La inmutabilidad de Fangoria

Agapito Maestre

Fangoria publica un disco titulado Momentismo absoluto. Su primera canción contiene una deliciosa reflexión sobre la fugacidad del instante. Se trata de una canción epicúrea, vitalista. Es interpretada con alegre rigor para que nadie acepte de buen grado la muerte. Es un canto a lo básico de la existencia. Bebe en las fuentes del gran Horacio, poeta odiado por la Generación del 27, para construir una poesía civil a la altura de nuestro tiempo: la postpandemia de la Covid-19. Al margen de la política, y cerradas todas las vías a las ambiciones exageradas de los mortales, Alaska canta con gran honestidad filosófica los valores más sencillos de la vida. Más parece un canto al epicureísmo de otro tiempo, "ese" que la filosofía ha integrado en los grandes ideales de la existencia auténtica, que una afirmación hedonística y vulgar de la incultura del botellón.

Los placeres de los sentidos son el mejor premio a que pueden aspirar quienes tienen propósitos también sencillos. Disfrutar de una pieza musical y gozar con la relectura de un libro no es menos relevante que saber orientarse en el espacio y el tiempo. La gozosa contemplación de una jarra de vino situada en el lugar exacto de la mesa es un estimulo feliz, gozo exquisito del instante, para disfrutar de la conversación de quienes comparten con nosotros el almuerzo. Como diría Horacio, interpretado por el grandioso Menéndez Pelayo, unidad y simplicidad, armonía de las formas métricas inseparables del asunto de la composición y, sobre todo, la necesidad de resaltar, desde el comienzo, lo patético del momento que vivimos convertirán esta canción en un himno español de la postpandemia.

Sí, amigo, con patético verso comienza Alaska su canción: "Si tú planeabas, puedes olvidar el plan". Concéntrate y agárrate a lo dado aunque no puedas mejorarlo. Vive dichoso y dueño de sí mismo, dijo Horacio en el siglo I a. C, el que puede decir día a día, he vivido. Que mañana Júpiter cubra el cielo de negros nubarrones o lo inunde de sol; no por ello tornará vano lo que quedó detrás, ni suprimirá y hará que jamás haya existido lo que la hora trajo una vez en su vuelo. Y ahora, en la España del siglo XXI, Fangoria repite con creatividad musical, es decir, acomodando con elegancia al castellano la forma elíptica y concisa del latín: "El ayer me atormentaba, el mañana me asustaba".

¿Qué queda? La "impermanencia". El instante feliz. Por fortuna, los hechos cambiantes son situados en un marco de permanencia cuasi religiosa: carpe diem. La nueva religión de Fangoria, disfruta del presente, marca, en mi opinión, una nueva relación con lo inmutable. Es su genuina representación. "Dum liquimur, fugerit invida/ aetas: carpe diem, quam minimun credula portero". ("Mientras hablamos habrá huido, envidiosa, una etapa: disfruta del presente dando el mínimo crédito al porvenir"). Es función, cuando no misión, de la filosofía en todos los tiempos resaltar esos valores de la fugacidad, del placer de los sentidos, que el arte, la música en este caso, ponen en primer lugar de la existencia: encontrar alegría y placer en el instante fugaz es quizá la mejor y acaso única manera de aumentar, como diría el filósofo de la vida de la razón, la gloria de la eternidad.

"Tenemos que seguir, es tiempo de vivir

Lo que será, será".

Esta canción es algo más que un canto al placer de los sentidos. Es un anuncio de los placeres del pensamiento.

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