La felicidad en Villahizán

Agapito Maestre

Tener tiempo para leer a Marcelino Menéndez Pelayo no es una definición del placer sino la constatación de la felicidad. Ésta es la conclusión de su primer día de vacaciones en Villahizán, su pueblo, noble villa de la provincia de Burgos, de mi amigo Ángel, quien me escribe una crónica de sus lecturas para solaz de este escribiente. Este verano ha comenzado con la respuesta de don Marcelino al discurso de entrada en la Academia de don Benito Pérez Galdós. Me recuerda mi amigo el final de la réplica:

Su fecundidad [de Galdós] es signo de fuerza creadora, y solo por la fuerza se triunfa en literatura como en todas partes.

Después de transmitirme el encantamiento, la deliciosa transformación de su alma y cuerpo, que le ha provocado la prosa de Menéndez Pelayo, se dedicará todo el verano a leerlo. No quiere salir del hechizo. Parece que Ángel, odontólogo de profesión y de vocación, un humanista de verdad que nos deja a todos con la boca abierta con su entusiasmo y tesón, ha hallado al autor ideal para pasar unas buenas vacaciones. Se ha quedado enganchado en la lectura de un clásico (sic) contemporáneo. Genial. La agudeza de sus conceptos y la belleza de su exposición son, según me sugiere mi corresponsal, determinantes para explicar su feliz encantamiento del que me quiere hacer partícipe.

Le doy las gracias a mi amigo por su crónica, desde Villahizán, una invitación en regla, y cuando más lo necesitaba, para convertirme en un participante feliz de una experiencia lectora de un genio español, don Marcelino Menéndez Pelayo. Y, de paso, le cuento que también a mí me sucede algo parecido, cuando leo algo que me gusta. Sí, quiero que mis amigos compartan mi felicidad. Creo que eso se llama el boca a boca, o mejor, de la boca a la oreja. Don Marcelino es de esos autores que se leen por placer y, además, queremos que lo lean nuestros amigos para que disfrutemos juntos. Les contaré brevemente uno de mis felices diálogos con el santanderino, pues que, al fin, leer es charlar con un gran escritor para pasar el rato sin otra ocupación que la propia charla.

Una mañana estaba releyendo una excelente biografía sobre Emilio Castelar, de Carmen Llorca, magnífica historiadora y escritora, cuyo final no desequilibraba la entera arquitectura de su libro sino que lo ensalzaba. Coronaba Llorca la bella composición de su biografía con estas líneas:

La belleza de su expresión limaba las aristas del mundo que se rompía para dar paso alegremente a un mundo nuevo. Dijo un día: "Más allá de donde estoy…, más allá está el abismo". Conocía el poder de la nueva democracia, una democracia cristiana que defendió entonces frente a todos: "Yo creo, he creído, creeré toda mi vida en la armonía entre el cristianismo y la democracia, entre la religión y la ciencia". Este fue Castelar. La combinación de un gran historiador que ve el futuro y de un hombre de gobierno que no puede convencer a su época para ayudarla a recibir ese futuro. Mas si su generación vivió y sintió la emoción de escuchar a un gran orador, ahora se tiene la impresión de que fue un profeta.

Al instante tuve la necesidad de contrastar esa imagen de orador y profeta, sin duda alguna brillante, de Castelar que me daba Llorca con la ofrecida por Menéndez Pelayo en su Historia de los heterodoxos:

En cada discurso del Sr. Castelar se recorre dos o tres veces, sintéticamente, la universal historia humana, y el lector, cual otro Judío Errante, ve pasar a su atónita contemplación todos los siglos, desfilar todas las generaciones, hundirse los imperios, levantarse los siervos contra los señores, caer el Occidente sobre el Oriente; peregrina por todos los campos de batalla, se embarca en todos los navíos descubridores, y ve labrarse todas las estatuas y escribirse todas las epopeyas.

Seguí leyendo, o sea disfrutando, y volví a releer las tres o cuatro páginas que en esta obra dedica a Castelar, y al final llamé a un amigo, un catador extraordinario de buena literatura de la escuela de Roland Barthes, no para que me diera su juicio sino para que gozara conmigo. Me escuchó con paciencia al otro lado del hilo telefónico y concluyó: "Son extraordinarias esas líneas. Debería ser una obligación escribir bien".

Tiene toda la razón el seguidor de Barthes. La escritura de don Marcelino debería ser algo más que una invitación a la buena literatura. Debería ser un imperativo moral para nuestro tiempo. Escribir con su sencillez debería ser norma eterna del arte de la escritura. Curiosamente, el ideal estético de toda su obra, escribir con sencillez y pureza, contrastaba con la retórica y la oratoria de Emilio Castelar. Y, sin embargo, Menéndez Pelayo, lejos de estigmatizar la oratoria del político, extrae de ella oro. Ya digo, un genio.

En fin, a la espera de la próxima crónica de mi amigo hizanés, también conocido en la zona por el apodo de El Brujo, me despido con una recomendación de un libro del mayor crítico literario de España, don Marcelino, entre toda la inmensa obra de don Benito:

Pero hay entre estas novelas de Galdós una que para nada necesita del apoyo de las demás, sino que se levanta sobre todas ellas cual majestuosa encina entre árboles menores, y puede campear íntegra y sola, porque en ninguna ha resuelto con tan magistral pericia el arduo problema de convertir la vulgaridad de la vida en materia estética, aderezándola y sazonándola (como él dice) con olorosas especias, lo cual inicia ya un cambio en sus predilecciones y maneras.

Sí, porque "convertir la vulgaridad de la vida en materia estética" es vivir encantados, lean, o relean, Fortunata y Jacinta.

Nadie hable, pues, de desencantos en agosto, si tiene al lado un libro de don Marcelino y otro de don Benito. He ahí la felicidad completa para un verano entre brujos y viajes.

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