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'El barberillo de Lavapiés': siglo y medio de nación española en 100 minutos

Resulta refrescante reencontrarse con esta zarzuela y descubrir que las inquietudes del español medio no han cambiado tanto.

Jesús Blanco López

Hoy Lamparilla sería tertuliano. O youtuber. El lenguaraz barbero, peluquero, sacamuelas y un largo etcétera sito en el barrileño barrio de Lavapiés lleva desde 1874 alegrando con sus coplas y alumbrando con sus sentencias, resumibles en dos: hay tantas ideologías como personas y tantos políticos como promesas puedan inventarse.

Un siglo y medio escaso ha transcurrido desde que Francisco Asenjo Barbieri y Luis Mariano de Larra, hijo de Fígaro, parieran El barberillo de Lavapiés, que puede contarse no solo entre las zarzuelas más famosas y tarareadas, sino también entre esa breve lista que, al margen de su partitura, no ha perdido vigencia ni frescura. Para comprobarlo, el reciente montaje del Teatro de la Zarzuela, respetuoso con la obra de siempre y casi un señuelo para aquellos que aún están digiriendo la atrevida Maruxa del año pasado.

Con dirección escénica -pulcra, austera pero con fogonazos de color gracias a su vestuario- de Alfredo Sanzol y musical de José Miguel Pérez Sierra, es esta una versión coherente con el estilo del director del coliseo: remozada y renovada, pero en este caso sin estridencias. Al ya mencionado vestuario se une la gran baza de su coreografía, tradicional con toques modernos, y a un reparto muy bien escogido: Borja Quiza cosecha laureles con su interpretación del protagonista. En el plantel alternativo encontramos a David Oller, quizá con menor vis cómica que aquel, pero que igualmente compone un Lamparilla flemático y divertido, la gran oportunidad que necesitaba este estupendo barítono para lucir sus dotes. A su lado, la brillante Ana Cristina Marco como Paloma, algo ahogada en su triunfal entrada pero seductora y chispeante en cada intervención: por estilo y timbre promete ser la gran sucesora de Milagros Martín. Cristina Toledo como la marquesita fascina con su perlada voz, si bien sus duetos con Don Luis (un eficiente Francisco Corujo) son la parte más floja de una música arrebatadora. La entrada de Paloma, la Jota de los estudiantes, el afilado dúo entre los protagonistas o las seguidillas manchegas, con letras preñadas de simpatía y ternura sin parangón en el género ("Dicen que Sabatini pone faroles/porque no ve los rayos de tus dos soles/ Abre los ojos/ y él los irá apagando poquito a poco") son fenomenales piezas que hacen llevadera esta intriga dieciochesca de ministros caídos (Floridablanca en este caso, cuya calle es cercana a la de Jovellanos donde esto se representa) y elevados que, si bien se sigue con agrado, no tiene mayor importancia. Los cien minutos de esta zarzuela tienen el poder suficiente para embaucar tanto al chaval desorientado que aterriza por primera vez en su butaca como al más fiel asistente. Y fue testigo el que esto firma.

Título: El barberillo de Lavapiés
Dónde: Teatro de la Zarzuela (Jovellanos, 4, Madrid).
Dirección escénica: Alfredo Sanzol
Dirección musical: José Miguel Pérez Sierra
Fecha: Hasta el 14 de abril

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