Isabel Allende: "Es muy triste ver en lo que se ha convertido Venezuela, pero eso no va a pasar en Chile"

La escritora hispanohablante más leída del mundo publica su nueva novela, Violeta, un repaso del último siglo desde los ojos de una anciana.

Luis H. Goldáraz

Cada 8 de enero Isabel Allende se sienta a escribir sin saber muy bien de qué. "El trabajo de iniciar un libro es para mí como lanzarme con una vela por una habitación oscura. Así la voy iluminando poquito a poco", explica. Han pasado cuarenta años desde que su primera novela, La casa de los espíritus, le "adoquinase el camino" y permitiese que pudiese dedicarle todo su tiempo a la literatura. Lo que pasa es que antes de adoquinar el camino tuvo que ser arrojada en él. "No creo que hubiese sido escritora si no hubiese tenido que salir de Chile", relata. "El exilio, el tener que dejar mi profesión, que era el periodismo, me sumergió durante muchos años en un silencio misterioso". Luego, "por una casualidad", publicó La casa de los espíritus, y el éxito que surgió de ahí completó la historia.

"En 40 años de escritura he aprendido a tener confianza", añade también. "A mí no me sirve de nada meter mis historias en camisas de fuerza, ni escribirlas como si fueran un guion. Necesito no saber muy bien adónde conducen e ir descubriendo el camino a medida que avanzo". Las vicisitudes del presente, con las trampas que va tendiendo la nostalgia, son sus principales fuentes de inspiración. Por eso no sorprende que su última historia transcurra dentro del marco secular que viene acotado por dos pandemias, la de la gripe española y la del Covid-19.

Violeta (Plaza y Janés) es una carta extensa que una mujer centenaria le escribe a su nieto. Es el relato de una vida y la historia de un siglo en el mundo. También es el recuerdo de la madre de Allende, de la que ha adoptado la voz, aunque no sea exactamente ella. "Era una mujer extraordinaria, pero no tuvo una vida extraordinaria", explica. "Vivió sometida toda su vida. Primero a su padre y después a su marido. Violeta, en ese sentido, es parecida ella en su carácter, en su inteligencia, en su ingenio y en su humor, pero además goza de libertad". Para Isabel Allende "no hay feminismo sin independencia económica". Así que lo que ha terminado haciendo ha sido rescatar a su madre de los cientos de cartas que conserva de ella, para hacerla vivir la vida que tuvo vedada.

Feminismo y juventud en un mundo cambiante

Allende se reivindica feminista. "Tengo una fundación y estoy en contacto directo con muchísimas jóvenes desde hace años", dice. Y subraya su compromiso. "Estoy encantada con esta última ola de mujeres que están realizando cosas extraordinarias", explica. "No me he quedado anclada en una idea ni en la visión concreta que podía tener en los años ochenta". Se muestra contenta con la marcha del movimiento en buena parte del mundo. "Está cambiando la educación y creo que eso es algo perfecto. Ahora se empieza a inculcar a los niños un criterio distinto, que supera el machismo y el patriarcado. Mucha de la literatura infantil también empodera a las niñas. Y el cine cada vez muestra a más heroínas. Creo que estamos alcanzando bastante", dice. "Sin embargo, tampoco podemos olvidar que esto no es así en todas partes. Todavía existen ciertos lugares en los que las niñas pueden ser vendidas en matrimonio con ancianos. O ser la carne de cañón en los campos de refugiados. Lamentablemente, todavía no está todo hecho", recuerda.

Preguntada acerca de los retos del presente, en comparación con lo vivido en el siglo XX, trata de evitar los juicios precipitados. "Ningún tiempo pasado fue mejor", dice. "En ciertos sentidos, estamos evolucionando bien. Por ejemplo, es fantástico que estemos remeciendo toda esta sociedad patriarcal en la que vivimos. A día de hoy hay gente joven que se muestra proactiva. Muchos están hasta la coronilla de cómo tratamos al planeta. Al contrario de otros, tengo mucha esperanza en el futuro". "Lo que pasa es que vivimos en una época de cambio, y el cambio siempre es revoltoso e imprevisible. Da miedo", concluye.

Situación en Chile y Sudamérica

Otro de los cambios con los que se muestra satisfecha tiene que ver con el que se está dando a nivel político en Chile, su país, del que se tuvo que ir hace décadas. "Yo vivo en California, tengo mi familia aquí, y donde esté este núcleo cerrado de familiares tengo mi hogar. Estoy muy cómoda, pero eso no quiere decir que no siga sintiéndome una extranjera", explica. "Hace cuarenta años que no vivo en Chile y sin embargo lo sigo teniendo metido dentro de la piel. Aunque, en cierto modo, también soy extranjera allí. Mi Chile es un Chile inventado, porque ha cambiado mucho. Vivo de la nostalgia de un país que ya no existe, pero está bien así". Todavía sumergida en sus recuerdos, anuncia que está escribiendo un libro de no ficción sobre el asunto, aunque no sólo. "Sé del momento crucial que se está dando en Chile y en el mundo, y siento que quiero hablar sobre ello", añade.

Algunas de sus impresiones sobre la situación del país sudamericano ya las avanza. "Creo que Violeta estaría encantada con Boric", dice. "Aunque su generación haya votado más al ultra conservador Kast, creo que eso se debe a una campaña del miedo muy específica. Es cierto que en Chile puede haber ciertos problemas de seguridad, o con la inmigración, pero Estados Unidos también los tiene y no tiene nada que ver con Chile. En la campaña electoral se vendió que íbamos a terminar como Venezuela, que la alianza con los comunistas iba a traer lo peor, pero yo no creo que eso vaya a suceder, sinceramente". Califica de "curioso" el hecho de que la nieta de Salvador Allende vaya a ser ministra de Defensa, pero por encima de eso destaca que el nuevo Ejecutivo parezca "perseguir decididamente la paridad". "Ahora va a haber el mismo número de mujeres en el Gobierno que de hombres, y esa es una noticia extraordinaria", dice. Además, considera un "avance notable" la entrada de la generación más joven en la toma de decisiones. "Ya es hora de que los viejos carcamales se vayan a su casa a jugar al Bingo".

Preguntada por la represión que sufren los escritores en otros países del continente, como Cuba o Venezuela, se muestra tajante. "Es lamentable", dice. "También reprimen a periodistas. A todo el que se atreva a opinar, en realidad. Y es algo muy característico. La primera prueba de la implantación de cualquier totalitarismo es la represión a la opinión pública". Habla sobre todo de Venezuela, un país que conoció bien. "Da mucha pena ver en lo que se ha convertido. Antes era un país completamente diferente. Eso no quiere decir que fuese perfecto, ni que no tuviese problemas graves de desigualdad. De hecho, eso fue lo que alimentó el fenómeno Chávez. Ver en lo que se ha convertido ahora es muy triste", dice.

Por último, habla del fenómeno revisionista de la historia que ha llevado a muchos jóvenes a derribar estatuas por todo el continente. "Tal vez lo más cuerdo sería que la historia se enseñe como debería enseñarse. En mi opinión, no debería primar sólo la voz del vencedor, que suele ser el hombre blanco, sino también la de los perdedores y silenciados. Eso haría una historia más completa. Sin embargo, tampoco podemos derribar los símbolos que nos recuerdan nuestro pasado". Ataca el moralismo que ve detrás de muchas de esas reivindicaciones. "Ya pasó con Neruda, que quisieron cancelarlo por haber confesado en sus memorias el haber violado a una mujer. Pero es que Neruda es uno de los poetas más importantes de la literatura mundial. Eso no quiere decir que fuese perfecto. Si aplicásemos ese baremo a todas las figuras relevantes, nos quedaríamos sin nadie". Termina con una frase que trata de resumirlo todo: "Se puede revisar la historia sin eliminarla. Esa tal vez sea la mejor forma de aproximarse a ella".

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