Maquiavelo. Nuestro contemporáneo

Agapito Maestre

Un adverbio y una frase son suficientes para seguir meditando sobre un valor de la historia de la civilización. Fue creado en la Florencia del siglo XVI. Maquiavelismo es su anfibológico nombre. El adverbio tiene su origen en el siglo  XVIII, y la frase es de nuestra época, si por tal se entiende los siglo XX y el actual. Fue quizá el gran invento del Renacimiento aún hoy vigente: el maquiavelismo. Sí, a finales de los años veinte del siglo XVIII, un monje benedictino, inteligente y sabio escritor, fijó para siempre la diferencia entre el hombre maquiavélico y el filósofo Maquiavelo. Le bastó al padre Feijoo un adverbio para acabar con los exabruptos, los lugares comunes y los prejuicios de una polémica que, desde la publicación póstuma de El Príncipe hasta nuestros días, persigue a los lectores de Maquiavelo. Todos sus seguidores, sin importarnos su bondad epistemológica o maldad moral, ni tampoco su sensibilidad ciudadana o el rango político que ocupen en la administración del Estado, quedan atrapados, o mejor dicho, quedamos primero aturdidos y, enseguida, orientados sobre la singularidad de la política. Quien lee a Maquiavelo, reconozcámoslo,  queda preso para siempre del maquiavelismo.

El genio de Feijoo nos propuso una salida estoica, en cierto sentido, maquiavélica: hagamos de la necesidad, sí, virtud. En el fondo, poco importa lo bueno o malo que nos haya sucedido; lo importante es que sepamos sacarle  su fruto.  Aprovechemos la oportunidad que nos ofrece el destino para serle fiel. Reconozcamos la aclaración del benedictino para captar el valor central de la sabiduría maquiavélica: “El maquiavelismo debe su primera existencia a los más antiguos Príncipes del Mundo y a Maquiavelo sólo el nombre”. Esta prodigiosa utilización del adverbio sólo por parte de Feijoo, en su Teatro crítico universal, nos libera de distraernos con polémicas estériles sobre la moralidad o inmoralidad de una idea, de un pensamiento basado en la observación y la inspiración, en el diálogo cotidiano con los clásicos y en la capacidad para descubrir la novedad aportada por el Príncipe.  

No obstante, nadie crea que el adverbio utilizado por Feijoo convierte en irrelevante la historia intelectual del antimaquiavelismo o del maquiavelismo, especialmente en los siglos XVI y XVII, sino que contextualiza la discusión sobre la filosofía política de Maquiavelo en un nuevo y más elevado nivel intelectual, que sólo han alcanzado a ver su grandeza, en el siglo XIX, los Maquiavelos de De Santics, Burckhardt y Nietzsche, y, en el siglo XX, los libros sobre Maquiavelo escritos por Pareto, Schmitt y otros cuatro, quizá cinco, nombres más… Todos ellos han tensando las cuerdas de sus arcos para dirigir las flechas hacia la historia y, naturalmente, su dimensión clave: la política. 

Entre esos últimos pensadores de la política, espoleados por el poderío narrativo de Maquiavelo, no puedo dejar de mencionar a quien nos ha enseñado la otra gran visión del maquiavelismo contemporáneo. La nueva concepción es aún más concreta y exacta que la ofrecida por el ilustre e ilustrado padre Feijoo. Es de otro filósofo, o mejor, del gran filósofo español, que en una sola frase, escrita allá por el año 23 del siglo pasado, volvió a situar el nivel del debate sobre el maquiavelismo en unos niveles nunca alcanzados hasta la fecha: “Maquiavelismo es principalmente el comentario intelectual de un italiano a los hechos de dos españoles”. Sí, sí, tenía razón Ortega y Gasset: “Su Príncipe es, en rigor, una meditación sobre lo que hicieron Fernando el Católico y César Borgia”. Él, Maquiavelo, no juzga, no justifica, en fin, no explica la conducta de esos personajes. Se aleja de todo tipo de razón práctica o normativa y trata sólo de comprenderlos. De Pensarlos. 

El Príncipe es, en efecto, una meditación, algo más que una novela y menos que una teoría, para descubrir la necesidad que se desprende de un determinado devenir histórico. Maquiavelo inventa una nueva forma de levantar acta de los acontecimientos de la historia. Muestra su necesidad, o mejor, sus necesidades. El universo histórico no tiene coherencia lógica. El cosmos no es un sistema sino una estructura de paradojas. Descubrirlas y, sobre todo, jerarquizarlas es el destino del político, del gran político, de Fernando el Católico y César Borgia. Ortega es puntilloso, minucioso y preciso a la hora de interpretar a Maquiavelo. A este no le interesa el político que se rige por fórmulas previas y estables sino, por el contrario, el que ensaya y busca lo nuevo. Fernando el Católico hizo campañas y más campañas para conquistar reinos y ciudades, pero la finalidad no fue nunca tal o cual victoria, sino la capacidad para generar entusiasmo en todos los actores que participaban en el curso de una acción colectiva. 

Algo parecido sucede con las lecturas contemporáneas de Maquiavelo. Todas quieren entusiasmar, aunque no todas lo consiguen con la eficacia e inteligencia de Ortega. Las múltiples variedades de maquiavelismo están tocadas por el zahorí Maquiavelo. Todos buscan en  él antecedentes de sus teorías e, incluso, de sus formas de vida. Resulta, a veces, imposible distinguir entre la meditación de Maquiavelo y la de sus intérpretes. Pocos se liberan de estar tocados por su varita mágica. Quizás las variadas y, en ocasiones, contradictorias interpretaciones de las obras del florentino se deban a su acercamiento realista a la historia, que jamás debiera confundirse con la hipocresía del adjetivo “maquiavélico” del lenguaje de la vida cotidiana. No sé exactamente dónde está la clave de esta diversidad de reacciones. Puede que sea su asunción de la complejidad de lo real y, consecuentemente, su rechazo de cualquier presupuesto metafísico, o mejor, su renuncia a dar cuenta de lo existente a partir de un único principio, lo que haga de su figura una personalidad atrayente en nuestra época… ¡Quién sabe!

En cualquier caso, ninguno de sus seguidores rehusa la fórmula: Dime cómo interpretas a Maquiavelo y te diré quien eres. Es el caso de mi amigo Gabriel Albiac, un maquiavélico de nota, quien ha escrito una sugerente novela, a veces, casi un guión cinematográfico, sobre la vida y obra del consejero político de los hombres más poderosos de su tiempo y amante de las mujeres más bellas. Solo en su lecho de muerte, el canciller Nicolás Maquiavelo trata de poner luz a lo que fue su vida y a los tres nombres decisivos que le acompañaron en su peripecia vital: la condesa de Forlì, Caterina Sforza, el papa Alejandro VI y su hijo César Borgia. Todas estas figuras están envueltas en puro maquiavelismo. Merece la pena leer Dormir con vuestros ojos, entre otros motivos, porque es verdadera literatura, o sea, exige que el lector ponga de su parte y se esfuerce por entender a todos los personajes de la trama. Además, da ocasión para dialogar sobre las fuentes principales de la ciencia maquiavélica y nos pone en el camino de hallar su principal inspiración. 

Esas fuentes, como he dicho en otras ocasiones, tienen poco de la ciencia que conocemos, gozamos y sufrimos tras la mutación moderna y mucho de arte a la antigua, de ese que gana con los años. Es, en verdad, un saber que viene de una experiencia directa e implicada en los acontecimientos, la de un participante activo en la gran política, de cuyas tareas Maquiavelo no tenía hartura: la cancillería de la República de Florencia, embajadas sobre los asuntos de la paz y de la guerra, instructor de un ejército civil, son los principales campos de su experiencia, justamente aquellos, por cierto, que dan materia inagotable a una forma de escribir la historia hoy en desuso que, en honor a Nietzsche, llamaré monumental. Si su formación procede del arte de la lectura de los clásicos de la política y la historia, su fuente de inspiración es una inteligencia despierta por un complejo de pasiones en las que se distinguen estrechamente dos: su admiración por lo grande y su amor por la libertad, ambas hijas directas de la historia todavía no historicista que gustaba leer, estudiar y escribir el florentino. La inspiración de Maquiavelo, según nos aparece en sus cartas y tratados, ha sido novelada con mimo poético por Gabriel Albiac. Sólo por eso, sí, mi amigo ya se cuenta entre los primeros maquiavélicos del siglo XXI.

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