Cossío y Clarín al rescate de don Marcelino

Agapito Maestre

"Es grandioso don Marcelino", me escribe el brujo de Villahizán por email, "si es verdad el aserto de Dámaso Alonso": No existe página baladí en su obra. Pero, en verdad, me pregunta el doctor Cidad con su trabajada ingenuidad, "¿tú crees que no hay una sola página insustancial, superficial y nimia en toda su obra?" Me pone en un brete el interrogante. Quizá se encuentre alguna innecesaria de las miles y miles que ha escrito, pero, entre las que yo he alcanzado a leer, no quitaría ninguna. Uno puede llevarse más de una sorpresa. Todas las páginas tienen sentido. Todas contribuyen a conformar una unidad, un vínculo, cuasi poético, de su obra. Diría que todas están perfectamente entrelazadas. Son propias de una mente ordenada poéticamente. Nada más exacto que un verso. Un poema. La exactitud lírica, cuyo origen está en el conocimiento de los clásicos greco-latinos, no es sólo un hilo subterráneo que recorra todas sus páginas y relacione una obra con otra, sino que es una perfecta trabazón entre las partes de un todo. Es una red delicada, tejida paciente y rigurosamente por don Marcelino. Es algo más que un estro lírico de un humanista. Es una obra poética. Entres por donde entres, todas sus páginas acarician al lector y lo atrapan con su narración.

Además, si uno lee con asiduidad en diferentes libros de don Marcelino, comprobará fácilmente que, a veces, los mismos personajes, parecidos acontecimientos, ciertas narraciones, la descripción de hechos y análisis aparecerán en diferentes contextos con nuevos matices. La obra se enriquece a medida que avanza. Pondré un sencillo ejemplo: cuando uno ha terminado de leer el elogio, de don Marcelino a Pérez Bonalde, uno de los muchos traductores que ha tenido Heine en español, no puede pensar que aparecerá este personaje y hasta la misma idea en otra obra y circunstancia radicalmente diferentes. Pero aparece, ya lo creo que aparece, y enteramente renovado: ya no se habla solo del traductor sino del poeta. Pérez Bonalde, de quien don Juan Valera tenía una opinión menos positiva que su amigo Menéndez, es citado con gran cariño por don Marcelino, en su Historia de la Poesía de Hispano-América no sólo por haber vertido en español la poesía de Heine, sino también por ser uno de los buenos poetas de Venezuela:

"Un ingenio germánico por las ideas y la educación, aunque meridional por lo impetuoso de los afectos, víctima dolorosa de las contradicciones intelectuales de nuestro siglo, dio cuerpo y voz en su poesía elocuente y sincera al fervoroso anhelo del ideal y a la negación pesimista, que alternativamente invadían su alma atormentada y caliginosa. Y no sólo fue poeta original, sino profundamente versado en la lengua alemana: trasladó a nuestra lengua todo el Buch der Lieder, de Enrique Heine, invirtiendo muchos años en dar a su traducción el mayor grado de exactitud posible, y llegando muchas veces a remedar el metro, la rima, la disposición de las estrofas y hasta la colocación de los acentos. Llamóse J. A. Pérez Bonalde: fue amigo mío: me honró en 1885 con la dedicatoria de su mejor trabajo literario". [1]

Estilo, voluntad y perseverancia poética sobran en la entera obra de don Marcelino, pero siempre fue visto, o peor, desconsiderado injustamente por la "frialdad" de su erudición. Algo que jamás existió. Curioso. Creo que acusarlo de "frialdad" era la mejor forma que tenían sus adversario de esconder lo obvio: estamos ante el más grande erudito de Europa con alma artística. Poética. Tanto en su época como posteriormente pocos fueron capaces de estudiar cuál era la urdimbre de su alma.

Leídos los anteriores comentarios por mi amigo Ángel, que sigue de vacaciones por tierras de Santander, no puede dejar de hacerme la siguiente observación:

-"De acuerdo", remarca el doctor Cidad, "don Marcelino tuvo alma de poeta. Amó la poesía. Escribió y escribió sobre la poesía del mundo grecorromano, sobre los poetas líricos castellanos y de Hispano-América, etcétera. Pero tengo la sensación de que él no era un gran poeta".

- "Depende de la concepción que uno tenga de la poesía", respondo.

Esa fue la línea argumentativa que utilizó Cossío para rescatar de tanto desdén no sólo la poesía de Menéndez Pelayo sino el alma lírica de toda su obra. No sé, ciertamente, si mi perorata conseguirá convencer a mi amigo Ángel, fino catador de los poetas del 27, de las bondades de su poesía, pero yo puedo asegurarles que algunas críticas contra su obra, lejos de distraerme y alejarme de su humanístico ámbito, me lo hacen más próximo y cercano. Ni Gerardo Diego ni Dámaso Alonso ni la entera Generación del 27, de la que me considero su primer admirador, han conseguido que yo niegue al primer poeta clasicista del siglo XIX. No es necesario desnudar un santo para vestir a otro. Por cierto, ha sido José María de Cossío, cabeza principal para conformar los inicios del grupo poético del 27, quien me da la clave para volver al poeta Marcelino Menéndez Pelayo: "Mi libro", se refiere a su documentado y bellísimo libro Cincuenta años de poesía española (1850-1900), publicado en 1960, "se acerca con humildad y respeto a estos poetas. No es ciertamente el trato que vienen soportando, puede decirse que los cincuenta y más años que tiene de vida nuestro siglo". [2]

Humildad, respeto y rigor, sobre todo, "el rigor más tolerante" exigía Cossío, en 1946, para acercarse a la figura y la obra de don Marcelino Menéndez Pelayo. Es la única manera de no "convertir", según Cossío, "al español más humano y de pensamiento más idóneo para construir el lazo de unión de todas las disconformidades españolas en guerrillero tosco y agresivo al servicio de un sector reducido de intérpretes de la tradición o el españolismo." [3] Era y es, naturalmente, la mejor forma de dar al traste con las numerosas antologías que "corren por España de su obra en las que, despiezándola arbitrariamente y aproximando fragmentos orgánicamente independientes de ella, se trata de forzar una posición favorable a tal partido, capilla o secta". [4]

También por eso, por no caer en las arbitrariedades cometidas por los poetas de los primeros cincuenta años del siglo veinte con los de la segunda mitad del diecinueve, escribió dos volúmenes dedicados a la poesía de esa época, donde ocupaba un puesto relevante don Marcelino. Cossío, hombre polifacético en sus ideas y costumbres, gran amante del fútbol -fue presidente del Racing Club de Santander, directivo del Barcelona FC-, director interino de la biblioteca Menéndez Pelayo entre 1930 y 1931, uno de los mejores y el más sabio aficionado de la fiesta brava de todos los tiempos, un extraordinario cultivador de la amistad, de la que formaba parte el poeta Miguel Hernández que colaboró con él en la enciclopedia Los Toros, quiso hacer justicia a la poesía de Menéndez Pelayo. Y creo que hizo. La suya fue justicia poética, y, además, mostró con sencillez magisterial la principal lección de la labor humanística de don Marcelino. Consiguió Cossío con gran humildad, respeto y rigor rescatar a don Marcelino del pozo en que lo habían situado quienes lo odiaban como erudito y artista. Justificó con solvencia la licitud, e incluso la grandeza, de don Marcelino a la hora de emplear toda su sabiduría humanística para escribir poesía. Porque don Marcelino era un sincero enamorado de la belleza antigua, de la belleza, canta la sobriedad, la serenidad, la templanza, la mesura y la pureza del gusto de los clásicos grecolatinos.

Y cuando no los canta, los traduce con poesía. Ahí reside su privativa y singular originalidad:

"Canta a los propios poetas (griegos y romanos) caracterizándolos poéticamente con un solo rasgo, muchas veces, que vale por una lección sobre su poesía. Cuando trata de repetirlos no les imita, les traduce. Y casi siempre con plena comprensión del carácter y el estilo del modelo".

En esto consiste su grandeza poética y, sin duda alguna, aquí está el límite de sus lectores; quien conozca el mundo maravilloso de la antigüedad greco-latina, que inspira al poeta, podrá llegar a disfrutar de lo íntimo y vivo de sus poesías, traducciones y comentarios; por el contrario, quien desconozca la belleza y verdad del mundo clásico, apenas comprenderá nada. "Pero esto nada arguye contra el poeta", concluye con inteligencia y sensibilidad Cossío, "y sí contra la ignorancia del lector". [5] Don José María Cossío bien sabía lo que decía, entre otras razones, porque había leído mucho y bien la crítica de Clarín, el gran Leopoldo Alas (Clarín), el crítico literario extraordinario, aparte de novelista, de la poesía de su amigo Menéndez Pelayo. Desprecia Clarín a quienes acusan de erudito a don Marcelino, y se rebela contra los revisteros que "dicen que Menéndez Pelayo, en sus Odas, Epístolas y Tragedias, es frío, demasiado sobrío, oscuro… sobre todo, oscuro. Por ejemplo: ¿Qué quiere decir esto?

¡Dísticos vengadores de Tirteo,
Que del duro Lacón el pecho inflaman
En la feroz Mesénica contienda!

Y, en efecto, todo eso debe ser oscuro cuando se ignora la historia de Grecia.

A Dios gracias, Menéndez Pelayo no piensa, al escribir en agradar a esos críticos, que no saben más griego que el de El Joven Telémaco, de Blasco". [6]

Menéndez Pelayo, el humanista, el sabio enamorado de la antigüedad y el Renacimiento, no puede renunciar a su sabiduría. Toda su poesía, desde su poema heroico en octavas reales de 1871, dedicado a Alonso de Aguila en Sierra Bermeja, pasando por su Epístola a Horacio y por sus sonetos amorosos dedicados a I. M, hasta sus Odas, epístolas y tragedias, escritos con más espontaneidad, pasando por sus Estudios poéticos de 1878, son dependientes de la eterna actualidad del clasicismo: "Normas que, por parecer anacrónicas en todas las épocas, con la perspectiva del tiempo las vemos en todas actuales". [7]

Los temas, el carácter y la intención del poeta son extraídas de esa tradición grecolatina, cuya cifra final es, lo contrario del romanticismo, o sea pasión contenida. Serenidad y equilibro del espíritu, mesura de expresión que jamás excluyen las pasiones más intensas, son los factores de esa eterna actualidad de los que los desvelados por las novedades de cada día tienen por marchito y pasado es a lo que llama Cossío clasicismo, cuyo maestro principal en España es Menéndez Pelayo.

Clasicismo, la imperturbable serenidad y la mesura

El clasicismo, la imperturbable serenidad y la mesura son derivados de su inmensa cultura sobre el mundo antiguo. Sin esa paideia es imposible abordar el mundo, la naturaleza y la vida. No existe, o mejor, no puede haber una visión directa de la vida para el poeta clasicista:

"Entre el poeta y la naturaleza (la vida) siempre se interpone el mundo que teje la griega fantasía y que reproduce la imaginación latina. Rara es una visión directa del mundo en su poesía".[8]

Su poesía y, naturalmente, todo su pensamiento sobre la naturaleza estaba mediado por su inmensa cultura, como la llama Cossío, libresca. También la historia, incluidas la historia de la literatura y de la filosofía españolas, y de toda la historia del arte español, es imposible entenderla sin este espíritu poético. No es la investigación de la verdad del hecho histórico, como dice Cossío, materia que don Marcelino creyera reservada para él, sino penetrar en el espíritu español con pasión de obsesionado, o sea, más que la historia de un personaje, o un suceso, le interesaba "las interpretaciones que de su carácter dieran sucesivos narradores". No se conformaba con un dato. Buscaba la verdadera historia de la sensibilidad española. Era un artista. Un poeta.

Una opinión parecida a la de Cossío es la de Guillermo de Torre. Este extraordinario crítico literario, enamorado de la Fuente Agria de mi pueblo, hijo de un notario de Puertollano, cuñado de Borges, gran editor de Losada en la posguerra, escribió desde el exilio:

"Porque don Marcelino era, a no dudarlo, sustancialmente un artista. Llevaba el fuego creador, demiúrgico, en sus venas. Sólo así pudo lanzarse a la titánica empresa de reconstruir -redescubrir, y aún inventar, diríamos, apurando la concatenación de conceptos- la historia de la cultura española. Pues su capacidad reconstructiva de tiempos pretéritos era pareja -sino mayor- que la de un Mommsen, un Gibbon, un Burckhardt, un Macaulay". [9]

Pero de todo esto, especialmente de la opinión del ultraísta de mi pueblo sobre el poeta don Marcelino, querido amigo Ángel, te hablo otro día. Mientras tanto, aquí te dejo unos poemas del amante de la belleza clásica. Ojalá te gusten. Quien me ayudó a seleccionarlos, persona de buen gusto, dicen que son como el Escorial: sólidos y bellos.

A Epicaris

Soñé, mi amada, en la ideal belleza,
Fuente de toda luz y toda vida,
Que de Dios en la mente concebida

Es arquetipo de inmortal grandeza.

Y yo la contemplaba en su pureza,
De veste candidísima ceñida,
En la tierra su planta sostenida,
Oculta entre las nubes su cabeza.

Espíritu celeste, alma del mundo,
Que presta al orbe su fecundo aliento,
Soplo que anima la materia impura;

Y al despertar de sueño tan profundo,
Vi encarnarse y tomar forma y acento
La belleza ideal en tu hermosura.

En el abanico de la mujer de Pereda

Por el perfume de azahar difuso,
El naranjo escondido se revela;
El pebetero con olor profuso,
Denuncia los tesoros que en sí cela;
El alma donde Dios su huella impuso
A otra alma rige y en sus obras vela;
Si en sus obras hay luz, paz y hermosura,
Es porque emanan de otra luz más pura.

A...

¡Ojalá cada sol que te amanezca
Aún más hermosa y más feliz te mire!
¡Nunca tu frente oprima
El demonio tenaz del pensamiento,
Ni blando rostro, halagadora risa,
Hielen en ti la flor del sentimiento!
No llorarás por ti, serás dichosa;
Mas no a la compasión tu ánimo cierres,
Porque en llorar con el dolor ajeno
Hay alto y melancólico placer.

Elegía Fragmento

¡Morir, no en celda estrecha aprisionado,
Sino a la luz del sol del Mediodía,
y sobre el mar que ronco festejaba
El vuelo triunfador del alma regia,
Subiendo libre al inmortal seguro!
¡Morir entre los besos de su madre,
En paz con Dios y en paz con los humanos,
Mientras tronaba desde rota nube
La bendición de Dios sobre los mares!

He ahí los versos finales, un fragmento, de una elegía que Clarín leía y volvía "a leer cien veces hasta aprenderla de memoria, y no sé que sea duro, frío, rebuscado ni oscuro. Todo es luz y armonía, tristeza verdadera, expresada con calor, con verdad, sin que para esto estorbe la limpia nobleza de la frase". [10]


[1] MENÉNDEZ Y PELAYO, M.: Historia de la Poesía de Hispano-América. Tomo I. Librería General de Victoriano Suárez. Madrid, 1911, pág. 415.

[2] COSSÍO, J. Mª: Cincuenta años de poesía española (1850-1900). 2 vols. Espasa Calpe, Madrid, 1960, vol, I, pág. 8. Las cursivas son mías.

[3] COSSÍO, J. Mª: "Biografía y símbolo de Menéndez Pelayo", pág. 89, en VARIOS: Estudios sobre Menéndez Pelayo. Editora Nacional, Madrid, 1956.

[4] Idem.

[5] Cossío, J. Mª: Cincuenta años de poesía española (1850-1900), vol. 1, op. cit., pág 710.

[6] MENÉNDEZ PELAYO, M./ALAS, L. (Clarín). Epistolario. Ediciones Escorial/Editora Nacional. Madrid, 1943, pág. 141.

[7] Ibidem, pág. 676.

[8] Ibidem, pág. 708, y "Biografía y símbolo de Menéndez Pelayo", op.cit., pág. 75.

[9] DE TORRE, G.: "El titán y los libros", en Varios: Estudios sobre Menéndez Pelayo, op. cit., pág. 165. Es imprescindible para una acercamiento artístico a don Marcelino el libro de DE TORRE, G.: Menéndez Pelayo y las dos Españas. Patronato hispano-argentino de cultura. PHAC, 1943; de este libro hace un elogioso artículo REYES, A.: "Reconciliación de Menéndez Pelayo", en O.C. IX,. F.CE., México DF., 1959, págs. 407 y ss. Cfr. REYES, A./DE TORRE, G.: Las letras y la amistad. Correspondencia (1920-1958). Edición de Carlos García. Pre-Textos, Valencia, 2005.

[10]Epistolario de Clarín y Menéndez Pelayo, op. cit., pág. 145.

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