El libro de los los quince mil testimonios de la Guerra Civil española. La crónica de los portales

Pedro Corral

La mejor frase del libro es la de mi abuelo, José María de Corral, que recojo en la introducción. Cuando en la guerra llamaban a la puerta de su casa de Sagasta, 28 preguntando por él, mi abuelo preguntaba con inquietud a sus hijos:

-¿Es un señor o un hombre?

Creo que en esta disyuntiva está la cifra de cuanto sucedió en las dos Españas durante la contienda, una vez desatada la vorágine de sangre y fuego a consecuencia del golpe del 17 de julio de 1936. Y digo "a sangre y fuego" premeditadamente porque en estas historias de héroes, villanos y víctimas del Madrid de la Guerra Civil rindo homenaje conscientemente a ese libro imprescindible de Manuel Chaves Nogales, subtitulado Héroes, bestias y mártires de España.

La guerra civil española fue un cataclismo en el que, por encima de tener que elegir entre apoyar a un bando u otro, los españoles se vieron forzados en las dos Españas a elegir entre ser héroes o villanos. El ser víctima no era una elección: otros elegían por ti que lo fueras.

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Portada de 'Vecinos de Sangre'

En la disyuntiva de mi abuelo, un español tenía que elegir entre ser un señor, capaz de sobreponerse a esa marea de sangre para anteponer los principios de humanidad sobre cualquier otra consideración, incluso en el frente de combate, o ser simplemente un hombre que aprovecha esa misma marea de sangre para desencadenar sus instintos bajo una excusa cualquiera en el caos de la revolución y la guerra. Razones para una elección u otra son innumerables, y los hubo que descartaron ser señores por su miedo como hombres.

No hay en mi libro, o al menos eso es lo que he intentado, voluntad de prejuzgar ni de juzgar a ninguno de los centenares de protagonistas que aparecen en sus páginas. Mi propósito ha sido adentrarme, como con un dron, en el interior de las fincas de Madrid durante la guerra para retratar, en esos miles de historias de centenares de escaleras de las casas de nuestra ciudad, el efecto de la contienda en un ámbito que considero que estaba aún por describir en las circunstancias del Madrid doblemente asediado, desde fuera y desde dentro: el de las comunidades de vecinos.

Un ámbito, el de los inmuebles de vecinos, que fue campo de batalla -no sólo por la acción de la artillería y la aviación franquistas, sino también por la guerra ejecutada por los verdugos contra personas inermes, sin piedad ni compasión, como sucedió en la retaguardia de las dos Españas- y que fue a la vez refugio y asilo donde protegerse de ambas violencias, literalmente. Mucho más allá, las casas de vecinos fueron un lugar cimentado y fortificado de afecto, de respeto, de solidaridad, de buena vecindad, donde inquilinos y porteros, fuera cual fuera su ideología, intentaron construir un espacio a resguardo del odio y la ira que asolaba la nación.

Los vientos de la guerra fratricida destruyeron muchas comunidades de vecinos, y no me refiero sólo a la destrucción física, sino a esas ruinas invisibles producidas por delaciones, ajustes de cuentas, envidias e intereses inconfesables, los mismos que se abatirían sobre ellas en la posguerra. Pero en otras muchas, los porteros y vecinos se atrincheraron anímica y moralmente para evitar que la guerra arrasara con la convivencia, la amistad, la cercanía y la intimidad humanas que da compartir el cotidiano curso de la vida, entre nacimientos y defunciones, sueños y esperanzas, proyectos y logros, goteras y desperfectos, como vecinos de portal y de escalera.

He comprobado que hasta célebres chequistas, señalados por su implicación en horrorosos crímenes de la retaguardia, eran recordados en sus casas como buenos vecinos de conducta intachable con el resto de los inquilinos, aun a sabiendas de que eran vecinos de derechas.

En el caso de Agapito García Atadell, jefe de la famosa checa de la calle de la S, que vivía en Bravo Murillo 25, cerca de la glorieta de Quevedo, el portero y los vecinos le exculparon de la desaparición de seis vecinos durante la guerra, a los que se daba por asesinados.

Incluso la dirigente comunista Margarita Nelken, autora de incendiarios artículos en los que llamaba al exterminio de los enemigos interiores y sobre todo de las "hembras de los señoritos", como escribió en "Claridad", órgano de UGT, en agosto de 1936, proporcionó en su casa de Mallorca 6, junto a la Ronda de Atocha, avales para que sus vecinos de derechas no fueran molestados, como he descubierto.

Españoles que actuaron como señores

Y es con un periodista de "Claridad" con quien quiero empezar a desgranar algunos ejemplos de españoles que actuaron como auténticos señores durante la guerra. José Arias era redactor del periódico de UGT y en su casa de Genova. 16 acogió a su hermana viuda con dos de sus hijos, Javier y Luis, de 23 y de 18 años. También recogió a una sobrina y a su novio falangista. Todos se confabularon para proteger al chico falangista. Lo que tiene más mérito sabiendo de su compromiso con la causa republicana, como demuestra que el joven Luis se marchara como voluntario a luchar a la sierra, donde caería en combate.

Un señor fue también el portero de Monteleón 46. No conocemos su nombre. Los vecinos reconocieron su "inmejorable conducta" en defensa de las personas de derechas que vivían en la casa. No pudieron nunca agradecérselo en persona después de la guerra. Llamado a filas por su quinta, el desconocido portero de Monteleón 46 fue uno de los miles de soldados desconocidos de la guerra de España: cayó en combate cumpliendo su deber en las filas del ejército republicano.

En el libro hay tantísimos ejemplos, pero me interesa subrayar esta corriente de humanidad que se acrecienta con la cotidianeidad, la cercanía e incluso el afecto entre los que conviven en el mismo portal o la misma escalera. Porque vuelve a demostrarme una vez más el escaso grado de implicación de la mayoría de los españoles ante la contienda civil, pese a la omnipresencia de los discursos de odio que fueron acumulando yesca desde las tribunas políticas y periodísticas hasta hacer que el enfrentamiento pudiera parecer inevitable.

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Guerra Civil, 1936

Termino ya, sin olvidarme de recordar lo que esta visita a las casas del Madrid en guerra me ha proporcionado. No hay nada, lo sé por experiencia, como escuchar a los protagonistas de la intrahistoria para aproximarnos a la verdad de lo que se vivió en aquellos tiempos de muerte y destrucción. Y a través de la voz de los testigos, aunque mediatizada por los cuestionarios de posguerra que fueron obligados a cumplimentar porteros y vecinos por los vencedores, he rescatado insólitos testimonios que difícilmente encontraran los lectores en la bibliografía al uso:

-El testimonio de un empleado municipal encargado de recoger los cadáveres de paseados que aparecían todas las mañanas por las calles y los parques de Madrid.

-El testimonio de los sorteos que se realizaban entre las fuerzas de seguridad gubernamentales para cumplir el servicio ordenado por sus mandos de acompañar a las milicias a dar los "paseos".

-La conducta ejemplar de policías republicanos contra los atropellos de los milicianos.

-Las protestas, a veces fructíferas, de los vecinos ante la detención de sacerdotes y religiosos.

-La desconocida gran redada contra los militares retirados, en una operación de varias noches seguidas, con un peinado de milicias y agentes casa por casa, calle por calle, barrio por barrio, antesala de las masacres de Paracuellos del Jarama, Aravaca, Torrejón de Ardoz y Rivas-Vaciamadrid.

-El hallazgo, por cierto, de algunas sacas de presos gubernativos de las cárceles madrileñas jamás contabilizadas.

-La represión frentepopulista contra los porteros y criadas, que fue, en contra de todo lo que se creía hasta ahora, más cruenta que la que luego llevaron a cabo los vencedores en la posguerra.

Como ven, aún queda mucho por escribir y por contar de la Guerra Civil. No nos resignemos a comulgar con las ruedas de molino doctrinarias y sectarias, con las visiones simplistas y planas, sobre un hecho tan complejo. Me he empeñado siempre en buscar el modo de romper el terraplanismo sobre la Guerra Civil, empezando por descubrir que no hubo una sola Guerra Civil, sino tantas guerras civiles como españoles la vivieron y sufrieron.

Sigamos hablando en libertad y con libertad, como nos enseñaron nuestros abuelos y nuestros padres, testigos y protagonistas de la contienda, debería unir para siempre y no enfrentar a las generaciones siguientes.

Ese es el mejor homenaje que podemos tributar al inmenso legado de reconciliación y concordia que ellos nos dejaron.

Este libro va por ellos, por todos ellos.

Muchas gracias.

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