'Poeta en Pekín', de Joaquín Campos: la antítesis radical del último Premio Espasa de Poesía

El autor muestra una ciudad ennegrecida y atiza a los progres que chorrean con el comunismo "mientras reclaman libertades en sus lugares de origen".

Jesús Fernández Úbeda

Publica Joaquín Campos (Málaga, 1974) su cuarto poemario, Poeta en Pekín (Renacimiento, 2020), compuesto por 33 poemas directos, viscerales y hedonistas, aliñados con absenta y nitroglicerina. El autor, pariente lírico de Fonollosa y de Bukowski, reside desde 2007 fuera de España "en un exilio premeditado y privilegiado, antes en Asia y ahora en África". Se paga su carrera de escritor trabajando de cocinero en hoteles de lujo. Su patria, dice, es "aquella que se extiende desde la mesa en la que escribo / hasta la primera tienda de vinos o librería".

Poeta en Pekín recoge los versos que parió Campos durante 2016 y 2017 mientras vivía en la capital china y en Shanghái. Las postales son crudas, despiadadas. Zarandean al lector con imágenes sin destilar. Así, en el paisaje ofrecido por el literato, la gentuza posa "cegada por las luces de los móviles", hay "tacones sin cerebros; / putas en las esquinas; / taxis sin taxímetro; / tabaco de dudosa procedencia" y chopos, muchos chopos. Pekín es una ciudad ennegrecida "donde los pulmones son alcantarillas / y los medios ídem"; Tiananmén, una plaza que "ya no huele a cadáver / sino a vida muerta", el resquicio de un Mao "que lo mismo mataba que quemaba libros / o levantaba aeropuertos en el centro de Pekín / y los llamaba plazas".

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Portada del libro

En el poemario hay, tratada con sarcasmo, crítica política. Campos apunta contra los progres occidentales –"escualos europeos del ensueño ajeno / festejan haber leído El libro rojo"– que se derriten con el significante "comunismo" sin tener una noción real del significado del vocablo. En "Internet", por ejemplo, el poeta se refiere a la censura que "pasa desapercibida para unos expatriados / que, agarrados a su visado, / así como a varios coños mandarines, / pasan de los cortes en la red / mientras reclaman libertades en sus lugares de origen".

Además, en Poeta en Pekín trasluce la visión pasional que Campos posee a la hora de leer, de comerse, de beberse y, en definitiva, de exprimir la vida. Como en toda su bibliografía, el sexo y el alcohol son temas recurrentes: "Porque el vino es mi gasolina (…) / Porque sin vino no habría versos; / ni editoriales, señoras y travelos". El libro es rematado con un poema largo, doliente y triste, dedicado a la memoria de un embrión de nueve semanas "que no llegó ni a feto". Sus versos retuercen las tripas del alma: "Habría dado, para que lo sepas, / de todo lo que dispongo / por enseñarte a leer. / Con eso me habría bastado".

Concluyendo, el último libro de Joaquín Campos es carnívoro, irreverente, libertario, divertido y, hasta cierto punto, huyendo de la pornografía sentimental, romántico y tierno. Una antítesis radical, vaya, del último Premio Espasa de Poesía.

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