Don Marcelino en la Española

Agapito Maestre

El doctor Cidad, antes de incorporarse a su clínica en Machupichu, asistirá a un Congreso de Odontología en Santo Domingo (República Dominicana). Me pide algunas sugerencias sobre el pasado de esta isla en la obra de Menéndez Pelayo. No dudo un instante y le recomiendo el capítulo cuarto de su Historia de la Poesía de Hispano-Americana. Esta obra aún es relevante para entender no solo el pasado sino sobre todo el presente de toda la América española. Surgida para conmemorar el cuarto centenario del descubrimiento de América, su primer título fue Antología de poetas hispano-americanos publicada entre 1893 y 1895, y aunque sólo recogía composiciones líricas, las introducciones contienen, dice con gran humildad don Marcelino, suficientes noticias sobre los poetas épicos y dramáticos para que puedan estimarse en conjunto como una historia bastante minuciosa de la poesía castellana en América.

En verdad, esas introducciones, recogidas en 1911 con el título de Historia de la Poesía de Hispano-América, constituyen una genuina historia cultural de la América española. Quien entre en este libro sin prejuicios "literarios" y políticos, pronto observará que la historia de la literatura es desbordada por la perspectiva humanística adoptada por don Marcelino; unas veces parece que estamos leyendo una genuina historia social y política de buena parte de la literatura en lengua española en Hispanoamérica, y en otras ocasiones nos sentimos participando del nacimiento, génesis y desarrollo de las nuevas naciones políticas surgidas de las guerras civiles entre los españoles de América. Las contradicciones y las paradojas de esos procesos son analizados con sutileza y precisión. Los vínculos, las relaciones, los encuentros y los desencuentros entre la creación literaria y las instituciones políticas, sociales y culturales de la América española, desde el descubrimiento de América hasta la caída del Imperio español, son presentados, estudiados y enjuiciados con tanta inteligencia que aún hoy son imprescindibles para llevar a cabo una historia global de Hispanoamérica.

La Historia de la Poesía de Hispano-América es todavía, y cuesta decirlo, la más completa historia cultural de Hispanoamérica. Ni las visiones generales y, sin duda alguna, loables de Pedro Henríquez Ureña, Alfonso Reyes, José Vasconcelos, Mariano Picón Salas, Octavio Paz, Germán Arciniegas, Zavala, O´Gorman, Zea y otras por el estilo sobre la historia cultural de la América española han conseguido superar la obra de Menéndez Pelayo. No se trata de una concepción de la historia de la literatura amplia, es decir, llena de referencias a las universidades e instituciones de socialización educativa y cultural, a la imprenta y a los libros, a la actividad científica y al pensamiento filosófico, y a otras actividades artísticas y a la prensa, sino de la construcción de una historia literaria y cultural como fundamento de la historia política y social de Hispanoamérica.

Aconsejo, pues, este libro al Brujo de Villahizán, naturalmente, por sus juicios estrictamente literarios sobre los poetas en lengua española de América, pero sobre todo porque es una manera artística, o mejor, humanística de acercarse a la América española. Este libro revela con sencillez que la aproximación a la historia de la literatura no puede desvincularse de la historia política y social de la sociedad hispanoamericana. Menéndez Pelayo construye un relato bellísimo sobre la historia del Imperio español y su proceso de fragmentación a partir de la historia de la literatura. Algunos de sus estudios son una síntesis artística de la historia social (sic) de la literatura de Hispanoamérica. Este libro es, dicho con brevedad, el mejor ejemplo de análisis humanístico de la literatura española en América. A pesar de notables excepciones, este modelo de crítica literaria desafortunadamente no ha sido ensanchado y prodigado en nuestro tiempo; al contrario, la incultura de las "facultades" de Humanidades, Filosofía y Filología de la Universidad del siglo XX ha tratado por todos los medios a su alcance de desacreditarlo y estigmatizarlo. Aún está por estudiarse el valor del análisis humanístico, o sea, la compenetración y, a veces inseparabilidad, entre los análisis históricos, filosóficos y literarios de don Marcelino para renovar los estudios de las Humanidades en España.

Con esta obra don Marcelino ha construido una grandiosa y placentera meta-bibliografía, porque recoge fuentes directas en cada época histórica a la par que da noticias permanentemente sobre dónde deben ser estudiadas. Es una obra clave para iniciar investigaciones contemporáneas sobre América y, además, es fuente de sabiduría sobre la cultura española en el mundo. Su analítico afán de investigación se convierte en una poética síntesis sobre la literatura española de América. Este tipo de historia cultural es un género literario en sí mismo que abarca a la historia de la poesía y su crítica. Materia y cultura literarias, por decirlo con Alfonso Reyes, caminan juntas en toda la obra. Esta poética antología de poetas es insuperable como meta-bibliografía, o mejor dicho, aún no ha sido superada como obra de conjunto. No ha dejado de ser nunca un punto de partida de todas las investigaciones sobre la poesía hispanoamericana. Tiendo a pensar que su antología superó, obviamente, todas las anteriores, entre la que destacaba la América Poética, editada en 1846, de Juan María Gutiérrez, y ninguna de las posteriores, incluidas las llevadas a cabo en las últimas décadas, puede comparársele ni en cantidad ni en los criterios estéticos y humanísticos utilizados por don Marcelino.

El mundo selvático y enmarañado de las miles de antologías poéticas, casi tantas como constelaciones de poetas, se me hace fácil y ordenado, cuando leo la escrita por don Marcelino Menéndez Pelayo sobre los poetas hispano-americanos. Todo lo que me parecía oscuro se pone en claro y lo opaco se hace transparente. La sencillez de su prosa, en donde el estilo vuelve a pasar desapercibido, es un estímulo artístico para leer sin parar sobre sobre las diferentes épocas de la poesía lírica en América. También esta obra, como casi todas las suyas, puede estudiarse en una triple perspectiva. Contiene fuentes, es decir, recoge una gran colección de materiales para investigar sobre la literatura española en América. Es una introducción general ineludible para quien desee enterarse de la literatura en la América española. Y, finalmente, se muestran criterios críticos muy bien fundamentados para hacerse cargo de la cultura de América a través de la literatura.

Espero que el Brujo de Villahizán halle con facilidad esos aciertos, cuando lea el capítulo que la Historia de la Poesía de Hispano-América dedica a "Santo Domingo". Pero por si acaso requiriese de un leve apunte, ni siquiera guía, para estimular sus amplias entendederas lectoras, aquí va el mío. Podrá enterarse con facilidad sobre el cariño que sentía Colón por esta isla; entenderá cómo y porqué la isla fue despreciada por España, llamándose la Española, en diferentes etapas de su historia; sus costas fueron codiciadas por piratas, corsarios bucaneros, filibusteros y otros ladrones de mar, por no hablar de los de tierra; don Marcelino cuenta con sencillez cómo se dividió la isla y apareció Haití; explica las "vicisitudes políticas y cambios de dominio por que atravesó la isla durante el siglo XVIII, y especialmente en el período de la revolución negra de Haití"; critica con precisión el tratado de Basilea, un "acto odioso e impolítico de la cesión de la parte española de la isla", y la lucha de los españoles-dominicanos contra los franceses, en 1808, que, "a despecho del tratado de Basilea, permanecían fieles a la bandera española".

Estoy convencido de que el doctor Cidad también encontrará apasionante la descripción de don Marcelino sobre la fidelidad de una raza, de unos españoles, a sus orígenes; estos hombres y mujeres, a pesar de sus "elites" políticas, querían seguir siendo españoles, y soportaban sus sufrimientos contra la dominación francesa, que nunca consiguió arraigar, escribiendo poemas, tratando de ilustrarse con autores como Muñoz del Monte, y luchando más solos que la una, porque "separada Santo Domingo de la metropolí, en 1821, sin que nadie se enterase en España, donde se daba la isla por totalmente perdida hacía mucho tiempo, cayó bajo la feroz dominación de los negros de Haití, que durante veintidós años la secuestraron de la civilización europea, e intentaron borrar todas las huellas de su pasado, hasta el punto de prohibir el uso oficial de la lengua castellana". Imagino que mi amigo Ángel leerá con fruición la narración de don Marcelino sobre la liberación de los dominicanos de la tiranía de los haitianos, mezcla de galo y etíope, y la fundación de la República Dominicana por don Juan Pablo Duarte, que recibió toda su educación en España; y sentirá tristeza, cuando lea la noticia de la guerra, entre 1861 y 1865, por la reincorporación de República Dominicana a España, después de diez y siete años de laborioso y durísimo aprendizaje de un nuevo país, "poco o nada favorables al desarrollo de la literatura", la excepcionalidad y complejidad de dicho acontecimiento aún no ha sido estudiado como se merece por la historiografía contemporánea, y, hoy como ayer, la mayoría de los españoles no saben nada de esa guerra…

No quiero cansar con nombres de autores estudiados por don Marcelino en este capítulo, pero no puedo dejar de recordar el primero que menciona en el lejano y, a veces tan cercano, siglo XVI; comienza su relato sobre la Dominicana, la isla Española, la Primada de las Indias, la predilecta de Colón, con un tono pesimista para expresar que no ha sido el lugar más agraciado literariamente en la historia de España en América: "Aquélla a quien el cielo pareció conceder en dote la belleza juntamente con la desventura, no puede ocupar sino muy pocas páginas en la historia literaria del Nuevo Mundo". Pero al instante, sin dejarnos caer en el desanimo, corre su pluma con gracia para presentarnos a uno de los personajes más fascinantes de la historia española entre los límites de la Edad Media y los umbrales de la modernidad. Extiende don Marcelino su amplio capote literario y recibe al morlaco de la Española por verónicas: "Y sin embargo, la cultura intelectual tiene en esta isla orígenes remotos, inmediatos al hecho de la Conquista; puesto que Alcaide de la fortaleza de Santo Domingo fue el capitán Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés. Se trata de uno de los grandes cronistas de España en las Indias su Historia general y natural de las Indias es todavía un tesoro inacabable de memorias, que otro varón de más letras y más severo gusto hubiera dejado perderse, no sin grave detrimento de la futura ciencia histórica, que de todo saca partido, y muchas veces encuentra en lo pequeño la revelación de lo grande".

En fin, cierra el capítulo con una reflexión inolvidable: "Nadie puede exigir modelos de gusto a una literatura naciente, y formada en condiciones tan adversas (…). Pero lo que segura y positivamente quedará es el memorable ejemplo de un puñado de gentes de sangre española, que olvidados, o poco menos, por la metrópoli desde el siglo XVII (…), han resistido a todas las pruebas, han seguido hablando en castellano, han llegado a constituir un pueblo; han encontrado, en medio de las durísimas condiciones de su vida, algún resquicio para el ideal, y tarde o temprano han tenido poetas".

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