El Toro de la Vega y otras taurofilias

Miguel del Pino

Ya nuestra compañera Nuria Richart se pronunció sobre el Toro de la Vega en estas páginas en el momento de máxima actualidad, y lo hizo derrochando sensibilidad y grandes dosis del llamado "menos común de los sentidos", pero la muerte del pobre Rompesuelas, reducida aún más al absurdo por el resultado nulo del torneo sigue dando que hablar, e incluso muchos oyentes de nuestra Jungla de asfalto inquieren mi opinión al respecto; allá va pues, que como Don Juan Tenorio "nunca me hago esperar", cuando ellos preguntan.

Un Lance Venatorio

Creo que habría que dejar muy claro que el Toro de la Vega no tiene nada que ver con la Tauromaquia, ya que tanto en sus orígenes como en su desarrollo se trata claramente de un lance venatorio, es decir, de una jornada de caza en la que los cazadores no tienen necesidad de salir al monte porque la pieza, en este caso la res, es traída hasta el corazón de la población para ser abatida. Realmente no es de extrañar que la tradición se remonte al medievo.

Insisto: no sólo la cacería a lanzadas del animal no tiene nada que ver con la lidia del toro en la plaza, sino que se podría afirmar que su esencia y sus valores son opuestos e incompatibles con ésta. Es difícil, pero tratemos de analizarlo con frialdad y mente antropológica.

En el torneo en el que el toro es perseguido por un gran número de caballistas y también de espontáneos a pie se pretende mantener unas normas, e incluso está contemplado el "indulto" del animal si éste consigue llegar a un determinado espacio considerado como meta. Tal indulto es sólo imaginario, ya que la res, malherida, debe ser necesariamente apuntillada en tal caso. Si son las lanzas quienes hacen la función de dar muerte al animal dentro del recinto, el juego termina y se decide si el lance final ha sido válido o no, considerando la forma en que se haya propinado la lanzada final. Todo es terriblemente sangriento.

En el toreo en plaza, la muerte del toro a estoque se considera la suerte suprema, de manera que bastan unos centímetros de desviación de la colocación del acero en el morrillo del animal lo que implica una muerte más cruenta, para que quede devaluado lo realizado previamente por el matador. Hay mucha diferencia entre el peligro que supone entrar a matar a estoque con el máximo riesgo, necesario para conseguir la perfección, y el que implican las lanzadas, muchas veces anárquicas, infinitamente más cruentas y aleatorias en sus efectos.

¿Prohibido prohibir?

Lo que ocurre en la Vega de Tordesillas tiene necesariamente los días contados, como el lanzamiento de la cabra por la ventana, el descabezamiento de gansos, o, lo más terrible, la muerte de personas en las calles de nuestros pueblos en estas nuevas capeas anárquicas, con gigantescas reses campando por sus respetos como alternativa a lo que sería su ya inmediato trayecto hacia el matadero por estar pasadas de edad, de tamaño y a veces de resabios en su peligrosísimo comportamiento.

Los taurinos no deberían caer en la trampa de la comparación: la supervivencia de la tauromaquia se basa, como ya tuve el atrevimiento de expresar en esta misma sección, en ir eliminando el componente sangriento para evolucionar hacia unos juegos incruentos con el toro. Los recortadores que reviven de manera asombrosa lo que debieron ser las suertes micénicas ante los toros bravos son un magnífico ejemplo de cómo se puede llenar una plaza de toros sin verte una sola gota de sangre.

En los llamados "festejos populares", aunque se pretenda la reglamentación y se dicten normas, generalmente imposibles de cumplir, el resultado final es insostenible; se roza la barbarie y el valor demostrado por los que intervienen no compensa ni estética ni éticamente el baño de sangre, atención, no sólo bovina, también humana, que corre a raudales en tantas fiestas populares de España, y digo España, incluyendo a los Correbous.

Toros y caballos

Hace ya algunas décadas el rejoneador jerezano Álvaro Domecq Romero asombró a una delegación de compromisarios de lo que entonces era conocido como Europa Comunitaria que visitaban nuestro país, con una exhibición de rejoneo incruento: las fundas que recubrían las astas y la albarda protectora que el toro portaba en el lomo y sobre la que se clavaban los arpones sin herirlo dieron lugar a un espectáculo ecuestre maravilloso que asombró a los más recalcitrantes animalistas al comprobar éstos que el toro salía ileso y que el caballo sufría un riesgo menor al que afecta a cualquier purasangre cuando corre en el hipódromo. Algo exportable al mundo entero sin duda.

Volviendo al Toro de la Vega de Tordesillas es imprescindible su evolución hacia lo incruento, en aras del buen nombre de la población y de cuantos intervienen. Un torneo entre caballistas para conducir un toro bravo hacia una meta determinada no requiere acribillarlo a lanzadas. No haría falta demasiada imaginación para crear unas normas que permitieran convertir el actual festejo en algo apasionante de colorido y sabor medieval donde jinetes caballos y toro pugnen por crear algo hermoso y con resultado festivo, no sangriento.

La necesidad de ritualizar nuestras fiestas es perentoria. Algunas no merecen sino la erradicación, como las que implican cobardía y ensañamiento ¿Quién en su sano juicio puede disfrutar lanzando dardos a un toro desde la seguridad de una barrera? A las que implican valor, pero que degeneran hacia la brutalidad o el salvajismo hay que reconducirlas y convertirlas en juegos simbólicos. Donde se descabezaban gansos a caballo alcáncense cintas de colores; en lugar de la cabra, que simboliza claramente al demonio, láncese un peluche todo lo horroroso que se quiera, por la ventana.

Y, aunque insistimos en que no tienen nada que ver con los lances de caza primitiva que representan el Toro de la Vega y otros festejos más o menos comparables, no estaría de más reflexionar sobre la posibilidad de eliminar también la sangre en la tauromaquia reglamentada.

Miguel del Pino Luengo es biólogo y catedrático de Ciencias Naturales.

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