La comida de los dictadores, el terror desde las cocinas y el inesperado parecido entre Messi y Pol Pot

Cómo alimentar a un dictador es un curioso volumen que nos muestra otra cara —no precisamente amable— de algunos de los peores sátrapas del siglo XX.

C.Jordá

La verdad es que no comparto la tesis de Witold Szablowsski o, mejor dicho, la cita de Michael Symons que esgrime como justificación al inicio del libro: yo no creo que "somos lo que comemos" y que, por tanto, "los cocineros nos crean a nosotros". Es, obviamente, una exageración, pero incluso rebajándola un poco no creo que, desde el punto de vista político, tenga tanto interés saber qué comieron los grandes dictadores del siglo XX.

Sin embargo, Cómo alimentar a un dictador es un libro no sólo entretenidísimo, sino muy interesante y, por momentos, esclarecedor. Además está realmente cuidado tanto en su edición como en su redacción y, por último, hay que reconocer que es ciertamente original. En suma, es muy recomendable y voy a tratar de explicarles por qué.

Un nómina aterradora

La lista de nombres en el índice, al que con no poca lógica el autor llama menú, es literalmente aterradora: Sadam Hussein, Idi Amin, Enver Hoxha, Fidel Castro y Pol Pot. Una selección casi perfecta de los hombres más despreciables de la segunda mitad del siglo XX en la que, no podía ser de otra manera, los dictadores comunistas son mayoría, incluso aunque no consideremos como tal a Idi Amin, pese a sus íntimas relaciones con la Libia de Gadafi y la Unión Soviética.

El libro está formado, obviamente, por largas entrevistas a las personas que cocinaron para esos monstruos, pero el autor adereza el guiso con mucha habilidad contando otras historias paralelas: la del hombre que busca los restos de su padre asesinado por el régimen comunista del albano Enver Hoxha; la de los dos hermanos en los campos de la muerte de los Jemeres Rojos; la vida y milagros de Ubre Blanca, la vaca lechera de Fidel Castro…

Todo mientras el relato principal es, como no podía ser de otra forma, el de los cocineros, que más allá de los fogones son personas muy cercanas a los dictadores, cargos de extrema confianza para personajes con manías persecutorias más o menos justificadas y que tienen entre sus grandes temores morir envenenados.

Es esa proximidad al terror lo que hace tan interesantes los relatos porque a través de la vidas de estas personas vamos conociendo cierta verdad íntima de los dictadores o de sus regímenes, en algunos casos más de lo primero —Sadam, Fidel— y en otros más de lo segundo: Pol Pot, Hoxha.

"El Partido sabe lo que espera de ti"

El relato de la Albania comunista de Hoxha es realmente vívido y también sorprende, probablemente porque era un régimen tan oscuro y cerrado que sabemos muy poco de él. La sensación de miseria, opresión y vileza que transmite con sus historia el cocinero del sátrapa y los otros protagonistas es impresionante, aunque esté en pequeños detalles como "las sesiones de autocrítica" a las que se forzaba a los trabajadores todos los días: "Incluso cuando yo consideraba que lo había hecho todo bien, tenía que buscar alguna falta. No podías estar contento contigo mismo, una cosa así despertaba sospechas".

Amén de, por supuesto, el poder absoluto y la arbitrariedad de un régimen que disponía de los seres humanos como de objetos: "Te llevamos con nosotros a Tirana", le dijo el propio Hoxha sin preocuparse por lo que pensase el propio interesado: "Una vez más, nadie me preguntó mi opinión. Las cosas funcionaban así: el Partido sabe qué espera de ti. Con el partido no se discute".

"El Angkar soy yo"

Quizá el más escalofriante de los relatos es el de Yong Moeun, la cocinera durante años de Pol Pot, el líder de los Jemeres Rojos y, comparativamente, el mayor asesino de masas del siglo XX, y mira que ese es un título con pretendientes.

Young no sólo es todavía una fanática Jemer, tantos años y tantos muertos después, sino que se muestra absolutamente enamorada del Hermano Pouk, que era como se le llamaba en los campamentos guerrilleros.

Supongo que el amor se puede perdonar, pero el fanatismo resulta más complicado disculparlo, sobre todo en una mujer que no sólo fue cocinera sino que llegó a tener cargos de cierta importancia en el régimen —fue la comisaria política de la embajada camboyana en China, la más importante— y sabía lo que pasaba cuando los Jemeres Rojos te llamaban de vuelta desde un puesto como el suyo. A pesar de ello, pronuncia una escalofriante profesión de fe:

"El Angkar soy yo. Yo soy el Angkar.

Si el Angkar me hubiera dicho que volviera, lo habría hecho.

Si el Angkar hubiera considerado que yo debía ir a la cárcel, habría ido a la cárcel.

Si el Angkar hubiera considerado que le había traicionado, yo habría estado de acuerdo.

Y si el Angkar hubiera considerado que tenía que morir, yo habría muerto".

No obstante, una de las virtudes del Cómo alimentar a un dictador es demostrarnos que detrás del mal no hay monstruos o, mejor dicho, que los monstruos son también simples personas. Así el libro acaba enseñándonos a Yong Moeun en su retiro en Camboya como una mujer inofensiva, aficionada al futbol y descubriendo un parecido absolutamente inesperado: "De los futbolistas me gusta uno que tiene la misma sonrisa dulce de Pol Pot. ¿Cómo se llama? No me acuerdo. Enséñame a futbolistas famosos y te digo. ¡Oh, es este! Messi… no me digas que no sonríe igual que él". Esa sí que no nos la esperábamos.

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