Don Marcelino, un espíritu crítico

Agapito Maestre

El Brujo de Villahizán no acaba de entender porqué existe tanta animadversión entre nuestros "intelectuales" a don Marcelino. Es incomprensible que un extraordinario vindicador de los valores científicos y culturales de España sea "ninguneado" por los combatientes actuales contra la Leyenda Negra. Pareciera casi imposible superar esa falsa y ridícula imagen de don Marcelino como un hombre reaccionario e intransigente. No resulta sencillo acabar con esos prejuicios terribles divulgados por gente de mala fe. Muy alejado está don Marcelino del sambenito que le colgaron en su juventud de ser un castizo nacionalista; al contrario, ha sido el autor que más finamente ha criticado el elogio exagerado, excesivo e inconsciente de los valores nacionales: "Y puesto que ni él ni otro alguno (de sus libros) de los míos tiende a presentar a España como nación cerrada e impenetrable al movimiento intelectual del mundo, sino antes bien a probar que en todas las épocas y con más o menos gloria, pero siempre con esfuerzos generosos y dignos de estudio y gratitud, hemos llevado nuestra piedra al edificio de la ciencia universal". Estuvo obsesionado durante su vida por el rigor y el estudio documentado de la historia de la ciencia española. Siempre aprovechó todas las ocasiones que le brindó la vida intelectual para corregir, rectificar y criticar sus propias investigaciones. Fue más que autocrítico con su propio pensamiento, ejerció la crítica de modo implacable contra aquellos que consideraban su historia de la ciencia española como una obra acabada.

Don Marcelino sigue siendo un modelo de investigador a la búsqueda de la verdad. Aparte de su extraordinaria capacidad para corregir sus antiguas investigaciones y planteamientos, muestra a cada paso la misión crítica que cabe esperar de las instituciones especializadas en el estudio de nuestra historia del saber, incluso marca la senda que debe transitar el hombre de ciencia; por ejemplo, podemos reconocer los límites del saber matemático en España comparado con otros países de Europa, pero nada nos exime de seguir investigando sobre esa carencia: "Quiere todo esto decir, que aun reconocida, como lo está por todo el mundo, la relativa inferioridad de esta rama (la matemática) de la ciencia española respecto de otras, todavía es temerario y prematuro llegar a consecuencias decisivas, puesto que apenas está iniciado formalmente su estudio. Los libros ahí están (…), ha sido catalogados, a lo menos en parte; falta un trabajo pesado, pero necesario: irlos leyendo uno a uno y cotejándolos con sus similares del extranjero en el mismo tiempo." Por encima de todo, don Marcelino es un espíritu crítico. En España eso se paga. Quizá aquí, dice el doctor Cidad en tono indignado, cuesta más que en otros países reconocer el valor de la inteligencia de un investigador, un científico, libre. Jamás confundió la ciencia con la ideología.

Nunca se le ha regalado nada a don Marcelino, pero, en honor a la verdad, también es menester reconocer que, en todas las épocas desde que muriera en 1912 hasta hoy, ha habido grandes hombres que alabaron su inteligencia y estilo. Por ejemplo, Luis Buñuel, el cineasta, no se cansaba de citar su Historia de los heterodoxos españoles. Recientemente, en el año 2003, otro director de cine, durante su tercera o cuarta vuelta al mundo, se llevó en la maleta el libro alabado por Buñuel. Cuando regresó a Madrid, me llamó para darme las gracias por haberle recomendado esa lectura; sí, Gonzalo García Pelayo es otro fiel y fascinado seguidor de don Marcelino. Por cierto, tengo la sensación de que una pizca de don Marcelino aparecerá en la película que actualmente está rodando Gonzalo con el título de Alma quebrada, pero de esto ya hablaremos otro día; aunque aquí quiero dejar constancia de que, si tal influjo existe, vendrá por el estudio que hiciera el sabio de Santander de la poesía mística española. Esta genuina filosofía, siempre tan lejos y a veces tan cerca de la herejía y la heterodoxia españolas, ha calado en el cineasta. Seguro estoy de que Gonzalo comparte con don Marcelino que nuestra mística todo lo puede, sí, porque nada se le resiste a nuestra lengua: "La alta doctrina del conocimiento propio y de la unión de Dios con el centro del alma, expuesta en las Moradas teresianas, como en plática familiar de vieja castellana junto al fuego. ¿Quién ha declarado la unión extática con tan graciosas comparaciones como Santa Teresa: ya de las dos velas que juntan su luz, ya del agua del cielo que viene a henchir el cauce de un arroyo? ¿Y qué diremos de aquella portentosa representación suya de la esencia divina, ´como un claro diamante muy mejor que todo el mundo', o como un espejo en que por subida manera, y ´con espantosa claridad', se ven juntas todas las cosas, sin que haya ninguna que salga fuera de su grandeza? Ni Malebranche ni Leibniz imaginaron nunca más soberana ontología. No hubo abstracción tan sutil ni concepto tan encumbrado que se resistiese al romance de nuestro vulgo: sépanlo los que hoy, a título de filosofía, le destrozan y maltratan".

Cuando me fijo en tantos grandes autores que gustan de la prosa y el pensamiento de don Marcelino, tiendo a pensar que solo los "asilvestrados" universitarios de hoy no reconocen su obra como un acervo clave para conocer nuestra historia. Sus libros prueban el espíritu tolerante que caracterizó todo su pensamiento. Estamos ante una de las mentes más abiertas, escépticas y críticas de la historia de la filosofía española de todos los tiempos, pero comprendo que eso cueste entenderlo para quien no lo ha leído, o se deja llevar por la primera impresión de sus adversarios. Si alguien me pidiera alguna otra argumentación para persuadir a sus detractores de sus falsos y precipitados "juicios", empezaría reconociendo que son discutibles y, a veces, inadmisibles las grandes afirmaciones "de fondo" y "decoración" que mueven dos de sus grandes obras. No son fácilmente asimilables ni la declaración de defensa de la Inquisición, que se hace en La ciencia española, ni una de las tesis que inspira la Historia de los heterodoxos españoles, a saber, "el genio español es eminentemente católico: la heterodoxia es entre nosotros accidente y ráfaga pasajera". En su época como ahora, esas hipótesis, o mejor dicho, conjeturas pudieran ser no sólo discutibles sino inaceptables.

Pero el asunto de fondo no es compartir o rechazar esas afirmaciones de don Marcelino, sino saber qué papel desempeñan en el desarrollo de su pensamiento e investigación. Y aquí sí que no caben engaños, se mire por donde se mire, miles de páginas escritas por él refutan esas presunciones; el mucho tiempo que dedicó durante su corta vida a los heterodoxos son la prueba evidentes de la importancia que les concedía, además de mostrar la probidad y extraordinaria honradez científica del historiador de las ideas. Clarín lo vio con extraordinaria claridad: "Menéndez Pelayo, tan acérrimo defensor de la ortodoxia, experimentaba una alegría cada vez que encontraba un nuevo heterodoxo". También Rafael Altamira resaltó, por encima de sus creencias, la gran alegría que experimentaba el historiador, la satisfacción del hombre de ciencia, cada vez que encontraba, con plenitud de seguridad irrefutable, un heterodoxo susceptible de ser incluido y comentado en su laboriosa Historia de los heterodoxos españoles". La solución, pues, al enigma del ortodoxo que admira y estudia a los heterodoxos es sencilla: sus "hipótesis", "creencias" o, sencillamente, "conjeturas" son absolutamente secundarias para valorar el centro de la obra de don Marcelino, como demostrara ya, en 1914, Bonilla y San Martín, "puesto que, aunque prescindiendo de ellas, queda siempre la demostración y exposición de nuestro valor histórico en la esfera del pensamiento. Y precisamente en esta apología de lo español y de lo castizo estriba la representación capital de su obra." La voluntad de investigación y, en fin, la ciencia de don Marcelino superaron sus conjeturas y algunas de sus creencias.

Quien lea con mirada limpia a don Marcelino, pronto entenderá, querido doctor Cidad, que su mayor contribución a la historia de la cultura universal es su filosofía de la heterodoxia. El ortodoxo filósofo ha creado una "teoría", un "saber inmenso" y placentero, de la heterodoxia que, lejos de ser cuestionada, ha sido utilizada felizmente por los propios heterodoxos. Y de paso, como si fuera posible construir una crítica de sus propios críticos, ofrece poderosas razones de su singular heterodoxia a través de un estudio de los ortodoxos tolerantes y los descreídos inteligentes. Trató a los primeros, como diría el castizo, con puño de acero en guante de seda, y mostró sus límites intelectuales para satisfacer los grandiosos ideales de sus vidas; de los heterodoxos resaltó siempre su inteligencia para construir extraordinarias obras literarias y filosóficas, pero no paró mientes a la hora de criticar sus dogmas, sus terminantes maneras de razonar, no tanto por la verdad que contenían cuanto por la carencia de criterio escéptico del que hacían gala, o mejor dicho, con el que pretendían adornar sus "dogmas".

Unos y otros, ortodoxos y heterodoxos, tanto de su época como de la nuestra, habrían sido incapaces de comprender la mayor aportación del pensamiento español a la filosofía europea: el escepticismo. El esfuerzo por pensar, como en Lessing, es determinante. Más importante que el pensamiento, sin duda, es la voluntad de pensar. La crítica, la filosofía y la misma capacidad de pensar desaparecen sin escepticismo., crítica y autocrítica. Y, de paso, nos ha enseñado la utilidad indispensable del crítico, o sea del mediador entre el creador y el lector; porque no hay filosofía sin filósofo, crítica sin persona que la ejerza, el buen crítico nunca estorba. Porque es un lector más atento de lo normal, incluso de sensibilidad más aguda, casi siempre es un buen guía para el público. Ejemplos de refinado escepticismo son sus interpretaciones de los autores españoles del Renacimiento, como Luis Vives, Fox Morcillo y Gomez Pereira, antecedentes del criticismo moderno. Sutil escepticismo refleja también su interpretación de la obra del padre Feijoo, un autor del XVII y XVIII, quien a finales del XVIII y del XIX, llegó a ser, en palabras de don Marcelino un oráculo; después de contextualizar la querella de los antiguos y los modernos, no sin dejar de mostrar sus objeciones al espíritu del cartesianismo que había declarado su "hostilidad contra la tradición en todas las esferas", hace un canto del padre Feijoo, una figura paradigmática de todos los insurrectos e intransigentes del romanticismo contra el dogmatismo preceptista del siglo XVIII. Basta que el sabio sacerdote reconozca la esterilidad de las reglas racionalistas para que Menéndez Pelayo alabe su filosofía: "¡Qué espíritu tan moderno y al mismo tiempo tan español era el padre Feijoo! No vamos a juzgar ahora de las extremosidades de su doctrina ni mucho menos de lo que tiene de apología pro domo sua. El padre Feijoo era un verdadero insurrecto".

El escepticismo de Menéndez Pelayo es seductor para un tiempo dominado por dogmas y fanatismos. Bebe en las fuentes de la gran filosofía cínica de la antigüedad y muestra toda su potencia crítica en la lectura que lleva a cabo de la obra de Kant desde la atalaya de la Filosofía del Renacimiento español. Su investigación sobre los orígenes escépticos del criticismo kantiano, en verdad una auténtica historia de la filosofía escéptica, es una referencia clave para leer las continuidades y las rupturas de la filosofía española desde el siglo XVI hasta nuestra época. Esa crítica, en realidad esa genial defensa del escepticismo, puede extenderse hasta hoy, entre otras razones, porque afecta al núcleo del más grande filósofo español de nuestra época: José Ortega y Gasset. Tengo la sensación de que el escepticismo del santanderino es, además de un adelanto de la filosofía de la razón vital, el mayor precedente de nuestra época para llevar a cabo una historia crítica de la razón cínica, o sea de la ideología, como falsa conciencia de la realidad.

Un crítico avant la lèttre de la ideología es don Marcelino, porque demuestra que el cinismo es hacer lo contrario de lo que se dice. Cinismo es defender el crimen en nombre de la paz. Cinismo es utilizar la palabra verdad para ocultar la mentira. Nadie en España ha sido capaz de plantear con tanta radicalidad y determinación la defensa de una filosofía escéptica como él. Fue su especial de manera de enfrentarse a los engaños, ideologemas y dogmatismos contenidos en una filosofía de la razón absoluta. Su crítica a la Metafísica aún no ha hallado parangón en la historia del pensamiento español de nuestro tiempo: "La Metafísica nada tiene de ciencia exacta, y en este punto, queriéndose o sin quererlo, todos somos más o menos escépticos, por supuesto, en el buen sentido de la palabra. ¿Qué ha de enseñar la Filosofía, si no enseña a ignorar a tiempo y a confesar razonadamente esta docta ignorancia? Por eso el gran filósofo de Valencia (Luis Vives) la definía ars nesciendi". Este magistral canto al escepticismo de su época es el tributo que rindió Menéndez Pelayo al mayor santo laico de la historia entera de la filosofía: Sócrates. He ahí un adelanto sutil a la reflexión más contundente que se haría, más tarde, en la Europa del siglo veinte, sobre los límites del pensamiento, cuyo principal protagonista, Ortega y Gasset, sintetizo en frase imperecedera: "Saber que no se sabe, constituye tal vez, el más difícil y delicado saber." Vivismo llamó don Marcelino a este pensar histórico, relativo y condicionado, porque lo consideraba afín a la famosa cautela del "ars nesciendi" del famoso filósofo renacentista Luis Vives. Quizá sea un precedente, decir reminiscencia sería demasiado, del orteguiano: "Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo".

Seamos, pues, realistas. Sin la guía de don Marcelino, a pesar de que muchos la tengan oculta, nunca hubieran llegado a ningún sitio, o peor, jamás habrían desarrollado sus obras algunos filósofos, creadores y críticos literarios de las famosas Generaciones del 98, el 14 y hasta los de la época de Franco y actuales. Fijémonos en el caso de Ortega, que tanto "ninguneo", despreció y aborreció a don Marcelino después de que éste lo colocó, recién llegado de Alemania, como profesor en la Escuela Normal de Madrid. El silencio de Ortega sobre don Marcelino todavía duele en el alma de quienes creen en la ciencia y la cultura española. Pero, a pesar de esa terrible actitud de Ortega contra el hombre, el pensador y crítico literario que más respetaba intelectual y científicamente su padre, José Ortega Munilla, una parte de su obra es una reacción contra el pensamiento del cántabro. Ejemplos reactivos contra don Marcelino hay muchos en las obras completas de Ortega. Dos saltan a la vista. El primero es el libro Meditaciones del Quijote, un intento fallido, en mi opinión, para cuestionar la interpretación "puramente literaria" de El Quijote llevada a cabo en 1905 por don Marcelino. También la reflexión de Ortega sobre el misticismo español es una especie de crítica, aunque nunca lo cita, de la lectura de la poesía mística española hecha en 1881 por Menéndez Pelayo. Merece la pena detenerse en este ensayo, o mejor dicho, discurso de entrada en la Academia de la Lengua Española don Marcelino.

Pero todo eso lo dejamos para otra entrega. De momento, mi querido doctor Cidad, para ir entrando en materia aquí te dejo un fragmento de uno de los textos más valientes e inteligentes de la historia de la filosofía española contemporánea: "Voy a tratar, pues, de los antecedentes del criticismo y del escepticismo o, si lo queréis más concreto, de los precursores de Kant, especialmente en la filosofía española. El mero enunciado del tema suscitará ya alguna sonrisa escéptica (…). El nombre mismo de filosofía española lo parecía hace algunos años. Con buena voluntad unos, otros con positiva ciencia, han logrado, o hemos logrado algunos estudiosos (si es que merezco algún lugar entre ellos), vindicar en esta parte la tradición nacional de inmerecidas ofensas. Se dudó primero de la existencia y mérito de los filósofos; se negó luego su influencia en el pensamiento general de Europa; se negó, por último, el enlace y continuidad de sus esfuerzos, la existencia de una verdadera tradición científica, de un organismo que mereciera el nombre de ciencia nacional, y que presentara en el curso de las edades algún sello dominante y característico. Negar era fácil; dudar, todavía más; burlarse, facilísimo. Pero ni las negaciones, ni las dudas, ni las burlas, por muy chistosas que sean, pueden, en historia, prevalecer contra los documentos. Y los documentos han venido, no aislados, sino en legión, y no traídos, en su mayor parte, por apologistas ciegos ni por patriotas ignaros, sino por investigadores de fuera de casa, a quienes no podía mover ningún sentimiento de vanidad nacional, ni aun de simpatía por España."

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