Boban, y la patada que originó el final de Yugoslavia

"Ahí estaba yo, una cara pública, dipuesto a arriesgar mi carrera, todo lo que la fama puede comprar, por un ideal, por una causa: la causa croata".

Tolo Leal

Yugoslavia. Es 13 de mayo de 1990. Sólo siete días antes han tenido lugar las primeras elecciones regionales desde su reunificación bajo el régimen comunista en 1945. En Croacia ha ganado con solvencia el partido nacionalista de Franjo Tudjman Unión Democrática Croata, que ahora manda en la región. Es el inicio de la escisión de una unidad que siempre fue ficticia, como podía palparse en la calle. No en vano, Yugoslavia era un país formado por seis repúblicas, con cinco nacionalidades distintas, cuatro idiomas, donde debían convivir católicos, ortodoxos y protestantes, con el alfabeto cirílico y el latino a la vez. Todo, bajo un único mandato. En sólo un año y un mes estallará la guerra.

En esa situación, llega un tren con 3.000 ultras nacionalistas serbios a Zagreb. Allí les esperan los Bad Blue Boys, ultras nacionalistas croatas. Quedan todavía unas horas para que comience el encuentro entre el Dinamo de Zagreb y el Estrella Roja, el equipo con más seguidores en Serbia. Un partido que llegaba en el peor momento posible. Un partido que, afirman en Croacia, significó el inicio de la guerra. Y sobre todo por la acción del desde entonces ídolo del fútbol croata: Zvonimir Boban.

A las órdenes de Arkan

Los 3.000 Delije (héroes) serbios salen de la estación y los cánticos se suceden. "Mataremos a Tudjman", "Croacia es Yugoslavia" o "Do topole, Do topole", himno de los Chetniks, una organización guerrillera nacionalista serbia de oposición al Imperio Otomano durante el siglo XIX. Discurren por las calles de Zagreb dirección al estadio Maksimir, escoltados por un inmenso número de policías, la gran mayoría de ellos serbios también. Lo que significa que el control policial era escaso. Los ultras serbios no cesaron en sus cánticos, golpes, persecuciones, pedradas...

Los ultras croatas, por supuesto, no se quedaban atrás. Ataviados con banderas croatas, comenzaron a quemar banderas yugoslavas y a realizar pintadas independentistas. Ambas aficiones cargaron sus bolsillos de piedras camino del estadio sin ninguna oposición. Y ambas aficiones se encontraron a pocos metros de la puerta del fondo sur del Maksimir. Comenzaron las peleas, aunque la policía consiguió introducir rápidamente a los ultras serbios en el estadio.

Su entrada es estruendosa. "Zagreb es Serbia", no paran de repetir, mientras lanzan petardos y bengalas y queman las vallas de seguridad con ácido. Todos, dirigidos por un líder: Zelijko Raznatovic, más conocido como Arkan. Posteriormente, un líder militar serbio, acusado de numerosos crímenes de guerra. De hecho, se desconoce si de las gradas pasó a las trincheras, o si fue introducido entre los ultras por los servicios de inteligencia yugoslavos, de los que ya formaría parte.

Un futbolista atípico

Mientras, Boban está calentando junto a sus compañeros sobre el césped. Es un futbolista distinto. Un romántico nacionalista del sur de Croacia. Acostumbra a leer a Chekhov o Dostoyevsky, pese a que ya se vislumbra la estrella mundial que llegará a ser. Es un futbolista capaz de completar, años más tarde, la carrera de Historia en la universidad de Zagreb, con una tesis final sobre el cristianismo en el Imperio Romano. Un futbolista capaz de afirmar antes de un partido entre Croacia e Italia que, si el choque fuera literario, lo ganaría Italia, porque "con Dante, Petrarca o Boccaccio en el equipo, no habría rival".

Junto a él, tocando el balón están Suker, Ladic, Mladenovic o Peternac. Los jugadores del Estrella Roja, entre los que se encuentran Prosinecki, Sotjkovic, Savicevic, Stosic o Pancev, también acaban de saltar a realizar los primeros ejercicios. Aún queda cerca de una hora para que comience el partido, cuando de repente todo estalla.

Los Delije comienzan a subir hacia las gradas superiores, donde también había algunos aficionados del Dinamo de Zagreb, y vuelan las sillas y los navajazos. La policía, sorprendentemente, carga contra los croatas, usando sin ningún reparo mangueras de agua y gas lacrimógeno. Lo que provoca que el resto del estadio, unos 15.000 croatas, invada el césped y corra poseído a la caza de los serbios. Batalla campal en las gradas, y sobre el verde.

Los jugadores consiguen, como pueden, refugiarse en los vestuarios, e incluso los del Estrella Roja abandonan el estadio con un helicóptero televisivo. Pero Boban no. Boban observa atónito la barbarie que está sucediendo. Y decide actuar. Sobre todo, cuando ve cómo un aficionado croata está siendo apaleado por dos policías, mientras a su alrededor los serbios hacen lo que les viene en gana. Decide saltar en su ayuda, y tras correr unos metros y coger impulso, se abalanza sobre uno de los policías, propinándole una desgarradora patada.

Varios aficionados croatas van corriendo hacia el futbolista, le ayudan a levantarse, y le sacan del campo escoltándolo, para que nadie se le acercara. Acababa de convertirse en un enemigo eterno para los serbios. Acababa de convertirse en un héroe nacional croata para siempre.

El principio del fin

El resultado fue, tras más de una hora de pelea, un centenar de heridos. Pero, sobre todo, el preludio, el aviso, de lo que estaba a punto de llegar: una guerra que terminaría con un país. En Yugoslavia afirman que esa patada de Boban marcó el inicio de la batalla. Así lo confirma un relieve de bronce situado en el estadio Maksimir croata, en el que se representa a aficionados transformándose en soldados, y bajo los cuales reza una inscripción: "Para los seguidores del equipo, que comenzaron la guerra con Serbia en este estadio el 13 de mayo de 1990".

La carrera de Boban, pese a que de inmediato fue duramente sancionado y apartado de la selección yugoslava, continuó triunfal, con un paso esplendoroso por el Milan italiano, donde estuvo once temporadas para conquistar cuatro ligas y una Copa de Europa, y un paso efímero por el fútbol español, en el Celta. Pero para siempre quedará, y ha quedado, como el héroe, la leyenda, de la lucha por la independencia croata. "Ahí estaba yo, una cara pública, dipuesto a arriesgar mi vida, mi carrera, todo lo que la fama puede comprar, todo por un ideal, todo por una causa: la causa croata".

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