Fede Valverde se doctora en el Camp Nou

El uruguayo, en su primer Clásico, volvió a deslumbrar. Junto a Casemiro, se comieron la sala de máquinas culé.

A. Somoza

Orgullo uruguayo. Fede Valverde salió de la prolífica cantera de Peñarol, donde debutó en Primera División a los 16 años. Le apodaban Pajarito, porque volaba por el campo y estaba en todas partes.

Llegó al Real Madrid con solo 17 años por 5 millones de euros tras apostar por él Juni Calafat, Jefe del departamento de captación internacional del Real Madrid, que en cuanto lo vio en directo se quedó con la boca abierta. La directiva merengue creyó en él desde el primer día. Siempre ha sido el ojito derecho de la planta noble del Bernabéu.

Este miércoles en el Camp Nou, Valverde volvió a dejar claro que es un futbolista descomunal, la principal clave de la enorme mejora merengue. Fede se comió junto a Casemiro –menudo partido firmó el brasileño recuperando infinidad de balones– literalmente al centro del campo del FC Barcelona. Rebañó todo balón que se quedaba en su zona, tácticamente perfecto, hizo coberturas a Sergio Ramos cuando el de Camas se asomaba por el área contraria y echó una mano a un Carvajal que sigue siendo el eslabon más débil de un brillante Madrid.

Valverde leyó el partido como si fuera un auténtico veterano. Pero solo tiene 21 años y era... su primer Clásico. Increíble. Su poderío físico le permite ser un auténtico titán en la recuperación tras pérdida. Me contaban hace escasemente un ems, los que viven el día a día del conjunto merengue en Valdebebas, que aún le quedaban cosas por mostrar en su chistera. Poco a poco se va descolgando más en ataque –su capacidad de llegada desde la segunda línea es oro puro– y atreviéndose con el lanzamiento de media distancia. En el Camp Nou rozó un golazo tras una volea que era pura crema.

El pasado verano, muchos criticaron que Zidane abriera la puerta a Ceballos o Marcos Llorente. El club y el propio Zizou siempre apostaron por Valverde. Los que, cuando aún no había salido del cascarón, lo veían entrenar siempre decían lo mismo: "Es un avión, el día que se suelte...". Y ese día llegó. Un acierto total del club. Desde los despachos de la zona noble se creyó en Fede, el uruguayo. El potro pura sangre que, como un limpiaparabrisas, seca todo lo que hay a su alrededor. El pegamento de este Madrid que se doctoró en el Clásico. El Pajarito –nunca le gustó el apodo al bueno de Fede– se transformó en Avión.

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