El partido que no fue partido, pero clasificó a Chile para un Mundial

En 1973 se disputó –es un decir- el partido más irrisorio de todos los tiempos. El enfrentamiento político entre Chile y la URSS así lo provocó.

Tolo Leal

Imaginen un partido en el que no hay rival. En el que al sacar de centro sólo hay once jugadores, todos del mismo equipo. En el que se avanza sin problemas, y se mete gol a una portería sin portero; vacía. Y ahora imaginen que ese gol es el que clasifica a un equipo para un Mundial. Increíble, ¿verdad? Pues eso sucedió en Santiago de Chile, en 1973, en un partido –si se puede llamar así- entre Chile, el que se presentó, y la Unión Soviética, que ni había viajado.

Los antecedentes

Cuando los chilenos conocieron que se deberían jugar su clasificación ante la Unión Soviética, fue un disgusto. Futbolístico. Porque sabían que iba a ser muy complicado. En aquellos años, el cuarto clasificado de la Conmebol jugaba la repesca ante el último clasificado de la zona UEFA con opciones de pase. Pero nunca imaginaron que se trataría de la URSS, vigente subcampeona de Europa.

El destino así lo quiso. Pero el destino iba a reservar un golpe inesperado, y contundente, para la eliminatoria. Porque cuando chilenos y soviéticos quedaron emparejados, se podría decir que eran entonces dos países amigos. Entre la Rusia comunista y la Chile socialista de Allende había buenas relaciones. Pero todo iba a cambiar en un día, a sólo dos semanas antes del choque.

El 11 de septiembre de 1973 las Fuerzas Armadas de Chile, comandadas por Augusto Pinochet, y con la inestimable ayuda de los Estados Unidos, llevaron a cabo un Golpe de Estado que dio lugar a una dictadura militar.

Obviamente, este cambio en el gobierno enfrentó a la URSS y Chile más allá del terreno deportivo. Se rompieron las relaciones diplomáticas entre ambos países; el personal diplomático soviético regresó de inmediato a su país; y se decretó el cierre de la embajada chilena en Moscú

El partido en Rusia

Sin embargo, el equipo de fútbol chileno sí decidió viajar a tierras soviéticas para disputar el importante partido. Fue una decisión complicada, meditada, y criticada. Pero primó el fútbol antes que lo que estaba sucediendo en el país. Alguien debió pensar –y seguramente sin equivocarse– que la participación del equipo en el partido ayudaría a favorecer la imagen internacional de Pinochet y el gobierno militar. Eso sí, cuando partían les comunicaron un claro mensaje: "Si hablan, sus familias sufrirán las consecuencias".

Más allá de algunos pequeños incidentes en la llegada de los futbolistas a Moscú, el partido se pudo disputar sin mayores problemas. El resultado final de 0 a 0 no era malo para Chile. Aunque hubo algo que, según contó el periodista chileno Hugo Gasc –el único desplazado hasta Rusia– influyó en el marcador: "Por suerte el árbitro era un anticomunista rabioso. Lo convencimos de que no nos podía dejar perder en Moscú, y la verdad es que su arbitraje nos ayudó bastante".

El no partido

Todo quedaba abierto para el partido de vuelta, citado para el 21 de noviembre. Se iba a disputar en el Estadio Nacional. Un campo en el que se había creado desde el Golpe de Estado un improvisado campo de concentración, y que poco a poco se fue vaciando para poder dar cabida al tan esperado choque.

Pero a escasas horas de la cita, el gobierno soviético envió una carta a la FIFA, en la que mostraba su repudio al régimen de Pinochet, y anunciaba que no se iba a desplazar a Chile. "Por consideraciones morales los deportistas soviéticos no pueden en este momento jugar en el estadio de Santiago, salpicado con la sangre de los patriotas chilenos (...) La Unión Soviética hace una resuelta protesta y declara que en las actuales condiciones tiene que negarse a participar en el partido de eliminación en suelo chileno y responsabiliza por el hecho a la administración de la FIFA", rezaba la nota.

La FIFA contestó que no había motivos para suspender el partido, e instó a la selección chilena a disputarlo. Sí, aún sin presentarse el rival, Chile debía saltar al campo, realizar el saque inicial, y marcar el 1-0 que les daría la victoria en la eliminatoria. Los jugadores no daban crédito. "Era una charada. De una falsedad absoluta. Va contra toda filosofía deportiva, la esencia del deporte. Va contra todo eso", comentaría al respecto Véliz, uno de los integrantes del combinado chileno.

Pero así se hizo. El 21 de noviembre de 1973, a la hora fijada, once jugadores saltaron al terreno de juego frente a ningún rival. Los carabineros sólo tocaron un himno, el chileno. El colegiado señaló el comienzo del partido, y cuatro jugadores chilenos avanzaron con el balón, hasta llegar a la portería contraria –si se puede decir así– y marcar un gol. Lo hizo Francisco Valdés, el capitán. Así lo habían acordado. El esperpento se había consumado.

Los 18.000 mil aficionados que se habían congregado en el estadio no sabían cómo reaccionar ante tal bufonada. Una bufonada que terminaba con Chile clasificada para el Mundial de Alemania de 1974. Y con el partido más deplorable que se recuerde. "Fue el show futbolístico más burdo que me tocó vivir. El teatro de lo absurdo" definiría, con perfección, el chileno Carlos Caszely.

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