'De Leningrado a Odesa', o por qué hay represaliados españoles de segunda

Arzalia reedita las memorias del capitán de la División Azul Gerardo Oroquieta, preso durante 11 años en campos de trabajo soviéticos.

Luis H. Goldáraz

Lo primero que uno piensa al leer las memorias del capitán de la División Azul Gerardo Oroquieta es que, extrañamente, no siente ningunas ganas irrefrenables de cantar el Cara al Sol. Lo segundo, con cierto halo de sorpresa después de dejar el libro reposar un rato, que España tampoco quiso seguir cantándolo, y eso que vivió bastantes décadas sumergida en una propaganda mucho más acentuada. Llega entonces el alivio. Resulta que leer una obra franquista no le convierte a uno automáticamente en fascista, se susurra uno consternado mientras se palpa el cuerpo y se repite entre sudores fríos que tampoco gana lo que Tom Cruise como para jugársela tanto innecesariamente. A partir de entonces la lectura se destensa y todo se convierte en un juego insólito, en un impulso irrefrenable por disfrazarse también de censor antifa posmoderno, con su lápiz rojo y su manía incontrolable por subrayar cualquier expresión adicta al régimen que hoy no pasaría el examen progresista de rigor.

De Leningrado a Odesa. Cautivos de la División Azul en los campos de Stalin (Arzalia), ganó el Premio Nacional de Literatura en el año 1958, y eso también da que pensar. No porque sea algo llamativo —lo raro hubiera sido que un libro así no lo hubiera ganado en aquella época—, sino precisamente porque ayuda a entender hasta qué punto hemos inflado el verdadero alcance de la llamada guerra cultural. Si algo demostró el franquismo es que hace falta más que repetir machaconamente un discurso para que la gente se lo trague eternamente. Si algo demuestran los censores de hoy —tanto de uno como de otro lado—, es que siguen sin conocer el verdadero efecto de la propaganda, tan evidente a ojos de la gente no ideologizada que se acaba haciendo imposible no notarla sin reprimir un pequeño gesto de vergüenza.

Cautivos olvidados

Más allá de todo eso, las memorias de Oroquieta son interesantes por muchas otras razones. Para empezar, porque no hace falta creer que Franco salvó a España encabezando su particular Cruzada de Liberación Nacional para comprar la verdadera intención de fondo de la obra, que era desnudar la amenaza sangrante del comunismo, tan incomprensiblemente prestigioso intelectualmente entonces como ahora. Hablar largo y tendido de las brutalidades que tuvieron que soportar los supervivientes españoles de la División Azul en los campos de trabajo soviéticos es innecesario. Todo el mundo tiene en la retina más o menos cómo era el gulag y nadie que no haya estado allí es capaz de comprender el verdadero límite de su perversidad. Más necesario parece repetir lo evidente: que hubo españoles que, después de la guerra fratricida, siguieron luchando fuera de su país contra una ideología totalitaria que los represalió. Y que no todos fueron comunistas y republicanos en campos nazis.

Existe una extraña convicción, compartida por gran parte de la juventud de hoy, que cataloga a los presos comunistas españoles de héroes y mártires pero que tiende a imaginar a los divisionarios como fanáticos malvados, demonios filonazis henchidos de odio y crueldad. A uno no le deja de resultar curioso, sobre todo porque fanáticos ideologizados los hubo de todos los colores, pero al cabo debe reconocer aquello que ya atisbó Andrés Trapiello en las letras españolas de la segunda mitad del siglo XX: unos ganaron la guerra y perdieron la palabra; otros perdieron la guerra, y tal vez precisamente por eso ganaron el relato.

Las memorias de Oroquieta son valiosas en la medida en que están olvidadas. Como dicen desde Arzalia, la editorial que acaba de reeditarlas, no sólo nos permiten vislumbrar uno de los regímenes más herméticos del siglo XX, "sino descubrir el día a día de los españoles que, junto con los supervivientes de los campos nazis, experimentaron las vivencias más extremas de los últimos cien años".

Extraña y maravillosa juventud

Después hay otras cosas. Por ejemplo, el hecho de que la mayoría de soldados que arriesgaron la vida y demostraron coraje y voluntad durante años en las peores condiciones eran chavales de poco más de veinte años. Hoy me cuesta imaginar a nadie de mi generación enfrentándose a esa encrucijada de una forma tan valiente. Aunque supongo que hace falta estar ahí para descubrir quién sería capaz de mantenerse firme y quién se rompería, como nos romperíamos la mayoría.

Leyendo a Oroquieta, se hace inevitable plantearse hasta qué punto las convicciones son necesarias para seguir viviendo cuando la vida no da más de sí. Y la conclusión suele ser que hace falta creer en algo para no sucumbir a la tentación absoluta de la nada, cuando su posibilidad aterradora asoma. ¿Qué lleva a un chaval imberbe que acaba de sobrevivir a una guerra a enrolarse en otro ejército para luchar por un país que no es el suyo? Sin duda, un ideal. Y aquí aparece con más fuerza el dilema enorme que le mantiene a uno debatiéndose durante toda la lectura: ¿Qué es peor, la voluntad obstinada e inflexible del creyente o la acrasia apática y pusilánime del que no tiene nada en qué creer?

Es entonces cuando vienen a la memoria aquellas palabras que puso Stefan Zweig en boca de Tolstoi, tan sorprendido por la determinación de los revolucionarios rusos que no pudo más que admirarse de aquellos jóvenes "obstinadamente dispuestos a morir por nada con una sonrisa en los labios. A arrojar su vida, su maravillosa y joven vida, por una cáscara vacía, por palabras sin contenido, por una idea que no es cierta, sólo por el placer de la entrega". El viejo escritor no aprobaba sus propósitos pero admiraba su generosidad. Y es que, en realidad, cualquier persona dispuesta a sacrificarse por seguir siendo consecuente con sus convicciones, aunque lo haga por las razones equivocadas, es admirable siempre.

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