La cólera de Daenerys

Santiago Navajas

¡Aviso, se cuenta parte de la trama!

"Canta, oh musa, la cólera de la Targaryen Daenerys, cólera funesta que causó infinitos males y precipitó al Hades muchas almas valerosas de héroes". El capítulo quinto de la última temporada de Juego de Tronos ha sido brutal, con Daenerys calcinando hasta los cimientos Desembarco del Rey y los corazones de millones de seguidores que habían puesto en ella sus mejores intenciones. Sobre todo las feministas de género que confiaban en ella como una adalid de un matriarcado benevolente, justo y sabio.

Sin embargo, los guionistas de Juego de Tronos volvieron a los inicios de la serie, cuando importaba más la lógica del poder, cruel e implacable, que una edulcorada presentación de personajes a mayor gloria del estilo infantiloide que ha impuesto Disney hasta en Marvel –ver la espantosa, cursi y de vergüenza ajena Avengers: Endgame–.

¿Por qué es tan bueno el último capítulo de Juego de Tronos? Porque vuelve al espíritu hobbesiano original según el cual el hombre es un dragón para el hombre, Maquiavelo le explicaba al Príncipe que era mejor ser temido que ser amado por el pueblo y Carl Schmitt, el teórico nazi del Derecho, reducía el ámbito de la política a una dicotomía, no por simple menos compleja, entre amigos y enemigos.

Daenerys Targaryen no ha leído, evidentemente, a los filósofos del poder ni falta que le hace. Lleva el juego de tronos en la sangre. Así en una secuencia donde los besos entre Daenerys y Jon están rodados con la tensión de un duelo a muerte, Daenerys proclama que si no tiene amor por parte del pueblo, que prefiere a Jon, entonces tendrá su miedo. Este es el fogonazo de lucidez terrible que ilumina, como una llamarada de dragón, no solo el resto del capítulo sino la serie entera. Daenerys mira al largo plazo donde reina la paz y la prosperidad antes que al corto plazo de una ciudad devastada por aliento mortal de dragón. Bertold Brecht, el titiritero favorito de los comunistas, explicó en una ocasión a unos escandalizados intelectuales pequeño burgueses que las víctimas de Stalin se merecían ser fusiladas tanto más si eran inocentes.

Para entender a la Targaryen –y comprenderla no es justificarla ni, mucho menos, amarla– hay que tener en cuenta su estirpe aristocrática. No es su ataque homicida y genocida tanto un arranque de locura como un ramalazo aristocrático de desprecio por el bien común y las vidas comunes. El sentimentalismo burgués de Tyrion –porque los demás Lannister también desprecian al populacho–, Varys y demás choca con la carácter homérico de la Madre de Dragones.

"A mayor riesgo, mayor recompensa" explica Varys y la Targaryen sigue su consejo al pie de la letra aunque tergiversando su espíritu para convertirlo en una apuesta radical a todo o nada. "Quien lucha contra dragones se convierte en un dragón", dijo Nietzsche, que lo explico a su modo: "¿Quién es el gran dragón, al que el espíritu no quiere seguir llamando señor ni dios?. 'Tú debes' se llama el gran dragón. Pero el espíritu del león dice 'Yo quiero'". Daenerys siente que su deber más íntimo, su destino más profundo, es convertirse en la propietaria del Trono de Hierro. Un deber que está cimentando en una voluntad de poder que es más fuerte que la de todos sus enemigos juntos. Solo que su camino hacia el Poder se ha de realizar por un río de sangre sobre un lecho infinito de almas inocentes. Pero como explicó Jean Paul Sartre, si te metes en política has de estar dispuesto a ensuciarte las manos. Veremos en próximos capítulos si Lady Targaryen es más fuerte que Lady Macbeth y las manos sucias de sangre no la hacen enloquecer. Nunca ha habido un corazón tan blanco sobre un alma más negra.

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