Alberto Olmos: "Si no te aplauden o te odian desde los dos bandos alguna vez es que algo estás haciendo mal"

El escritor y columnista publica Cuando el Vips era la mejor librería de la ciudad, donde recopila buena cantidad de sus artículos.

Luis H. Goldáraz

Alberto Olmos (Segovia, 1975) es, según sus propias palabras, "un desgraciado". Lo demuestra el hecho de que habiendo publicado cerca de una decena de obras todavía se resista a considerarse escritor; o que, llevando varios años firmando una columna en El Confidencial, que le definan como columnista le provoque pudor. Ante una persona así las dudas parecen justificadas. ¿Merece la pena leerle? Como lo cierto es que, de hecho, ya lo hacen muchísimas personas, tal vez sería más acertado preguntarse por qué. La primera respuesta que se viene a la cabeza suele ser la más evidente: leerle se disfruta mucho. La segunda, más definitiva, no tiene sin embargo por qué seducir a todos por igual: además no le teme al debate. Es curioso porque precisamente la mezcla de esas dos características hace del libro que acaba de publicar, Cuando el Vips era la mejor librería de la ciudad (Círculo de tiza), la recopilación de artículos más destacable de los últimos tropecientos años —ahí dejo mi modesta opinión, que para eso también escribo reseñas—. He dicho tropecientos años porque no pretendo entrar a comparar entre autores y épocas. Lo único que se me ocurre es que si Olmos cayera en el olvido habría que rescatarle editando cualquiera de sus libros o, mejor aún, bautizando con su nombre algún premio literario que después siempre fuese a parar a las manos de las mismas cuatro personas bien relacionadas. Tampoco le sentaría mal un premio de columnismo, aunque, entonces sí, el galardonado tendría que haber demostrado, al menos, que pensar no le provoca sarpullidos. Sea como fuere, todavía sigue vivo y escribiendo, por lo que tener la ocasión de charlar con él con el pretexto de hacerle una entrevista era una oportunidad que no podía desaprovechar. Esperemos que no se note demasiado.

Pregunta: ¿Se pueden abrir debates sin generar mala fama?

Respuesta: Puf. No sé. Me parece muy ambicioso. Abrir un debate, digo. Que una columna abra un debate es complicado. Si situamos como vara de medir Twitter, que es casi lo único que frecuento, podríamos llegar a decir que el ruido que se genera ahí, con las polémicas y los linchamientos, es "el debate". Claro, no sé. Abrir un debate tal cual es complicado. Hoy en día se abren "debates" a todas horas, pero abrir uno con una columna me parece muy ambicioso. Ya influir es difícil, si tenemos en cuenta que la mayoría de la gente lee el titular, ve el medio, se fija en la firma y en el tema —por ejemplo: "Ah, están insultando a Marías por algo que ha dicho en El País"— y después no se la lee. Para mucha gente el tema se reduce a eso. Ahora va a ser interesante ver cómo afecta al columnismo lo de las suscripciones a los medios. En los noventa, por ejemplo, para leer el periódico te tenías que ir al bar. Y parecía que sí, que a Boyero o a Umbral se les leía mucho, pero realmente en el bar no les leía casi nadie. En cambio, durante estos años que hemos estado abiertos en la red ha dado la sensación de que sí que se leían las columnas. En las redes dan juego. ¿Qué va a pasar dentro de una semana, cuando no puedas leer mi periódico sin pagar? No lo tengo claro, la verdad.

P: Pero olvidémonos de la escala. Aunque sólo sea entre tú y los cuatro tuiteros que te leen, dos de los cuales lo hacen para insultarte. ¿Hay debate realmente, o no?

R: Sí, veo por donde vas… Pero es lo que te digo: generar debate es muy complicado. Vivimos en un tiempo muy complejo, pero hacia abajo. Está toda la gente tan aniñada, tan dispuesta a tener razón y a conseguir su chute de sobredosis moral que claro, si entras desde el sentido común, no puedes discutir con casi nadie. Al final, si vas a decir algo interesante seguro que es polémico, porque la gente no quiere ir más allá de cuatro sumas: bueno, malo, a favor o en contra. No sé… Es algo fascinante.

P: ¿Pero la sociedad se está aniñando tanto, como se dice, o todas las épocas han tenido niños? Quiero decir: ¿hasta qué punto somos más conscientes del fanatismo de hoy, precisamente porque aún la historia no ha cribado las voces que realmente aportan algo al debate público?

R: Bueno, puede ser que siempre haya existido gente así, no lo dudo. Pero es que ahora el problema es que la opinión pública es una apisonadora. No sé, se me ocurre, por ejemplo: "Greta Thunberg mola". La gente lo dice. Es una especie de verdad universal. Se dice y ya está. Eso es todo. No hay más que hablar. Pero es que no está. Greta Thunberg no mola. Es un invento. Es… bueno, en fin, da igual. La cuestión es que la opinión pública ha cambiado mucho. Ahora hace poco ha salido que Pedro J lleva cuarenta años de director de periódicos. Claro, yo me acuerdo de que en los noventa El Mundo marcaba la conversación. Antena 3 también. Los medios tenían esa función. Sin embargo ahora lo primero que se miran son las redes sociales. Los propios medios se encargan de mirar ahí, para ver de qué se está hablando. Alguien publica un tuit absurdo y ya es noticia para el día siguiente. Ha cambiado muchísimo. Y en ese sentido también ha cambiado muchísimo la literatura. Antes ponían mal tu novela en los cuatro sitios típicos y la gente se ponía a temblar. Ahora es irrelevante. Yo ahora no siento que me esté jugando la vida si me sacan o no me sacan en Babelia, porque hay miles de personas en blogs y en redes que pueden decir o no decir más o menos lo mismo. E influyen más o menos lo mismo. También me recuerda a lo que se dice de la lectura. Eso de que no es cierto que se lea menos. Que se lee incluso más. Que gente a la que le guste leer siempre existirá. Pues yo no lo veo así. Para mí la industria editorial va mal, qué quieres que te diga. No hay más que comparar el panorama con lo que había en los noventa. Ahora yo mismo tengo dificultades para leer, porque tengo cuarenta mil plataformas de vídeo, que ni siquiera pago, que están ahí, con unas películas de puta madre, y es mucho más tentador. Sólo por eso me parece evidente que la gente lee cada vez menos. Yo no paro de verlo. Lo veo en el mundo editorial, lo veo en mis amigos. Es así. Son las consecuencias de eso que llamamos "democratización". Tiene cosas buenas, claro. Ahora no hay un grupo de personas reducido con el poder efectivo de hundirte si les apetece. Pero también tiene cosas malas. En el debate público todo el mundo se cree con derecho a opinar de cualquier forma: desde el prejuicio, desde el linchamiento, desde el desconocimiento… Vivimos en un clima político de guerracivilismo que es alucinante. Ahora todo el mundo es facha por todos lados. Cada día sale uno nuevo. Es algo increíble.

P: A mí de ese tema lo que me parece sorprendente es que aglutinemos a las personas, no ya sólo por ideologías, sino incluso por partidos. No sé. Yo lo que veo es que la izquierda no tiene realmente ni idea de cómo es el votante de derechas, y la derecha no tiene ni idea de cómo es el votante de izquierdas. Los caricaturizan. No paran de salir insultos o aseveraciones violentas en contra de partidos, y parece que no nos damos cuenta de que, de alguna forma, los millones de personas que han votado a esos partidos, por razones diversísimas, se pueden sentir atacadas también.

R: Claro. Eso me recuerda… Yo vengo de un pueblo de Segovia pequeñito y no crecí especialmente rodeado de cultura. Lo digo porque en mi infancia, viendo una película, por ejemplo, todo el mundo era capaz de diferenciar el cine comercial del cine "de autor", o como lo queramos llamar. Todos teníamos claro que las películas de buenos y malos eran malas, por lo general. Cosas básicas. O no sé, podríamos incluso decir que imperaba, de alguna manera, la cita esta que siempre atribuyen a Voltaire, eso de: "No comparto tu opinión, pero daré mi vida por tu derecho a defenderla". Ese era el suelo de la convivencia entonces. Ahora sin embargo eso ha saltado por los aires. A la gente le encanta que haya buenos y malos, pero antes era algo que chirriaba. Ahora hay una barrera: para mí los buenos son estos y para ti son esos otros, así que no podemos hablar, y punto. En ese sentido eso que comentas es completamente cierto. Muchas veces perdemos de vista a la gente que vota a los partidos; pero la gente que vota a los partidos, salvo elementos particulares que lo que quieren es acceder al dinero público, son gente como tú y como yo. En este bar estamos tomando un café varias personas, y todas tenemos nuestra familia, nuestros hijos, nuestro trabajo, queremos vivir tranquilos, y no tenemos ni idea de a qué partido votamos cada uno. Esto que sale ahora, que parece que viene el demonio con Vox, o que viene Stalin con Podemos, es muy triste. Para mí de las cosas más enriquecedoras que puede haber en esta vida es tener amigos de todos lados, que voten a todo. En mi caso tengo que tener más en cuenta a los amigos que votan a la derecha, porque la verdad es que siempre me he movido mucho más con gente que vota a la izquierda. Pero hay que tener en cuenta a esos amigos de derechas. Hacer incluso el ejercicio mental. Es algo que yo intento hacer con mi novia, por ejemplo, que es la roja de la casa. Le recuerdo a tal amigo, a tal persona, a la chica que votaba a Vox con la que estuvimos tomando una caña y lo pasamos de puta madre. Hay que intentar no perder la perspectiva de que son personas. Porque por lo general, si la gente no exterioriza a qué partido vota, puedes llegar a llevarte estupendamente con cualquiera. Por eso esa labor que hacen algunos partidos, particularmente Pablo Iglesias, y también Vox, de atizar el odio al que vota distinto, es algo tristísimo. Es algo que no encaja con la realidad. Entre los votantes de todos los partidos hay de todo.

P: Y si nos fijamos un poco, en realidad, no creo que nadie pueda creer en serio que una persona que vota a un partido está de acuerdo absolutamente en todo lo que ese partido defiende o representa.

R: Sí. Y también es importante darse cuenta de que mucha gente vota por rabia. De hecho, son reacciones que se parecen mucho en un lado y otro. No digo que Vox y Podemos sean equivalentes, pero las razones por la que muchas personas les votan pueden llegar a serlo. Al final muchos votan al partido que más ruido está haciendo, porque están encabronados y sienten la necesidad de votar algo. Pero lo básico tendría que ser que nos diésemos cuenta de que no podemos estar a la greña porque los políticos nos inciten a ello, cuando luego entre bambalinas se van de copas. Esa es una cosa que me pone histérico.

P: Por volver a tu libro. ¿Notas que varíe algo la lectura de tus columnas viéndolas recopiladas todas juntas?

R: Sí, la verdad. Leerlos recopilados les da una continuidad que creo ayuda a captar algunos detalles. De todas formas da hasta un poco de pudor. Yo empecé haciendo libros diferentes, y ahora la gente me lee y me llama columnista, con ese rango alto que tiene esa palabra. Pero yo lo que soy en realidad es un desgraciado. Tal cual. Soy una persona bastante tímida. No me parezco casi nada a la persona que aparece en las columnas o en las entrevistas. De hecho soy bastante parado, por timidez. No me muevo de aquí para allá. Espero a que me llamen. Y si no me llamasen, me moriría de hambre. (Risas). Lo que sí que tengo que decir es que antes de la columna en El Confidencial estuve diez años con un blog, que es donde se forjó mi estilo. Forma todo parte de un proceso largo en el que vas descubriendo cosas y maneras de escribir. Ahora cuando reseño libros, por ejemplo, en realidad muchas veces no hablo prácticamente del libro que estoy reseñando. El otro día le escribí a Daniel Gascón para decirle que había leído su libro —Un hipster en la España vacía— porque me di cuenta de que a lo mejor podía creerse que no me lo había leído. Pero es que pienso sinceramente que las reseñas clásicas no aportan nada. A nadie le interesa que tu libro esté escrito en secuencias o con narrador omnisciente. Me parece más interesante leerme el libro y hablar de las ideas que me han surgido durante la lectura. Por eso en mis artículos me desvío tanto. Es algo que hay que agradecerle a Daniel Arjona, que cuando me fichó me dijo que hiciese lo que me diese la gana.

P: ¿Tienes a algún referente en el columnismo que te haya aportado algo?

R: Sí, claro. Concretamente me fijé mucho en las crónicas parlamentarias de Wenceslao Fernández Flórez. Me las recomendó Jorge Bustos. Muchas veces antes de escribir una columna me asaltan dudas, no sé muy bien por dónde tirar, pero si algo aprendí de ese libro, que me parece fundamental, es que la primera frase tiene que ser genial. Tiene que ser flipante, pase lo que pase, para enganchar. Luego después ya podrás hacer todas las derivaciones que quieras, pero tienes que empezar fuerte. En el columnismo al menos creo que es necesario. Además, la polémica es muy atractiva. Si eres columnista no puedes ser complaciente porque la simpatía no atrae. El problema viene después cuando interpretan tus frases de manera literal. Muchísimas cosas que escribo no las pienso exactamente así. Pero es un juego. Eso lo aprendí en mi blog. Si algunos leyesen las burradas que escribí por aquel entonces me meterían en la cárcel, directamente, porque ya no hay sentido del humor. Y es curioso porque mi otra gran influencia, la principal, de hecho, es la comedia anglosajona del stand up. Cómicos como David Chapelle, que llenan teatros diciendo las mayores burradas que te puedas imaginar. Pero la gente se ríe. Son tíos que ganan una fortuna metiéndose con todos: con negros, blancos, homosexuales, transexuales… Con todo el mundo. Pues esa es mi actitud de columnista. Muchas veces me siento a escribir y me propongo hacer un monólogo. Tal cual. Y lanzo frases muy burras, que sacadas de contexto serían impensables, pero que tienen una carga humorística. Reírse de todo ayuda mucho a comprender ciertas cosas.

P: Pues justo ahora está muy presente el debate acerca de los límites del humor.

R: Bueno. La gente tiene que entender que una broma es una broma. Es algo gracioso. Además el humor siempre apunta hacia algo más. Los buenos chistes te hacen reír, pero también te hablan de algo serio que merece cierta atención. Pasa en muchos niveles. Eso de los límites del humor a veces me parece que responde a esa literalidad alucinante que se ha instalado en la sociedad. Por ejemplo, ahora, un negro es asesinado de forma cruel en Estados Unidos y la gente de repente descubre que es antirracista y que te lo tiene que decir. Es fascinante. Algo que se tendrá que estudiar en el futuro es el hecho de que en realidad somos una colonia americana. Todo nos influye: el cine americano, la novela americana, la música anglosajona… Y de repente pasa algo malo en Mineápolis, que no sabes ni dónde coño está, y vas y sales en Zaragoza a insultar a los policías de Zaragoza. ¡Pero si no tiene nada que ver! Es alucinante. Tenemos una conciencia totalmente globalizada y estamos completamente descolocados. Con este tema me vienen a la cabeza todos esos articulistas que parece que estaban esperando a que pasase algo muy racista para decirle al mundo lo antirracistas que son. Igual no se habían mojado en diez años porque estaban ocupados siendo los más feministas. Claro, también es verdad que había otros temas: estaba el patriarcado, la crisis económica, la alerta antifascista, el cambio climático; pero no nos engañemos, todo eso son modas. Poco más.

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Alberto Olmos / Alexis López

P: Lo curioso para mí es es que muchas veces se enfocan los debates desde posturas que, realmente, no admiten debate. Algo tipo: "Estoy en contra del fascismo". Claro, como todo el mundo. Pero el hecho de que seas antifascista no convierte a todo el que te lleve la contraria en un fascista automáticamente.

R: Sí, sí, sí, y no puedes discutir con ellos además. Uno de los marcos intelectuales entre los que me muevo, que me ayudan mucho para sortear este lodazal de niñería en el que vivimos, consiste en comprender que hay una gente que necesita ficciones, y que se dedica a comprar ficciones, y hay otra gente que necesita verdad. Esta segunda categoría, cuando recibe ficción, la descarta, y si recibe hechos, los analiza. A veces incluso se pone de parte de unos hechos que van en contra de su ideología, porque lo que importa es la verdad. Pues bien, volvamos al tema de Greta Thunberg, por ejemplificar. La gente piensa: "Pero si es una niña a favor de la ecología. ¿Cómo vamos a estar en contra?". Pues yo estoy en contra. Creo que es un producto de sus padres. Todo lo que gira a su alrededor me parece una manipulación descarada. Está todo preparado. Y me parece que incluso se trata de un caso de abuso de menores, prácticamente. Pero claro, si eres de izquierdas está mal decirlo. Yo, la verdad, no soy muy de derechas, pero celebro que la gente de derechas pueda estar de acuerdo con algo que pienso. Igual un día me entero en Twitter de que soy facha. Pues vaya, qué le vamos a hacer. Ha llegado un punto en el que ser de izquierdas o de derechas me parece irrelevante. Yo ya no quiero nada, sólo sentido común, respeto a los demás y a una serie de valores. Los valores de la Ilustración, como dice mi admirado Andrés Trapiello: Libertad, Igualdad, Fraternidad. Todo lo demás son etiquetas. Lo básico debería ser que supiésemos que la gente tiene derecho a votar al PP, o a Vox, o a Podemos si le da la gana. Y que no pasa nada. Pero estamos totalmente desquiciados.

P: Respecto a este tema, sucede a veces un fenómeno interesante con columnistas como tú, y es que en función del tema del que habléis un día, la izquierda o la derecha os ensalza, pero si al siguiente habláis de otro, se cambian las tornas y los que os admiraban pasan a odiaros y los que os odiaban pasan a ensalzaros. ¿Cómo se manejan estos vaivenes?

R: Pues pasando de ellos. Por ejemplo Soto Ivars, que le conozco de hace muchos años, es un tío al que llego a admirar muchísimas veces. Admiro los cojones que tiene para decir las cosas que dice y para analizar la actualidad independientemente de las modas ideológicas del momento. Como cuando trató el tema de Infancia Libre, por ejemplo. Esa manera de decir, "ya sé lo que se comenta y los que están a favor y en contra, pero yo voy a tratar de indagar por mi cuenta y de sacar mis propias conclusiones, más allá de lo políticamente correcto". Hay que tener mucho valor para hacer eso hoy en día. Este tipo de posicionamiento lo define muy bien la famosa frase de Chaves Nogales de que en la Guerra Civil le hubiesen fusilado en los dos bandos. Sin embargo para mí esa debería ser la premisa de cualquier pensador, dado que este mundo está totalmente idiotizado. Si no consigues que te odien o te aplaudan desde los dos bandos de vez cuando es que algo estás haciendo mal.

P: Lo que pasa también es que ahora se ha puesto de moda lo de deslegitimar a alguien llamándole equidistante. ¿Qué es eso?

R: Es una etiqueta más, claro. Algo que ayuda a simplificar las cosas y a no tener que plantearte nada. Si alguien dice algo que pone en entredicho tus convicciones, le llamas equidistante y a otra cosa. Funciona como un botón del pánico, exactamente igual que la etiqueta de fascista o comunista. Si además ves que de vez en cuando esa persona llega a estar de acuerdo con gente "del otro lado", pues más fácil todavía. Hay que pasar de eso, en realidad. A mí, por ejemplo, Luis del Pino me retuiteó la columna de los bares fachas y me pareció cojonudo. La gente ya tenía argumentos para llamarme facha, pero es que yo voy a seguir diciendo lo que pienso independientemente de a quién le guste lo que escribo. Hace diez años igual lo habría pasado mal, en plan: "No, por Dios, que no me relacionen con este uno o con este otro". Ahora me parece estupendo. Sobre este tema llevo tiempo pensando una posible columna y se me ocurrió un titular así muy de El Mundo Today: "Descubierto el antídoto de la superioridad moral: la superioridad intelectual". Porque es que es así. Yo ya no tengo reparo en considerar idiota a mucha gente. Habrá de todo y lo que quieras. Gente que no se dedica a pensar durante todo el día por las circunstancias de su vida, vale. Pero es idiota. No hay más. Es idiota porque le gusta la ficción más que la verdad, y porque la compra. Es idiota porque le gusta que le vendan una mentira. Si no entiendes cómo funciona un debate y simplemente te cierras en banda e insultas al que no piensa como tú, eres idiota. Lo siento. Es algo que vi bastante cuando escribí sobre el supuesto machismo en la industria editorial, por ejemplo.

P: Lo recuperas en este libro, de hecho. Lo dividiste en dos artículos.

R: La cuestión es que durante muchos años me creí la versión dominante. Simplemente, era muy sencillo explicar el desnivel que existe entre hombres publicados y mujeres publicadas asumiendo que la industria editorial es machista. Es algo que se dice y la gente se queda tan ancha. Pero el caso es que yo llevo muchos años ya en el mundillo. Lo conozco más o menos. Y no he visto en mi vida a un editor discriminar una publicación en función del sexo del autor, ni dejar de dar un premio a nadie por ser mujer. Más bien al contrario. Los editores están desesperados buscando a autoras. Así está el patio. Entonces me propuse indagar más profundamente sobre el tema y llegue a una conclusión: si se publican a más hombres que a mujeres, lo siento, es sencillamente porque las editoriales reciben muchísimos más manuscritos de hombres que de mujeres. Así de claro. ¿Pero entonces por qué tenemos que estar aquí sosteniendo esta ficción que nos es tan agradable por ser tan antimachista? Una cosa que me toca los cojones es que para ir en contra de mi artículo se me tildase precisamente de machista, o de negacionista. Si la cuestión no es negar que el machismo existe. La cuestión es que lleváis años acusando de machista a toda la industria editorial cuando no es cierto. Al final todo es una cuestión de victimismo. Te dicen que eres víctima y que todos tus fracasos y frustraciones son culpa de otro y claro, todo es mucho más fácil de digerir. Lo difícil es asumir que eres responsable de tus actos y de tus fracasos. Yo no paro de leer a autoras jóvenes. Las reseño, las recomiendo. Pero hay algunas que ya parece que por haber escrito un librito contando sus cosas se creen que se merecen el Nobel. Veinteañeras que publican en Tusquets y encima se quejan, cuando hay autores de cuarenta que han tenido que bregar durante décadas para llegar al mismo sitio. La realidad de todo este asunto no se explica con machismo, sino con pura probabilidad. Si en China hay millones de niños que juegan al ping pong, lo normal es que los mejores jugadores de ping pong salgan de ahí. Si en el mundo hay muchísimos más hombres que quieren ser escritores, lo normal es que salgan muchos más buenos escritores que escritoras.

P: El debate está entonces en si el hecho de que muchas menos niñas quieran ser escritoras se debe al machismo.

R: Sí, y me parece un debate interesantísimo que me encantaría tener. Pero antes pídele perdón a la industria editorial, a la que has tildado de machista sin motivo durante tanto tiempo. Además, ni siquiera sé por qué la gente tiene que ser escritora, si no es un oficio tan divertido. Viendo cómo está el patio, cómo está el sector editorial, que la gente no lee, ¿de verdad quieres hacerte escritor? La mayoría ni siquiera lo somos. Somos meras tentativas. A mí me cuesta considerarme escritor todavía. Hablemos claro: soy una mierda, como la grandísima mayoría. Sólo eres escritor si has aportado algo a la literatura. Y si no has aportado nada, no eres escritor. Al final todos vamos a extinguirnos. Estamos condenados, no nos engañemos. Escritores destinados a perdurar hay poquísimos. No hay tanto glamour ni tanta trascendencia en todo esto. Realmente no es una vida demasiado apetecible. Para ser escritor tienes que leerte a Proust, a Joyce, a Mann, a Cervantes. Libros de ochocientas páginas. ¿Cuánta gente está dispuesta a hacerlo, con el día estupendo que hace? Creo que fue Ana María Matute la que dijo que ella empezó a escribir porque no soportaba a la gente y estaba todo el día encerrada en su habitación. Ese es el prototipo de persona que acaba haciéndose escritora. Gente que lee y escribe porque no tiene amigos y no se sabe relacionar. Lo que me lleva al tema de antes —tengo que decirlo—: por alguna razón, hay más chicos así que chicas.

P: Esto me recuerda que uno de los temas que yo veo repetidos en tu libro es el del olvido literario. Pero antes de hablar de eso, por continuar con tu razonamiento, Torrente Ballester, por ejemplo, ¿podía considerarse escritor antes de publicar La saga/fuga de J. B. y de tener lectores?

R: No, no podía. De hecho, él escribió Javier Mariño cuando era joven y, las cosas claras, se trata de una novela buenísima. Si no la has leído te la recomiendo. La escribió estando exiliado durante la Guerra Civil y en ella salen a relucir sus conflictos porque se consideraba un traidor por no estar combatiendo junto a los sublevados. Se trata de una novela complejísima desde ese punto de vista. Extraordinaria. Pero en ese momento no podía considerarse escritor. ¿Qué es eso de considerarse escritor? No has triunfado, no has hecho nada. Un poco de respeto por el estatus, por favor. Como esta gente que se atreve a mofarse de Marías o de Vargas Llosa porque dicen cosas con las que no están de acuerdo. ¿Quién eres tú para atreverte a menospreciar a unos tíos que tienen una obra objetivamente impresionante? Si haces eso eres idiota. Por el contrario, yo creo que siempre habría que estar pensando que se es un impostor. Porque todo es mentira. El éxito es un fraude, en realidad. Y publicar una obra que lo revienta es como ganar la lotería. Nada más. A alguno le puede tocar y, por ser gilipollas, creerse el mejor escritor de su generación, pero simplemente es un tío al que le ha tocado la lotería. En ese sentido lo que mencionas del olvido es muy interesante. Estoy de acuerdo con que es uno de los temas del libro. Yo publiqué mi primera novela en el 98 y ya sólo el hecho de que en veinte años nadie la haya reeditado ni se encuentre en librerías dice mucho. Así empieza el olvido. A veces parece que como el escritor sigue en activo, está ahí, pero ten en cuenta que igual tiene libros publicados hace décadas que ya ni existen. Y da la sensación de que algunos creen que los escritores están predestinados o algo así; o que lo que hacen sirve para perdurar. No es verdad. Para no caer en el olvido necesitas editores que te rescaten. Como hace poco le pasó a José Avelló y a su Jugadores de billar. Eso sí que es el éxito. El hecho de que después de muerto llegue una persona y considere necesario rescatar tu obra. Ahí sí que eres escritor. O yo qué sé. Marías es el éxito. O Cercas. Tíos que han dicho: "Me da igual lo que se venda o lo que no, yo voy a escribir mi libro". Y encima van y tienen lectores y les traducen a no sé cuántos idiomas. Eso es triunfar.

P: Por otro lado, también, en muchas columnas hablas sin tapujos de las imposturas del mundo literario. ¿Es todo tan así como lo pintas?

R: Bueno, salvando bromas o exageraciones, claro. Pero también es algo normal. Todo el mundo tiene amigos, conocidos, y es normal que si puedes publicar a alguien acabes publicando antes a un conocido que a un tío que no conoces de nada. Lo que me da pena sin embargo es que las cosas ya no funcionan como antes. Yo en los noventa era un jovencito arrogante que envió su primera novela a Anagrama como si tuviesen que publicarme porque sí. Y lo hicieron. De repente quedé finalista del Herralde y ya estaba publicado en Anagrama. Así es como tendría que ser. Para eso está una editorial. Pero la verdad es que eso hoy en día es imposible. Ahora o tienes contactos, un montón de seguidores en las redes sociales y alguna veta personal que explotar o lo tienes muy difícil. La sensación que me da a veces es como si todo fuese la segunda edición de Gran Hermano, ¿sabes lo que quiero decir? La gente que fue a la segunda edición de Gran Hermano ya sabía de qué iba el rollo, y actuaba en consecuencia. El mundillo literario es lo mismo. Si quieres publicar y medrar tienes que saber que tienes que ir a todos los festivales literarios y presentaciones que se organicen, para hacer amigos. Si por lo que sea no sabes moverte o se te da mal relacionarte con los demás, lo tienes muy complicado. Pero no debería ser así. No debería perderse una vocación literaria porque no va acompañada de una habilidad social extraordinaria. También es verdad que luego hay muchas editoriales pequeñas que intentan cambiar esto. Pero en las principales la cosa está muy mal. O al menos eso me parece a mí, que soy un pesimista patológico.

P: Por tocar un tema que ha estado de actualidad en las últimas semanas. ¿Qué opinas del revisionismo artístico que aboga por contextualizar las obras y por advertir de las cualidades nocivas que puedan tener?

R: Es algo que se está dando, sí, y que enlaza de alguna forma con otros temas que ya hemos comentado. Yo a veces me pregunto qué obras aclamadas por todos deberíamos derribar siguiendo los razonamientos de los que justifican cualquiera de estas cosas. Por ejemplo, El extranjero, de Camus, podría leerse como una incitación a matar argelinos. Quién sabe. Si se les ocurre, no me sorprendería. Al final es una novela que trata de un señor que sin venir a cuento se carga a un argelino de cuatro tiros. Esa es la trama. Sí, es un libro existencialista y lo que quieras. Pero está mostrándonos a un hombre asesinando a otro que, vaya por Dios, encima es de otra raza distinta. No sé. Al final es todo tan absurdo que a mí a veces me gustaría que alguien escribiese un libro sobre lo que está ocurriendo precisamente ahora. Siempre me lo imagino al estilo de Orwell, un poco como Rebelión en la granja. Algo así como una fábula sencilla, no demasiado compleja, pero que refleje el funcionamiento de nuestra sociedad de forma lúcida. Dejo la idea en el aire por si a alguien le apetece probarla.

P: ¿Entonces no crees que el coronavirus vaya a cambiar la sociedad, como decían tantos al principio de la pandemia?

R: No. Para nada. Son todo mitos. No va a cambiar nada. Todo será lo mismo, con la única diferencia de si tendremos que usar mascarillas o no. En estos meses sí que es cierto que se abrió una especie de debate entre dos posturas. La postura de Zizek, que aboga por el fin del capitalismo; y la postura de Byung-Chul Han, que cree que no va a cambiar nada. Yo soy de la segunda. Me parecen un descojone que alguien sostenga que estamos ante el fin del capitalismo, si en todo caso el capitalismo ha salido reforzado del coronavirus. No hay más que verlo: Amazon, Netflix, Mercadona… Han estado en boca de todos y no se han hundido precisamente. En realidad, lo que sí que ha pasado con el coronavirus es que al parecer todo el mundo tenía razón. Los que pensaban que el mundo era de una manera ahora están más convencidos que nunca de que es así, y los que pensaban que era de otra, igual. No es una idea original, pero me gusta. El coronavirus ha terminado dando la razón a todo el mundo.

P: Por terminar. Si tu hija te dijese un día que quiere ser escritora, ¿le dirías como Simón "que haga lo que le dé la gana"?

R: No, tampoco. (Risas). Lo tengo clarísimo además. Es algo que hablo mucho con un amigo mexicano que se llama Federico Guzmán Rubio. Los dos les diríamos a nuestros hijos que se hagan ingenieros. (Risas). Pero te explico por qué: yo jamás incitaría a mi hija a que se haga escritora porque creo que la carrera artística debe estar lo más llena de obstáculos que sea posible. Si un hijo te dice que quiere ser artista, tú tienes que decirle que se va a morir de hambre. Los caprichos son peligrosos. No hay que alimentar los caprichos. En todo caso tienes que decirle que es un camino jodidísimo, porque la verdadera vocación se sobrepone a todas esas cosas y sigue para delante de todas formas. A ver, tampoco es que vaya a obligarla a estudiar algo que no quiere, evidentemente. Pero desde luego no voy a alimentar algo que sé que pueden ser simples pájaros en la cabeza. Prefiero que su posible vocación se refuerce gracias a la oposición del sentido común.

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