Uderzo, el del gordo Obélix y los humildes soldados romanos vapuleados

Santiago Navajas

"S.P.Q.R." aprendimos en la escuela que significa Senatus Populusque Romanus, Senado y Pueblo de Roma. Pero en los tebeos de Astérix aprendimos más bien que significa "Sono Pazzi Questi Romani", lo que traducido del italiano quiere decir que están locos estos romanos. Tras la muerte de Goscinny (el coautor de Asterix) y Hergé (Tintín), los cómics en lengua francesa han perdido a su Santísima Trinidad tras el fallecimiento de Albert Uderzo, el amigo y alma gemela de Goscinny que ha muerto como su colega de un ataque al corazón.

Decía Aristóteles que la poesía era más filosófica y elevada que la historia. No podía imaginar el filósofo macedonio lo que serían las historietas ilustradas pero lo que sí podemos nosotros es complementar la investigación histórica stricto sensu con la imaginación de Shakespeare y Goscinny/Uderzo a la hora, por ejemplo, de saber quién fue Julio César. Si en la obra de Shakespeare lo conocemos ya en su decadencia, poseído de esa mezcla de ingenuidad y prepotencia que otorga una soberbia mal asimilada, en los cómics de Astérix y Obélix lo encontramos en su magnificencia más sublime… y, sin embargo, secretamente ridículo en su reiterado fracaso a la hora de vencer a unos irreductibles galos.

La figura de Julio César también nos da la posibilidad de distinguir el trabajo de la dupla Goscinny/Uderzo. Porque es verdad que las historias de Goscinny eran mejores que las que luego escribió Uderzo, pero en todas ellas se plasma el genio de Uderzo para que con línea clara y expresividad a flor de piel plasmar caracteres inolvidables. Al fin y al cabo, la segunda vez que lo lees la historia pasa a segundo plano y lo que queda son caracteres inolvidables y lo que vale un cómic es lo que vale cada una de sus viñetas.

Uderzo era el maestro supremo en el repertorio de expresiones, solo comparable al Ibáñez de Mortadelo y Filemón, para cada personaje. Sin que tuviesen que decir y hacer nada, sabíamos que Obelix era bruto y bonachón; Asterix, astuto y divertido; Julio César, inteligente e implacable… cada uno de sus personajes galos, cuyos nombres acababan en -ix, tenía una personalidad compleja por muy secundario que fuese gracias al dominio de la técnica y, sobre todo, a la gracia infinita y el amor sin límites que se traslucía en la paleta y el dibujo de Uderzo.

Cada viñeta de Uderzo es una obra de arte. Si sus obras maestras son el gordo Obélix y el flaco Julio César, yo le tenía especial cariño a sus humildes soldados romanos vapuleados, que sistemáticamente salían volando golpeados por los galos y, sobre todo, a los crueles piratas vikingos que una y otra vez padecían el vendaval del buen humor invencible de los galos. Goscinny hacía que leyeses Astérix y Obélix pero era Uderzo el que hacía que los contemplases.

Refinada caricatura, burlesca pantomima, Uderzo, junto a Goscinny, sigue haciendo posible que millones de personas, de los siete a los setenta y siete años (y más allá), se entretengan a la par que aprenden de historia y se educan en valores. Por esto último, Uderzo merece un reconocimiento en el panteón de nuestros santos laicos, de nuestros héroes cotidianos. Y, ahora, con su permiso tengo que dejarles para leer y ver mi cómic favorito de la saga de Astérix y Obélix, cuando fueron a competir a las Olimpiadas y provocaron un motín entre los disciplinados atletas griegos y romanos, hasta sus hermosas narices de comer sólo dátiles mientras los dopados galos se ponían hasta arriba de jabalíes (con perdón de los animalistas veganos).

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