El Atlético de Madrid respira con el coronavirus y mide su ambición ante el Leipzig

Los resultados de los PCR efectuados por la UEFA a todo el plantel rojiblanco presente en Lisboa son negativos. El Leipzig llega de tapado.

LD/Efe

No hay momento más cruel para el Atlético de Simeone que la final de la Liga de Campeones de Lisboa en 2014, el principio de una obsesión por el título de los títulos que evoca los peores recuerdos pero que también sostiene la voracidad de un grupo que se encuentra de nuevo ante su desafío más grande, en la misma ciudad, con formato readaptado por el Covid-19 y con el Leipzig como primer o último adversario en el estadio José Alvalade.

No hay margen de error. Ni ahora, en cuartos, ni en semifinales, como jamás lo ha habido en la final. A un partido. Si ganas, pasas; si pierdes, te vas a casa sin consuelo posible, más aún en un equipo con tantas expectativas como el Atlético, cuya realidad no permite ni concesiones ni admite sentimientos de favorito contra ningún oponente. No es más que nadie, seguro. Quizá tampoco menos.

Es la perspectiva desde la que enfoca de nuevo a la Liga de Campeones, a la que llega con la agitación que provocaron los dos positivos por Covid-19 del domingo de Ángel Correa y Sime Vrsaljko.

El resto de la plantilla dio negativo en las pruebas PCR del mismo domingo, cuyos resultados se conocieron el lunes, y el martes, un día más tarde de lo previsto, viajaron a Lisboa, donde este miércoles serán sometidos a un último test para el duelo del jueves. Los resultados también han dado negativo.

No hay competición que despierte más ambición en el Atlético que la Champions. La deuda de Bruselas, en 1974, cuando un equipo magnífico de futbolistas entonces, hoy leyendas, se sintió capaz de todo en Europa, cuando un golazo de Luis Aragonés puso en jaque al poderoso Bayern Múnich y cuando Hans Georg Schwarzenbeck lo frustró todo en el último instante de la prórroga (en el desempate un día más tarde perdió 4-0), es ahora mucho más que eso: es una obsesión.

Por Lisboa, en 2014. Y por Milán, en 2016. Por haberlo tenido tan cerca. En el estadio del Benfica la tuvo ganada hasta el minuto 93, hasta el 1-1 de Sergio Ramos (la prórroga terminó luego 4-1); en San Siro la compitió hasta el último penalti y sintió la derrota final, por lo menos Simeone, como un "fracaso".

En tal punto está la exigencia del equipo rojiblanco, encaramado de nuevo para promover el salto más grande de su historia. Si pierde está el abismo de la decepción. Si gana los tres partidos volará hasta donde muy pocos han alcanzado. Y menos aún en el fútbol moderno.

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