Lectores eminentes de don Marcelino

Agapito Maestre

El Brujo de Villahizán me escribe para darme las gracias por haberle hecho partícipe del excelente trabajo de José Luis Roldán sobre qué es filosofía, que tratamos en estas páginas la semana pasada. Halló algunos argumentos serios para mantener que el historicismo de Menéndez Pelayo es un rico precedente de la razón histórica de Ortega y Gasset. Condena en su misiva a quienes despreciaron por puro analfabetismo ideológico el trabajo de Roldán, cuando oyeron que sus bases estaban en los textos de don Marcelino. Mi amigo Ángel también alaba la valentía de José Luis. Y se felicita, naturalmente, porque la lectura de los textos de Menéndez Pelayo arrasen la actual estulticia universitaria.

A pesar de la presión ambiente, de la dominación de lo políticamente correcto allí donde debería primar el pensamiento libre, la universidad, nadie ha conseguido disuadir a José Luis Roldán para que deje de leer a don Marcelino. Al contrario, él se reafirma en el poderío intelectual del sabio de Santander. Ese tipo de afirmación suele suceder siempre que se une la inteligencia con el coraje. Los grandes lectores de don Marcelino siempre tuvieron que lidiar con esa falta de inteligencia, cuando no de absoluto desconocimiento, de sus detractores. En verdad, todos los que leemos hoy a don Marcelino tropezamos con similares dificultades, especialmente cuando tratamos de hacer pública nuestras lecturas de su obra. En esto, ni el Brujo de Villahizán ni José Luis están solos; tengo la sensación de que en el pasado algunos de sus lectores más egregios sufrieron parecidos inconvenientes.

Ramiro de Maeztu y Luis Araquistáin podrían ser sólo dos ejemplos, entre ciento, de autores que hicieron de la defensa de don Marcelino una forma inteligente de conocer el pasado español para conformar el presente y futuro de un país que despreciaba cuanto ignoraba. Dos hombres muy inteligentes, en bandos políticos rivales y enfrentados, tuvieron una causa común: la defensa de la vida y obra de don Marcelino. Los dos fueron extraordinarios periodistas. Al primero, detenido nada más comenzar la guerra civil, lo fusilaron los revolucionarios en Madrid (Aravaca) en 1936; el segundo, agitador máximo en las filas socialistas de esa guerra, director de la revista Leviathan del PSOE, murió en el exilio arrepentido de sus impulsos guerracivilistas. Los dos, sin embargo, estarán siempre unidos por su defensa contra viento y marea de la obra Menéndez Pelayo.

El caso de Maeztu es relevante, porque comenzó con una crítica implacable por arbitraria de la erudición histórica de don Marcelino y terminó con una defensa apasionada de toda su obra. Si dejo aparte al fluctuante Azorín, Maeztu es el único que nos da toda una lección de autocrítica intelectual, entre todos los autores de la Generación del 98, respecto a la posiciones adoptadas por los jóvenes literatos, artistas e intelectuales que no quisieron, o peor, no supieron apreciar el objetivo fundamental de su obra: la reconstrucción de la historia entera de España. No tuvieron la paciencia y la inteligencia suficientes para valorar las líneas de continuidad que don Marcelino había descubierto en nuestra historia de la literatura, del arte y del pensamiento. Aparte de la injusticia de unos jóvenes que quisieron romper con todo el pasado español, incluida la obra del primer hombre moderno que nos había enseñado qué es ser español, mil cosas podemos aprender de la autocrítica de Maeztu. La cosa no es baladí, porque esos jóvenes destructores formaban parte, dicho sea con sencillez y hasta con sequedad, de las generaciones más brillantes de la historia de la literatura, del arte y de la filosofía que, después de nuestro Siglo de Oro, ha dado España a la cultura universal. Hablamos de las Generaciones de Plata. La mayoría de los autores de esas generaciones intelectuales posteriores a don Marcelino rompieron con él, porque representaba el pasado y ellos, después de la derrota del 98, solo querían una vida nueva. Así se llamaba el semanario que fundó el propio Maeztu con Baroja y Azorín. Su objetivo era reformarlo todo, aunque no sabían cómo. Más allá de las causas de la debacle nacional y de las responsabilidades de la España oficial, Maeztu da un golpe al pesimismo y dice basta. Es menester construir con afirmaciones, como diría hoy Pedro de Tena, una España nueva.

Maeztu y sus compañeros de generación emprenden en los periódicos de Madrid toda una campaña de revisión de los valores de España. Todo ello fue recogido en un libro titulado Hacia otra España, 1899, fue el único libro de su juventud, del que más tarde no tuvo reparo alguno en decir: "Todas sus páginas merecen ser quemadas, pero el título expresa el ideal del 98 y el de ahora". De todos los autores de la generación del 98, fue a Maeztu el que le tocó luchar en el periodismo contra el tradicionalismo de la época a través de la cultura. Ésta se convierte en un nuevo mito. Es lo que le permite situarse más allá de las pasiones personales. Maeztu despotrica contra todos y contra todo. Entre 1898 y 1905 es en cierto modo la conciencia de un pueblo derrotado y escarmentado. Toda su labor crítica de la España oficial no deja títere con cabeza, entre esos se lleva por delante la figura de Menéndez Pelayo, pero a partir de su experiencia en Londres, como corresponsal del periódico La Prensa, su posición sobre España en general, y don Marcelino en particular, no sólo cambia sino que considera que Europa nada puede enseñarle a España.

Sus años de Londres marcan el cenit intelectual de su influencia en la prensa de Europa. Aquí escribe, cuando muere don Marcelino, uno de sus grandes artículos sobre los valores que encarnaron la figura del sabio: fidelidad o patriotismo, veracidad y fortaleza. Durante los años de la Restauración de la Regencia, dice Maeztu, la influencia de don Marcelino fue omnímoda. Indiscutiblemente merecida. Nadie le ganó en patriotismo y aventajó a todos en sabiduría. El amor al saber o pretensión de veracidad animó la pretensión "inquebrantable de mostrar al mundo la existencia de la ciencia española y de inclinar a los españoles a que nos formáramos espiritualmente con nuestro saber tradicional" en contraste con los saberes universales. Sí, entre todas las virtudes que adornaron al sabio, fue por encima de todo la veracidad, el amor al saber, la constante depuración y distinción entre las opiniones y el conocimiento, la primera que resaltaba Maeztu.

Contrastaba esta pretensión de veracidad de don Marcelino con las voces impostadas, a veces falsas y tocadas por la hipocresía de las bellas almas, de la propia generación de la que formaba parte Maeztu, quien en un ensayo de 1932, para recordar la figura de Menéndez Pelayo en el vigésimo aniversario de su muerte, denunciaba abiertamente la incomprensión de la generación del 98 con Menéndez Pelayo. La autocrítica de Maeztu es para recordar: "Llegó el 98, y la amargura de la derrota recibida de manos de un pueblo que no tenía tradiciones (…), hizo que muchos españoles desdeñáramos el valor de los estudios de Menéndez Pelayo. ¿De qué nos sirven nuestros blasones y saberes? (…). España necesita máquinas, dinero y acorazados (…). ´Vida nueva' (…); ´doble llave al sepulcro del Cid, para que no vuelva a cabalgar' (Costa). Y a Menéndez Pelayo le llamé yo entonces, sin haberle leído, pero con la fidelidad del periodista, que debe ser cuerda tendida en la ventana que en ella vibre el viento de la calle; ´Triste coleccionador de naderías muertas'.

Y es que el sentido del 98 no fue sino éste: ´Pues que nos ha derrotado un pueblo que es tan sólo más rico que nosotros, vamos a cuidarnos de la economía y no de las tradiciones'. Y esto es lo que hicimos principalmente a partir del 98. Las palabras con que yo terminaba mi opúsculo de entonces, Hacia otra España, decían textualmente (¡Dios me las perdone!): ´Puesto que sobre la espada del militar, sobre la cruz del religioso y sobre la balanza del juez ha vencido el dinero, es porque entraña una grandeza superior, una fuerza más intensa que ninguno de esos otros artefactos'. En lo que va de siglo España se ha cuidado principalmente, con mayores o menores aptitudes, de su economía, de sus ferrocarriles, Bancos, canales, regadíos, olivares, bodegas, etcétera. Y como Menéndez Pelayo no tenía nada que hacer en estas actividades, su posición pasó del centro de la escena a lugar secundario".

Dos años más tarde, en 1934, Maeztu reitera su autocrítica. Ahora ya en tono más que dramático, trágico. Intuye el pensador los males que se le viene encima a España. Fuimos destructores los del 98. No quisimos darnos cuenta de que Menéndez Pelayo era un genuino y desarrollado conservador de historia. Yo mismo, dice Maeztu, "le llamaba (sin haberle leído) triste coleccionador de naderías muertas". Nos negamos a aprender su legado: no hay civilización sin continuidad. "Todo el que todavía no se haya enterado de que no somos sino lo que fuimos, de que nuestro ser no se compone sino de los años que llevamos a cuestas y de las experiencias que vivimos en ellos, más una chispa inasequible de inmortalidad, caerá la tentación de confundir el pasado con la muerte.

En Menéndez Pelayo se sobrepone el espíritu de conservación al de destrucción, que ha hecho alistarse a tantas almas impetuosas bajo las banderas del ´borrón y cuenta nueva'. La tentación bolchevique es, de otra parte, tan antigua como Adán (…). Pero Menéndez Pelayo ha sentido desde niño la piedad de las cosas pasadas (…). Su voz era como la voz de un pueblo entero (…). Además, al unificar las voces y los corazones de las gentes hispánicas, ha sido también el escultor, el modelador, el refundidor, casi el creador, de nuestra unidad espiritual".

Perdona, amigo, la largura de la cita, pero es necesaria para saber cuáles son los riesgos a los que nos exponemos, cuando olvidamos nuestro pasado. Es algo que vio por la misma época el socialista Luis Araquistáin en una extraordinaria conferencia, pronunciada en la Universidad de Berlín en 1932, dedicada a Marcelino Menéndez Pelayo y la cultura alemana. Pero eso, querido doctor Cidad, lo dejamos para otra entrega.

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