'White Lines', la serie de Netflix y el creador de 'La casa de papel' que está drogando a todo el mundo

White Lines, la nueva serie del español Álex Pina para Netflix, mezcla misterio, drama y comedia a ritmo de DJ de Ibiza.

Juanma González

No tienes que ser admirador de White Lines, la nueva serie de Álex Pina tras La casa de papel, para reconocer sus virtudes. Para empezar, el formidable publirreportaje de Ibiza que se han marcado en tiempos de crisis turística, la notable dicción inglesa de sus actores españoles y, sobre todo, su particular selección musical (que va de clásicos del soul a música clásica y, por supuesto, tecno y la partitura del mayor DJ que ahora mismo opera en Hollywood, Junkie XL). El excelente tráiler, que muestra una serie de barbaridades a ritmo de "Unchained melody", la canción de Ghost, es el ejemplo perfecto de sus contrastes.

Tras la sorprendente repercusión mundial de La casa de papel, que Netflix a compró a Antena 3 para propulsarla al éxito absoluto a nivel internacional, Pina se lanzó a trabajar en la plataforma de streaming con una serie con bastantes puntos en común con aquella, desde su descarado "mix" de géneros y referencias cinematográficas a su estilo visual y ritmo trepidante. El resultado, una serie ambientada en España realizada con un equipo eminentemente británico y que mezcla thriller, comedia y drama sin sonrojarse demasiado. White Lines es capaz de saltar a la melancolía que guía el trayecto emocional de su protagonista, encarnada por Laura Haddock (Transformers: El último caballero) a la comedia criminal descarada y loca digna de una película de Guy Ritchie y que aportan algunos otros personajes de su galería coral.

El resultado, White Lines, sobre todo del primer puñado de capítulos antes de que comience el folletín, es un atractivo y amoral festín de personajes chiflados y mística emocional de videoclip, perfecto para matar al estado de alarma si te gustaron (y espero que comprendan y relativicen la referencia) películas como El lobo de Wall Street o Dolor y Dinero. Por mucho que nos metamos con los límites que impone su algoritmo, Netflix sigue demostrando su capacidad para encadenar éxitos y aportar una notable variedad de productos y estilos al panorama audiovisual de una forma que, ahora mismo, el cine no puede (y no solo por el cierre de salas por el coronavirus).

Naturalmente, lamentar que después de su energético comienzo la serie se embarre en una serie de conflictos sentimentales de "soap opera" es no comprender demasiado bien el tipo de televisión que hace Álex Pina, al tipo de espectador al que apela y el legado televisivo que a su manera continúa. La pasadísima y chabacana comicidad, su caradura a la hora de mezclar episodios de violencia extrema (la muerte de los traficantes en el barco) con otros de autodescubrimiento emocional más bien barato (uno pierde la cuenta de las veces que Laura Haddock se sumerge en el agua para tener epifanías) en realidad es algo similar a lo que hizo Falcon Crest con Hospital General, solo que esta vez metiéndole luz y anabolizantes a lo Michael Bay. Estamos hablando de telenovela, no de cine, aunque sea una de lujo y a ritmo de videoclip.

Eso sí, el gran defecto de White Lines es que, por mucho que se empeñen, el DJ Axel Collins que aparece muerto al principio no es Laura Palmer. La chica envuelta en plástico de David Lynch acabó siendo el receptáculo de todas y cada una de las emociones humanas, una criatura que aunaba lo sobrenatural y lo terrenal, lo angelical y sexual, todo bajo la peculiar lupa de un artista con ganas de reinterpretar y subvertir tópicos y géneros. La momia del chico que cambió Manchester por Ibiza y que acabó muerto no tiene, ni de lejos, el potencial icónico y emotivo de Sheryl Lee antes de pasar por el forense, como tampoco el personaje de Laura Haddock tiene el chocante carisma del agente Cooper. Pero tampoco hace falta ir más lejos en esta comparación.

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White Lines | Netflix

Por el camino, hay excelentes y divertidas ideas, siempre en un registro de exceso e histerismo, como los perros "enfarlopados" (ojo a cuando Marcus encuentra uno en la piscina y lo que sucede después), el descubrimiento del portugués Nuno Lopes (todo un Gerard Butler en potencia, perfecto en inglés y en español) y esa agradable noción guiri de montar un misterio a lo Agatha Christine en un lugar de luz y color veraniego como es Ibiza. Pina canaliza esto sin que moleste su, en ocasiones, innecesaria glorificación de las drogas y, en sus mejores momentos, sabe crear un divertido mosaico de personajes corales, humor absurdo y violencia en la que la labor de los actores y personajes españoles no desmerece frente a los británicos.

Pese a sus problemas de planteamiento y cierta confusión narrativa, y a que la serie echa un poco el freno en sus capítulos centrales (en los que, al menos, los españoles Pedro Casablanc, Juan Diego Botto o Belén López demuestran su solvencia) resulta comprensible que White Lines enganche a sus espectadores como lo ha hecho.

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