sospechas suficientes como para creer que la inhalación de gas se ha convertido en una fórmula para generar glóbulos rojos y, de esta manera, incrementar el nivel de oxígeno en la sangre, algo que rompería las reglas del juego limpio. La preocupación por lo que parece ser una nueva fuente para el dopaje radica en que no existe un análisis efectivo para detectarlo en el organismo de los atletas. Ahora todos los esfuerzos se centran en encontrar un método de detección fiable y barato.

Tanto el xenón como el argón son gases nobles que se encuentran en la atmósfera en pequeñas cantidades. Fundamentalmente, se han usado para la fabricación de flashes, bombillas y también se ha demostrado que pueden ejercer como un anestesiante para dormir a un paciente antes de una operación. No obstante, su escasez y la dificultad de su extracción, los convierte en unos gases caros, que no están al alcance de cualquiera.

EPO natural

Precisamente, su utilización como anestesiante es la que abrió la puerta a la experimentación para mejorar el rendimiento físico. Inhalar una mezcla de xenón con oxígeno incrementa la producción de una proteína denominada HIF-1-alfa (Factor Inducible de la Hipoxia), que estimula la producción de eritropoyetina, más conocida como EPO, la hormona sobre la que ha girado el dopaje en las últimas décadas.

La EPO se encarga de regular el número de glóbulos rojos, que son los encargados de transportar el oxigeno en la sangre. Una mayor producción de EPO implica más oxígeno torrente sanguíneo, con lo que la resistencia al esfuerzo del deportista es mayor y su rendimiento mejora notablemente. Además, la inhalación de estos gases estimula la producción de esta hormona de manera endógena, es decir, generada por el propio cuerpo y no por una sustancia externa, algo que hace que los actuales métodos de detección del dopaje sean incapaces de dar con la trampa.

La primera vez que salió a la luz pública el efecto de estos gases fue tras la celebración de los últimos Juegos Olímpicos de Invierno en Sochi. La televisión pública alemana y el diario The Economist denunciaron un plan perfectamente organizado por parte de la delegación rusa para que sus atletas se sometiesen a un plan de mejora de su rendimiento. Ambos medios hablaron de la existencia de un documento redactado por el Instituto Nacional de Investigación Ruso, publicado en 2010, en el que se daban las directrices para sumnistrar el gas a los atletas después de unos ensayos que podrían haber comenzado hace más de una década.

Los deportistas deben inhalar una mezcla al 50% de oxígeno y el gas durante unos cuatro minutos cada tres o cuatro días, ya que sus efectos pueden llegar a durar hasta 72 horas, y se recomienda hacerlo antes de ir a dormir porque facilita la recuperación y el descanso. No obstante, desde el mismo documento supuestamente también se recomienda dar algunas bocanadas antes del calentamiento previo a la prueba deportiva para asegurarse de que el rendimiento será óptimo.

Entre sus efectos se encuentra el incremento en la capacidad pulmonar y cardíaca y una mayor producción de testosterona. Desde la AMA creen que su uso puede estar ya extendido en numerosas disciplinas y como en otras ocasiones, las argucias para el dopaje van un paso por delante. Ahora, el tiempo corre para encontrar una fórmula capaz de detectar el efecto de unos gases que antes solo eran concebidos para las cámaras fotográficas y las lámparas.

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