España sentenciada pero no vencida

Antonio Robles

Ahora que el Gobierno de Sánchez abandona a su suerte al Tribunal de Cuentas para tener dopados a los capos que le permitan seguir en la Moncloa, habríamos de preguntarnos hasta cuándo una nación ha de permitir que se sigan degradando sus instituciones. Es una pregunta que habríamos de habernos hecho hace mucho tiempo, no sólo ahora, cuando vemos las consecuencias de tanto abandono por tantos durante tanto tiempo. Quizás el único poder del Estado que se haya salvado de la crítica haya sido el Judicial. ¿Pero por méritos propios o por contraste ante tanto gañán Legislativo y Ejecutivo?

Sirvan estas andanadas para presentar un libro excepcional, España sentenciada pero no vencida, de Santiago Trancón. Nadie antes había rastreado las sentencias que la hicieron posible. Uno de tantos misterios del suicidio de esta nación. Y lo hago en este medio en el que escribo regularmente desde hace años, porque me ha sorprendido no ver ninguna reseña ni entrevista a su autor, pionero en desenmascarar la agenda ladina del nacionalismo. Tema que el propio Federico J. Losantos nos ha recordado con insistencia y la misma soledad mediática en esRadio a propósito de "la ensoñación". A veces, en esta vorágine de publicaciones donde parece que se lee más que nunca, tengo la sensación de que el postureo ha sustituido a la reflexión y ha tapado a los autores que escriben con su propia sangre. Como es el caso. Desde la redacción del lejano Manifiesto de los 2.300 en 1981, hasta esta España sentenciada de ahora.

Es un ensayo político que aborda un tema que nadie hasta ahora se había atrevido a encarar: la actuación del Poder Judicial durante los últimos cuarenta años a través del análisis de las principales sentencias referidas a Cataluña y el proceso autonómico. Me refiero a las llevadas a cabo por el Tribunal Constitucional, el Tribunal Supremo y el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña.

Desde la sentencia sobre la Loapa hasta la última del procés, que exculpa a los golpistas catalanes del delito de rebelión, el autor va diseccionando, con precisión de cirujano, la prosa y el contenido de las sentencias, desentrañando sus trampas y argucias jurídicas, el lenguaje intencionadamente críptico, ambiguo y confuso, con el que sus señorías tratan de encubrir las decisiones políticas, sin las cuales es imposible entender sus sentencias.

La conclusión es que, fruto de esas sentencias, el edificio constitucional y el Estado democrático que lo sostiene ha empezado a resquebrajarse y amenaza, no ya con acabar con nuestro sistema democrático, sino con la propia existencia de la nación española. Han sido los jueces, sentencia a sentencia, quienes han ido abriendo grietas en la Constitución, pervirtiéndola y facilitando la actual ofensiva separatista, amparada por una izquierda reaccionaria que parece haber sentenciado ya a España.

Precisa el autor que se refiere a una élite judicial, una minoría que controla los principales órganos de los jueces y que ya no se distingue del poder político y económico, a cuyo servicio está. Una oligarquía que hasta ahora se ha librado de la crítica social y que, abusando de su posición de respeto y prestigio, ha logrado borrar su enorme responsabilidad social y política, como último bastión que es, y en el que la sociedad confía, para poder resistir a los abusos del poder.

Como dice Juan Pablo Cardenal en su prólogo, se trata de un libro valiente y doloroso, pero imprescindible y totalmente necesario. Porque sí, ha habido muchos culpables de la situación a que hemos llegado, pero era necesario, para completar el cuadro, incluir esta pieza que faltaba. Y para que España, sentenciada por los separatistas y la izquierda hoy en el poder, no acabe siendo también vencida, necesitamos tomar conciencia y denunciar esa complicidad de los jueces, con la esperanza de que ellos también se rebelen e impidan la demolición del Estado y la Constitución que todavía nos amparan.

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