Menéndez Pelayo, ese desconocido

Agapito Maestre

La lectura de Araquistáin de la obra de don Marcelino ha convencido al doctor Cidad de que no es fácil manipular a un gran pensador. Las filiaciones ideológicas de corte partidista no casan bien con el pensamiento de Menéndez Pelayo. O sea un ilustre republicano, mentor de Largo Caballero durante la Segunda República y la Guerra Civil, puede hacer una lectura del sabio tan libre de prejuicios como pudiera hacerla el monárquico Pedro Sainz Rodríguez, un autor del que ya tratamos más arriba a propósito de la mística española. Don Pedro ha sido uno de los autores que mejor ha desarrollado una parte del legado de don Marcelino; sin embargo, fue el primer causante de la manipulación que se hizo de la persona y pensamiento del sabio santanderino durante la Guerra Civil y el Franquismo.

Pedro Sainz Rodríguez, conspirador nato en el orden político y de sagaz inteligencia, fue discípulo directo de Adolfo Bonilla y San Martín, el gran alumno de Menéndez Pelayo, y le cupo el dudoso honor de elevar la figura de don Marcelino a "gloria nacional" de uno de los bandos en guerra civil. Eso sucedió, sí, cuando Sainz Rodríguez fue nombrado ministro en el primer Gobierno de Franco, en enero de 1938. Desempeñó la cartera de Instrucción Pública, que pasó a denominarse Ministerio de Educación Nacional. Su mandato duró apenas catorce meses, hasta su cese en abril de 1939, que se exilió en Lisboa ejerciendo de consejero de don Juan, el padre de Juan Carlos I, hasta su muerte. Retornó a España, en 1969, donde murió en 1986. Su reorganización del ministerio es histórica. Fijó con inteligencia los servicios de la Enseñanza superior y media, Primera enseñanza, Enseñanza profesional y técnica, y la enseñanza de las Bellas Artes. Su gran contribución a la política educativa y cultural de España fue la creación del Bachillerato de Humanidades. Ninguna otra reforma posterior ha conseguido superarlo.

Su organización de la educación fue correcta y buena, pero tuvo la terrible ocurrencia, o maldad ideológica, de convertir a don Marcelino en el intelectual de referencia del bando nacional. Nadie mejor que el propio Sainz Rodríguez ha explicado su decisión de implicar a don Marcelino en el bando de Franco. Su conferencia Menéndez Pelayo, ese desconocido explica con claridad que fue él y sólo él quien tomó la determinación de involucrar a Menéndez Pelayo con los sublevados. Creía que el espíritu nacionalista debía ser encauzado de acuerdo con raíces nacionales propias. Y para esa operación ningún autor le venía mejor que don Marcelino. Terrible. El texto escrito de esa conferencia tiene un tono sombrío. Hay rasgos sobresalientes de mala conciencia, e incluso un conato de pedir perdón, por haber involucrado en la lucha fratricida a una persona que había muerto en 1912.

A partir de la decisión de don Pedro, quien auspició la conocida como Edición nacional de las Obras completas de Marcelino Menéndez Pelayo (1938), la manipulación de la obra del "intelectual más grande de la Restauración" fue moneda común entre los encargados de la cultura de la postguerra. Quizá la peor de todas fue la llevada a cabo por Pedro Laín Entralgo, quien hizo de don Marcelino una figura pétrea e incapaz de evolucionar. Por encima de todo, se trataba de ocultar su obra en permanente evolución y, de paso, se borraban las huellas de su pasado liberal y sus vínculos con la gran cultura política de la Restauración. Laín nunca quiso reconocer que don Marcelino hubiera podido ser la gran figura intelectual para dar paso a un cambio en el sistema político. Los Laín, Ridruejo, Valverde, Aranguren y, en fin, todos aquellos intelectuales que evolucionaron de posiciones franquistas a socialistas no sólo manipularon a Menéndez Pelayo, sino que lo utilizaron como coartada de sus propias y respectivas "evoluciones". Pero, como las desgracias nunca vienen solas, los hijos de esos manipuladores, cuando no ellos mismos, fueron los que en los años sesenta y setenta en nombre de la izquierda estigmatizaron al bueno de don Marcelino. La Transición cultural hizo el resto, incluida una señora de Barcelona que quiso retirar la bella estatura de don Marcelino del vestíbulo principal de la Biblioteca nacional.

La interpretación sesgada de don Marcelino, después de la guerra, consiguió convertirlo en un paraguas del Movimiento Nacional. Se utilizó su nombre y se tergiversó su idea de la conciencia nacional española para justificar la represión intelectual e incluso la guerra civil. Es obvio que tenía razones sobradas Sainz Rodríguez para estar arrepentido de su acción. El problema es que muchos conservadores de hoy, y seguidores de boquilla de su ideas, no parecen dispuestos a reconocer el mal que se le causó a Menéndez Pelayo. En verdad, huyen despavoridos de las aportaciones de la Restauración liberal, dirigida por Cánovas del Castillo, para recomponer el presente político e intelectual. Claro que para llevar a cabo esta faena deberían conocer no sólo la obra de los grandes escritores de esa época, sino también asumir los propios estudios de don Pedro sobre ese período. La tarea es, en mi opinión, demasiado compleja para una "derecha sin remedio", según expresión del historiador Ricardo de la Cierva, que prefiere quejarse de todo antes que trabajar en el ámbito intelectual. La "derecha sin remedio" prefiere dormitar en el pragmatismo antes que pensar el pasado liberal de la Primera Restauración para el presente político. La "derecha sin remedio", no quiere reconocer lo obvio: don Marcelino fue el gran intelectual liberal de la Restauración que nos descubrió a todos la conciencia nacional a través del estudios de nuestros escritores y artistas.

Mientras la "derecha sin remedio" no dé ese salto intelectual, seguirá entregada, arrastrada, al anatema que contra don Marcelino lanzaron los hijos del franquismo en la Transición. A nosotros, querido doctor Cidad, además de levantar acta de esas contradicciones, nos queda el consuelo de leer a quienes, como don Pedro Sainz Rodríguez, han destacado ese pasado liberal aunque cometiesen el error de entregárselo al bando nacional. A pesar de todo, sí, a pesar de su nefasta decisión de implicar a un muerto en una guerra terrible, don Pedro nos ofreció al comienzo de los años treinta del siglo pasado una imagen liberal de Menéndez Pelayo, que nada tenía que ver con la de un intelectual dogmático y sectario. Para empezar Sainz Rodríguez destacó la complejidad de la personalidad espiritual de don Marcelino y lo difícil que era "convertir su obra en banderín de partido". Después destacaba el espíritu descentralizador de su pensamiento sobre España; estaba convencido de que las causas de la decadencia nacional tenía su raíces en el centralismo, que tuvo su apogeo durante el siglo XVIII, bajo el gobierno de la Casa de Borbón, y se indignaba ante la actuación de Felipe V en Cataluña: "La fiera y abominable venganza del primer rey de la Monarquía francesa no pudo herir el alma de Cataluña, aunque cubriese de llagas su cuerpo ensangrentado". Menéndez Pelayo era un firme partidario de la integración de las regiones en una idea de patria grande, de ahí su incansable defensa de las literaturas regionales, incluida la portuguesa. Amó sobremanera la lengua catalana y consideró "sus excelencias y triunfos como una gloria nacional española".

Siempre pensó Menéndez Pelayo que el federalismo de las regiones era la forma del gobierno natural en España: "Vino después el formidable sacudimiento de la guerra de la Independencia, que por lo mismo que era un movimiento genuinamente español, despertó y avivó toda energía local, organizando la resistencia en la forma espontánea del federalismo instintivo que parece congénito a nuestra raza y que quizá la ha salvado de sus mayores crisis". No obstante, Sainz Rodríguez resalta que nunca don Marcelino alentó forma alguna de separatismo suicida: amaba y defendía el idioma catalán, pero siempre aconsejó a Cataluña que no olvidase la lengua sagrada de la hermana mayor por la que somos todavía en el mundo raza de primer orden, en la que podemos fundar esperanzas legítimas de resurgimiento. Don Marcelino sigue literalmente la enseñanza de su maestro Milá y Fontanals: "La lengua castellana ha sido para nosotros la de un hermano mayor que se ha sentado en nuestro hogar y con cuyos ensueños hemos mezclado los nuestros. Es verdad que uno de los hermanos no ha hecho siempre oficios de padre, y que otro no se precia de muy sufrido, pero el vínculo existe y es indisoluble". Menéndez Pelayo, formado en la gran escuela catalana del bilingüismo, reitera las palabras de Milá y Fontanals: "Creo, por mi parte, como creía Milá, que es de gran importancia para Cataluña el conservarse bilingüe en la esfera de la prosa para que su pensamiento, hoy tan lozano y pujante, se extienda y propague en las regiones hermanas, y evite a muchos blasfemar de lo que no conocen".

Si tuviéramos que resumir, querido doctor Cidad, un par de aportaciones de Sainz Rodríguez al estudio de la obra de Menéndez Pelayo, no dudaría en resaltar que la elaboración de la conciencia nacional no se basa en declaraciones más o menos huecas y retóricas, sino en la concienzuda y austera investigación histórica. Nada molestaba más a don Marcelino que el desamor al conocimiento de la tradición: "Donde no se conserve piadosamente la herencia del pasado, pobre o rica, grande o pequeña, no esperemos que brote un pensamiento original, ni una idea dominadora. Un pueblo nuevo puede improvisarlo todo menos la cultura intelectual. Un pueblo viejo no puede renunciar a la suya sin extinguir la parte más noble de su vida y caer en una segunda infancia muy próxima a la imbecilidad senil". Y esta posición, dice Sainz Rodríguez, de amor consciente a la tradición no estaba reñida con su valoración y seguimiento de la ciencia más pura sin patria ni fronteras. Don Marcelino "fue europeizante de veras, con sus obras y ejemplos, trabajando a la europea, estando al corriente del movimiento científico de su tiempo". Sainz Rodríguez muestra en todos sus estudios sobre don Marcelino no sólo su peculiar aportación científica para el conocimiento del pasado, sino también la evolución de su propio pensamiento; valga como ejemplo la siguiente valoración de la Historia de los heterodoxos que, además de ser una obra apologética y un libro histórico, "está implícita en él una interpretación de la historia de España, naturalmente contrapuesta a la que pudiéramos llamar progresista (…). Aparte de las aportaciones históricas y eruditas que en ella se contienen, yo creo que su verdadero valor consiste en haber acertado a situar la interpretación de la historia de España y de su cultura en el terreno de la historia religiosa, punto de vista que aceptan hoy historiadores e investigadores de las más variadas procedencias religiosas y doctrinales".

Quizá las mayores aportaciones de Sainz Rodríguez al estudio de Menéndez Pelayo, si dejamos aparte sus estudios de la místicas, haya que buscarlas en su mediación intelectual entre la visión que de Erasmo de Rotterdam tuvo don Marcelino por un lado, y la del gran investigador francés Marcel Bataillon por otro. Este último construyó una gran obra sobre Erasmo y España por estimulo de Sainz Rodríguez y sin duda alguna con ánimo de superar la interpretación dada por Menéndez Pelayo en su Historia de los heterodoxos. Sin embargo, don Pedro demuestra que las posiciones del último Menéndez Pelayo apenas difieren de las de Bataillón: "Tuve la fortuna de resucitar un texto que impresionó mucho a Bataillon y a todos los especialista, por el cual se comprueba que Menéndez Pelayo tuvo una evolución en su concepto de erasmismo y que en 1911, poco antes de su muerte, dice sobre Erasmo algo que coincide casi exactamente con la visión que tenía del gran humanista holandés Marcel Bataillon".

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