Don Marcelino y la Leyenda Negra

Agapito Maestre

Antes de reiniciar nuestros diálogos sobre don Marcelino, mi amigo Ángel me recomienda el documental de José Luis López-Linares sobre el lugar de la historia de España en la historia universal. Ha sido estrenada el día 15 de octubre en más de cien salas de España. Es una película educativa para un tiempo de absoluto analfabetismo histórico. Contiene una buena información sobre el significado científico, económico, político, cultural y social del descubrimiento de América. También hallaremos algunas reflexiones sensatas sobre el pasado de España para aquí y ahora. El Brujo de Villahizán ha salido del cine con un renovado espíritu patriótico. Suscribiría casi toda la película y hace suyo el Fin feliz de la cinta: sin la historia de España no puede entenderse la historia del mundo. Y es que no hay película que se precie, dice con retranca el doctor Cidad, sin beso final; al menos en el cine, digo para mis adentros, los versos de Gil de Biedma son cuestionables:

De todas las historias de la Historia

sin duda la más triste es la de España,

porque termina mal.

Bajo el título España: La primera globalización, López-Linares ha conseguido sintetizar una pluralidad de opiniones serias y documentadas para enfrentarse con solvencia crítica al celebérrimo y desgraciado "sambenito" de la Leyenda Negra contra España. La expresión "leyenda negra" viene de lejos. Fue utilizada ya en 1892 por doña Emilia Pardo Bazán en una conferencia, impartida en París, titulada La España de ayer y la de hoy. Y fue popularizada por Julián Juderías en 1914 con su libro La leyenda negra y la verdad histórica. Esta obra es aún hoy muy citada, especialmente por los nuevos y aguerridos defensores del pasado español, aunque tengo la sospecha de que es poco leída. Fundo mi conjetura en que algunos libros recientemente escritos contra la Leyenda Negra, después de rendirle culto al viejo maestro Juderías, desprecian a quien, seguramente, fue su principal fuente de inspiración. Ese hombre fue el inspirador no sólo de la obra de Juderías, sino también de Rafael Altamira y tantos otros que se ocuparon de estudiar la historia y posición intelectual de España en el mundo.

La primera lección del libro de Juderías es recordarnos la obra del primer escritor español que combatió, en el último tercio del siglo XIX y la primera década del XX, las mil tropelías inventadas contra la historia política e intelectual de España. Sí, querido lector, usted, como el Brujo de Villahizán, ya ha adivinado que me refiero a don Marcelino Menéndez Pelayo. Quien pretenda estudiar todas las implicaciones de la famosa Leyenda Negra sin reparar en el pensamiento de don Marcelino, tendremos que desconfiar de sus argumentaciones y bondades morales. Menos aún podemos fiarnos de quienes arremeten contra el maestro de maestros; a veces resulta patético el desprecio expresado contra don Marcelino en uno de esos nuevos libros contra la Leyenda Negra. La zafiedad de la "crítica" es de tal envergadura que, además de producir vergüenza ajena, me impide citarla con su nombre y apellidos. Escribamos, pues, del pecado y no del pecador: primero, se le insulta con un anacronismo anticlerical, más propio de un mozo de mulas que de un escritor decente; después se ironiza, desconociendo por completo la letra y el espíritu de la filosofía de don Marcelino, sobre la oportunidad histórica y la calidad intelectual de una de las obras más importante de la cultura española de todas las épocas: La historia de los heterodoxos españoles.

Pero hay algo peor que eludir la obra de Menéndez Pelayo, utilizar una de sus principales tesis desconociendo su origen. Es obvio que el combate contra la Leyenda Negra no sólo está presente en toda la obra del sabio, sino que muchas de sus afirmaciones no han sido superadas. Quien hoy mantiene que el gran fracaso, o mejor dicho, la visión nihilista de la historia de España reside en nuestra dependencia del relato interesado, perverso e ideológico de la "historiografía" francesa, debería leer a Menéndez Pelayo. Tendría la gran oportunidad de que un sabio le confirmase su "original hipótesis". Sí, ya es clásica, aunque nunca ajada y vetusta, la explicación de que la mayoría de los intelectuales e historiadores españoles del XVIII y XIX, y no solo de los llamados afrancesados, ha sido dependiente de la arbitraria "narrativa" histórica francesa. Es uno de los hilos vertebradores de la obra de don Marcelino para combatir los miles de improperios contra la historia intelectual y política de España. Bastaría leer despacio un par de capítulos de la Historia de los heterodoxos españoles para percatarse de la relevancia de ese libro para aquí y ahora. Es algo que vio en su época Julián Juderías, deteniéndose sobre todo en sus Cartas sobre la Ciencias.

Sin duda alguna, la obra de don Marcelino es el telón de fondo de la "definición" clásica dada por Julián Juderías de Leyenda Negra: "Por leyenda negra entendemos el ambiente creado por los fantásticos relatos que acerca de nuestra patria han visto la luz pública en casi todos los países; las descripciones grotescas que se han hecho siempre con el carácter de los españoles como individuos y como colectividad; la negación o, por lo menos, la ignorancia sistemática de cuanto nos es favorable y honroso en las diversas manifestaciones de la cultura y del arte; las acusaciones que en todo tiempo se han lanzado contra España, fundándose para ello en hechos exagerados, mal interpretados o falsos en su totalidad, y, finalmente, la afirmación contenida en libros al parecer respetables y verídicos y muchas veces reproducida, comentada y ampliada en la prensa extranjera, de que nuestra patria constituye, desde el punto de vista de la tolerancia, de la cultura y del progreso político, una excepción lamentable dentro del grupo de las naciones europeas. En una palabra, entendemos por leyenda negra la leyenda de la España inquisitorial, ignorante, fanática, incapaz de figurar entre los pueblos cultos lo mismo ahora que antes, dispuesta siempre a las represiones violentas; enemiga del progreso y de las innovaciones; o, en otros términos, la leyenda que habiendo empezado a difundirse en el siglo XVI, a raíz de la Reforma, no ha dejado de utilizarse en contra nuestra desde entonces, y más especialmente en momentos críticos de nuestra vida nacional". Son los franceses, entre todos los que han contribuido a la creación de esa ideología terrible contra España, a los que don Marcelino, después de la Enciclopedia y la Revolución Francesa, dedica más espacio y tiempo en su investigación. Me atrevería a decir que nadie mejor que Menéndez Pelayo ha estudiado las nefastas influencias del llamado "pensamiento" francés acerca de la concepción del mundo y sobre ellos mismos que tienen los "intelectuales" españoles. Tampoco creo que existan muchos libros comparables a los de don Marcelino sobre la influencia española, especialmente su ráfaga de libertad, en la gran literatura y pensamiento francés; quien desee ilustrarse sobre el particular, consulte y lea despacio el capítulo que dedica don Marcelino al romanticismo francés en su Historia de las ideas estéticas en España. Pero centrémonos aquí en el primer asunto, porque es crucial para combatir no tanto la Leyenda Negra, que en sí misma es una pueril imbecilidad, cuanto la recepción de esa cruel ideología entre la élites intelectuales españolas, que fueron las encargadas de extender semejantes patrañas.

Sólo quien entre sin prejuicios, especialmente quien haya conseguido superar sus complejos de inferioridad ante el mayor humanista que ha dado la España de la Primera Restauración, a estudiar dos obras capitales de la filosofía española contemporánea, la Polémica de la Ciencia y la Historia de los Heterodoxos españoles, podrá entender con sencillez qué hay detrás de la Leyenda Negra construida contra España. La superación de esos prejuicios, dicho sea de paso, nunca ha sido fácil; tengo la sensación de que el gran fracaso de la cultura española actual deriva, como he dicho en alguna otra ocasión, de esos prejuicios, o mejor dicho, de la quiebra entre la obra de don Marcelino, y en general la de toda la generación del 68, y las generaciones del 98 y el 14. Los exiliados de la guerra civil y también algunos intelectuales del franquismo intentaron restañar esa herida, pero desgraciadamente no lo consiguieron. Y en eso estamos todavía, aunque los nuevos, aguerridos y bien-intencionados críticos de la Leyenda Negra no quieran entrar en este asunto, o peor, desconozcan la enjundia del problema para nuestro tiempo.

En resolución, querido doctor Cidad, sería menester volver a las obras mencionadas de don Marcelino no tanto para resolver los problemas, algunos ya insolubles en un país que desprecia la idea de Nación, cuanto para plantearlos con un poco más de solvencia intelectual y rigor moral. Se trataría de hacer el debate un poco más holgado; salir del maniqueísmo de buenos y malos, de creernos la leyenda negra o negarnos a discutir sobre nuestro pasados…, se trataría, en fin, de imitar la gran modestia intelectual de Julián Juderías en los inicios de su libro, quien vuelve su mirada a la primera gran obra de Menéndez Pelayo, que a su vez retomaba las grandes críticas de Forner y otros contra los enciclopedistas franceses por negar cualquier aportación de España a la cultura. Por cierto, ese debate sobre la ciencia en España, junto al que se dio entre Sánchez Albornoz y Castro sobre el ser de España, siguen siendo las dos grandes discusiones filosófica de nuestra época.

Más de cien reconstrucciones sabias y rigurosas de la polémica de la ciencia se han hecho en la historia de la filosofía española contemporánea. No quiero entrar aquí en ninguna de ellas, aunque siempre destacaré por su capacidad sintética la llevada a cabo por Pedro Laín Entralgo, ni siquiera deseo escribir sobre el fondo de la polémica de la ciencia que enfrenta a don Marcelino con el krausismo positivista y el neoescolasticismo más cerril, tampoco diré nada contra quienes han visto en don Marcelino una tercera vía para resolver la discusión sobre la ciencia en España, etcétera. Sólo deseo referirme a uno de los aspectos más criticados de la obra de don Marcelino, a saber, su inventario bibliográfico, pero antes debo recordar para el buen gobierno personal de quienes se enfrentan hoy a la Leyenda Negra contra España cuál es el centro de la aportación de Menéndez Pelayo al debate sobre la ciencia: los fanatismos españoles, de los reaccionarios y de los innovadores, contra España se inspiran en lo que dicen "libros extranjeros". En otras palabras, quien cree que inventa algo, cuando dice que lo peor viene de nuestros intelectuales e historiadores que se creen la "leyenda negra", es que no ha leído jamás a don Marcelino Menéndez Pelayo. He aquí completa la cita de un joven filósofo, un sabio, quien con apenas veinte años levanta acta, en 1876, del principal problema de la ciencia española. Perdónenme su largura, pero hoy, seguramente, más que ayer se requiere de este tipo de diagnósticos para curar la herida del pensamiento español: "Dolíame (allí) del lamentable olvido y abandono en que tenemos la glorias científicas nacionales, en especial las filosóficas, abandono y olvido que, entre otros daños de menor entidad, trae el gravísimo de mantener a nuestra patria falta de todo carácter propio en las modernas evoluciones del espíritu humano, dejándonos a merced de cualquier viento de doctrina que sople de extrañas tierras, y siendo causa eficacísima de la anarquía y el desconcierto que hoy nos aqueja y lleva trazas de prolongarse, si Dios no lo remedia. Él solo sabe si es útil o dañoso el sesgo que al presente llevan ciertos estudios en España, y si el mejor antídoto contra la exageración innovadora la exageración reaccionaria. Lo que sí puede afirmarse es que ambos fanatismos se inspiran en libros extranjeros, por más que uno y otro sean de antiguo abolengo en nuestra historia filosófica".

¿Qué decir del inventario bibliográfico de don Marcelino para mostrar que existe ciencia en España? En muchos aspectos aún no ha sido superado. Así de sencillo y así de trágico. Se reía Ortega de ese inmenso trabajo bibliográfico. Terrible. Hoy nos toca a nosotros reírnos de Ortega. Estaba obnubilado en esa época por el neokantismo. Pobre, joven Ortega, tan cerca de la sabiduría y a veces tan lejos de la historia de España. Seamos honestos. Resaltemos lo inmediato. Don Marcelino construye en soledad, y a la vez que escribía sobre otros asuntos, un inmenso catálogo bibliográfico aún vigente. Entre la Biblioteca de Alejandría y Google Books, don Marcelino construyó a finales del XIX la mayor biblioteca del mundo para que los españoles no sintieran complejo de inferioridad sobre sus aportaciones a la cultura universal, y lo presentó con la modestia del genio: "El adjunto inventario no abarca, ni pretende abarcar, todo el riquísimo conjunto de la ciencia española, sino solamente dar idea muy somera de los inexplorados tesoros que en ella se encierran. Este índice se titula Bibliográfico, por habernos parecido el título más modesto; pero, en rigor, comprende algo más y algo menos de lo que se se exige a la pura bibliografía". Con este inventario se adelantó, otra vez, el bueno de don Marcelino a los cien proyectos de las últimas décadas para poner todos los libros a la mano, electrónicamente, desde el Proyecto Gutenberg hasta Google Books, pasando por la nueva Biblioteca de Alejandría, el Proyecto Perseus y Amazon, pero se siguen riendo del más grande bibliotecario que ha dado España.

En fin, mi querido doctor Cidad, si algún desnortado te habla de un dogmático ultracatólico, ultramontano e intransigente don Marcelino, recuérdale sus palabras de 1887, corresponden a la advertencia preliminar que escribió para Ciencia española:

"He vuelto a leer estas cartas diez años después de su publicación, con la frialdad de quien lee cosa ajena, y no he encontrado en ellas verdadera injuria personal ni expresión alguna que pueda desdorar el crédito moral de ninguno de mis adversarios.

En esta parte estoy tranquilo, y si añado que ellos se mostraron en la polémica tan duros y violentos como yo; que por añadidura escribí estas cartas a los veintiún años, sin conocer del mundo y de los hombres más que lo que dicen los libros, creo que ni aún los más severos han de negarme su indulgencia (…). Lo más duro, lo más violento que hay en mis artículos, nace del ardor de mi convicción personal, avivada al choque y contradicción de las ideas opuestas.

Yo peleaba por una idea; jamás he peleado contra una persona ni he ofendido a sabiendas a nadie. Y la mejor y última prueba que puedo alegar de esto, es que todos mis contradictores han sido amigos míos después de esta controversia, y lo fue muy íntimo, dejándome con su muerte imborrable recuerdo y amarguísimo duelo, aquel gran crítico Manuel de la Revilla, en cuyo generoso espíritu no quedó ni la más ligera sombra de rencor después de nuestro combate literario, sino afectos de simpatía, confirmados luego por el lazo estrechísimo con que liga a sus miembros la institución universiataria, haciéndolos, más bien que compañeros, hermanos".

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