¡Viva el Rey de Extremadura, viva Robe Iniesta!

Jesús Fernández Úbeda

La cultura popular sufre una sobredosis de nostalgia. El mantra –sobre todo, en productos audiovisuales: Stranger Things, las nuevas películas de Star Wars o Jurassic Park, etcétera– es el de "cualquier tiempo pasado fue mejor". La mejor serie de animación del mundo, South Park, ya hizo sátira sobre esto en su penúltima temporada: unas uvas parlantes, las "glorias pasas", ofrecían a los adultos varios "¿te acuerdas de…?" relacionados con su adolescencia; cuando los tipos estaban relajados, las frutitas colaban mensajes del estilo "hay que acabar con el matrimonio homosexual", "hay que expulsar a los inmigrantes", y así.

El nostálgico más odioso es aquel que no para de dar la turra, el activista cansino a tiempo completo; ese que, al escuchar palabras como "cambio" y "evolución" –que no "revolución"–, tras el pertinente giro craneal de 180º acompañado de vómito verde, se arranca con una homilía infinita, infestada de erudición plastificada, que incluye, en general, los vocablos "traidor", "vendido" y derivados.

A uno de estos peñazos le quise arrancar la cabeza –metafóricamente, se entiende– en la noche del pasado sábado, en el Palacio de los Deportes de Madrid –ahora, WiZink Center–, mientras Robe Iniesta (Plasencia, 1962) ofrecía un concierto magnífico. En parte, el problema me lo busqué yo: me escapé del palco de prensa –que me perdone el responsable de comunicación de Dromedario Récords, el afable y generoso Óscar Beorlegui–y me ubiqué en una zona de butacas con mucha mejor visibilidad. Debajo de mí, un tipo de unos cincuenta y tantos, acompañado de su mujer y de su hijo pequeño –que no superaría los siete u ocho años–, no hizo otra cosa que despotricar contra el músico extremeño. Cuando terminaba una canción, siempre gritaba "hijo de puta". Repito: con un crío delante. El tipo iba mamado y, en un momento dado, empezó a pasearse por la fila de butacas. Bufando, gruñendo, insultando a voces. Al poco, un vigilante de seguridad apareció por la zona. Entonces, el idiota –perdón– se calló primero y, después, siguió peregrinando por la zona mascullando.

Las grandes preguntas de la Humanidad son las siguientes: qué somos, de dónde venimos, adónde vamos… más esta: ¿qué carajo haces en el concierto de un artista que no te gusta?

En realidad, la cosa no es nueva. A Bob Dylan lo llamaron "Judas" cuando se electrificó. Cuando Bunbury se desligó de Héroes del Silencio y publicó Radical sonora, la reacción de sus fans fue tan iracunda que consideró retirarse de la música. A Robe, una minoría microscópica, pero muy cojonera, le reprocha que ahora, con un proyecto paralelo a Extremoduro, no toque en sus conciertos "Deltoya", "Decidí" o "Volando solo". En su caso, la cosa no es nueva del todo. Comentarios de este tipo ya oí en el impresionante concierto que hizo Extremo en las ventas en la gira "Para todos los públicos".

En mi opinión, junto al ya citado Bunbury, Robe Iniesta es el mejor compositor español en activo. Y lo es, de hecho, por su valentía a la hora de mutar. Robe es un radical libertario que asume riesgos en primera persona. Para un artista de su categoría, lo fácil o, mejor dicho, lo rentable, hubiera sido vivir de las rentas. No tiene necesidad –económica– de tirarse al vacío. Y, sin embargo, lo hace. Y le sale de mil maravillas. Tanto Lo que aletea en nuestras cabezas como Destrozares son dos trabajos con personalidad propia, impecables, que supuran grandes letras y melodías. Además, el placentino ha tenido la suerte de formar una banda inmejorableDavid Lerman (bajo, saxo y clarinete), Carlitos Pérez (violín y bajo), Alber Fuentes (batería), Álvaro Rodríguez (teclados y acordeón) y Lorenzo González (coros, y qué coros, y bajo)– que, en directo, funciona como una precisa y eficaz bomba de relojería.

Por eso, talibanes cansinos de la nostalgia, ahorradnos, al menos presencialmente, vuestros tostones, y dejadnos disfrutar al resto de la tropa del carisma, la poesía, la música y, en definitiva, el arte que emana de Robe Iniesta y de su gente. Qué putos amos.

A continuación