Dos estampas nacionales de Galdós: de Trafalgar a Alma española tras el 98

Pedro de Tena

Los Episodios se desarrollan en cinco series, 46 entregas diferenciadas, casi cuarenta años de la vida del escritor canario y varios personajes que intervienen como hilo conductor de los hechos que se cuentan. A través de su narración, se transmitió a los españoles una impresión sólida de nación y de patria.

Por eso, hablamos de estampas. Una estampa es a un episodio lo que un momento a un día, lo que un fotograma a una película, lo que una imagen a un ser real, lo que un relámpago en la noche a un día de sol. Pero la estampa es capaz de absorber alguna esencia, alguna cualidad característica y constitutiva de lo que quiere representar. Por eso, he elegido dos. Una estampa de la todavía neblinosa nación política española que terminaría de concretarse en 1812 en Las Cortes de Cádiz y otra de la nación española en la desgracia de los acontecimientos de 1898.

"Opongamos briosamente este propósito al furor de los ministros de lo muerto nacional, y declaremos que no nos matarán aunque descarguen sobre nuestra cabezas las más fieros golpes; que no nos acabará tampoco el desprecio asfixiante; que no habrá malicia que nos utilice ni rayo que nos parta. De todas las especies de muerte que traiga contra nosotros el amojamado esperpento de las viejas rutinas, resucitaremos."

Esto clamaba Galdós en el primer número de una revista titulada precisamente "Alma Española", una publicación más militante española que literaria pensada para regenerar la nación tras el desastre de 1898, según el juicio de algunos. "Alma española" duró poco, desde el 8 de noviembre de 1903 al 30 de abril de 2004 y logró publicar 23 números. Su primer editor fue Gabriel Ricardo España y su número inaugural contó con el artículo de Benito Pérez Galdós titulado "Soñemos, alma, soñemos", al que pertenece el párrafo antecedente.

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Los números de la revista están disponibles para ser leídos e incluso descargados en la Biblioteca Nacional, sección Hemeroteca Digital. En la revista escribieron muchos autores, desde Pío Baroja a Azorín, desde Ramón Pérez de Ayala a Ramiro de Maeztu y otros muchos. Incluso Miguel de Unamuno firmó artículo en su último número defendiendo la libertad contra la imposición: "No hay nada, absolutamente nada, que no deba decirse y que debe oírse con respeto" aunque luego se refute o se combata.

En el primer número de la revista, Galdós, invitado de honor a la publicación, animaba a conocer lo que estaba muerto y lo que no lo estaba en el alma española. Algo que debía desaparecer de la vida nacional es la pobreza.

"Detestamos el frío y la desnudez; anhelamos el bienestar, el cómodo arreglo de todas nuestras horas, así las de faena como las de descanso. Creemos que la pobreza es un mal y una injusticia, y la combatiremos dentro de la estricta ley del "tuyo y mío". Trabajaremos metódicamente con el despabilado pensamiento, o con las manos hábiles, atentos siempre a que esta pacienzuda labor nos lleve a poseer cuanto es necesario para una vida modesta y feliz…", escribió.

Galdós se rebela contra el pesimismo nacional, similar en cierto modo al que ahora nos invade.

"El pesimismo que la España caduca nos predica para prepararnos a un deshonroso morir, ha generalizado una idea falsa. La catástrofe del 98 sugiere a muchos la idea de un inmenso bajón de la raza y de su energía. No hay tal bajón ni cosa que lo valga."

Tras conceptuar como haría después Ortega a las revoluciones como superficiales, hace una dura crítica del Estado, de ese entregarse en manos del Estado, de dejarse dominar por él:

"El ser doméstico, digámoslo así, de nuestra raza, pobre y ociosa, sin trabajo interior ni política internacional, se caracterizaba por la delegación de toda vitalidad en manos del Estado. El Estado hacía y deshacía la existencia general. La sociedad descansaba en él para el sostenimiento de su consistencia orgánica, y el individuo le pedía la nutrición, el hogar y hasta la luz."

Y retrata a un tipo de sociedad que hoy volvemos a temer:

"Las clases más ilustradas reclamaban y obtenían el socorro del sueldo. Había dos noblezas, la de los pergaminos y la de los expedientes, y los puestos más altos de la burocracia se asimilaban a la grandeza de España. Un socialismo bastardo ponía en manos del Estado la distribución de la sopa y los garbanzos del pobre, de los manjares trufados del rico. Al olor de aquella sopa y de los buenos guisos acudía la juventud dorada, la plateada y la de cobre... Va siendo general la idea de que se puede vivir sin abonarse por medio de una credencial a los comederos del Estado".

La esperanza de Galdós en el alma nacional española se fundaba en que

"los españoles han crecido; comen, ya no maman. Aceptamos al Estado como administrador de lo nuestro, como regulador de la vida de relación; ya no lo queremos como principio vital, ni como fondista y posadero, ni menos como nodriza. ¿No es esto un gran progreso, el mayor que puede imaginarse?"

Hay quienes aún siguen sin entenderlo y sólo quieren Estado y más Estado.

La nación española existe y un ser que está

"debajo de esta corteza del mundo oficial, en la cual campan y camparán por mucho tiempo figuras de pura, quizás necesaria representación, y la comparsa vistosa de políticos profesionales". La nación es "una capa viva, en ignición creciente… realzado, con débil empuje todavía, por la virtud de sus propios intentos y ambiciones, vida inicial, rudimentaria, pero con un poder de crecimiento que pasma. Un día y otro la vemos tirar hacia arriba, dejando asomar por diferentes partes la variedad y hermosura de sus formas recién creadas."

Entre estas formas, señala Galdós el esfuerzo de la ciencia, la industria en pequeñas y grandes manifestaciones, el arte que pretende acomodar las formas arcaicas al pensar amplio, el sentir generoso y también la libre conciencia, el respeto, la disciplina, el orden mismo, la vieja espada que los tiempos pasados legan a los futuros. Pero nada de revoluciones:

"No quiera Dios que esta capa de formación nueva en parte somera, en parte profunda, suba por súbita erupción. Subirá por alzamientos parciales y consecutivos del terreno, sin sacudidas violentas, para subsistir al suelo polvoroso y resquebrajado en que tiene su secular asiento en nuestro país."

Y resume, a lo Costa, "instrucción para nuestros entendimientos, y agua para nuestros campos." Pero ni tenemos hoy día un proyecto de instrucción y educación consensuado ni siquiera un plan hidrológico nacional.

El cerebro español necesita más que otro alguno de limpiones enérgicos para que no quede huella de las negruras heredadas o adquiridas en la infancia. Y, concluye,

"cada cual, en su puesto, cada cual, en su obligación, con el propósito de cumplirla estrictamente, será la redención única y posible, poniendo, sobre todo, el anhelo, la convicción firme de un vivir honrado y dichoso, en perfecta concordancia con el bienestar y la honradez de los demás. ¿Es esto soñar? ¡Desgraciado el pueblo que no tiene algún ensueño constitutivo y crónico, norma para la realidad, jalón plantado en las lejanías de su camino!"

La descripción de la nación española en Trafalgar (1873)

Galdós no confía en personas de alcurnia, condición social o experiencia militar para explicar qué es la nación española. Galdós asume la visión de un gaditano del barrio de la Viña llamado Gabriel de Araceli.

"Yo nací en Cádiz, y en el famoso barrio de la Viña, que no es hoy, ni menos era entonces, academia de buenas costumbres. La memoria no me da luz alguna sobre mi persona y mis acciones en la niñez, sino desde la edad de seis años; y si recuerdo esta fecha, es porque la asocio a un suceso naval de que oí hablar entonces: el combate del cabo de San Vicente, acaecido en 1797."

De todo lo que acaece en este gran Episodio Nacional, creo que lo fundamental es cómo sobreviene la idea de la patria, de la nación a Gabrielillo de Araceli. Dice él mismo:

"Por primera vez entonces percibí con completa claridad la idea de la patria, y mi corazón respondió a ella con espontáneos sentimientos, nuevos hasta aquel momento en mi alma. Hasta entonces la patria se me representaba en las personas que gobernaban la nación, tales como el Rey y su célebre ministro, [139] a quienes no consideraba con igual respeto. Como yo no sabía más historia que la que aprendí en la Caleta, para mí era de ley que debía uno entusiasmarse al oír que los españoles habían matado muchos moros primero, y gran pacotilla de ingleses y franceses después. "

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Esto es, para él, de cultura de las calles y playas de Cádiz, más que patria había un país, ciertamente valiente, tanto que no se imaginaba uno la derrota que luego sobrevino en Trafalgar, "pero el valor que yo concebía era tan parecido a la barbarie como un huevo a otro huevo. Con tales pensamientos, el patriotismo no era para mí más que el orgullo de pertenecer a aquella casta de matadores de moros."

Pero Galdós describe un memorable descubrimiento espiritual justo en el momento en que precedió al combate naval y explica cómo la idea de nacionalidad, de nación, se abrió paso en el espíritu de Gabriel, el de la Viña, "iluminándolo y descubriendo infinitas maravillas, como el sol que disipa la noche, y saca de la obscuridad un hermoso paisaje:

"Me representé a mi país como una inmensa tierra poblada de gentes, todos fraternalmente unidos; me representé la sociedad dividida en familias, en las cuales había esposas que mantener, hijos que educar, hacienda que conservar, honra que defender; me hice cargo de un pacto establecido entre tantos seres para ayudarse y sostenerse contra un ataque de fuera, y comprendí que por todos habían sido hechos aquellos barcos para defender la patria."

Y añade que la nación española es

"el terreno en que ponían sus plantas, el surco regado con su sudor, la casa donde vivían sus ancianos padres, el huerto donde jugaban sus hijos, la colonia descubierta y conquistada por sus ascendientes, el puerto donde amarraban su embarcación fatigada del largo viaje; el almacén donde depositaban sus riquezas; la iglesia, sarcófago de sus mayores, habitáculo de sus santos y arca de sus creencias; la plaza, recinto de sus alegres pasatiempos; el hogar doméstico, cuyos antiguos muebles, transmitidos de generación en generación, parecen el símbolo de la perpetuidad de las naciones; la cocina, en cuyas paredes ahumadas parece que no se extingue nunca el eco de los cuentos con que las abuelas amansan la travesura e inquietud de los nietos; la calle, donde se ven desfilar caras amigas; el campo, el mar, el cielo; todo cuanto desde el nacer se asocia a nuestra existencia, desde el pesebre de un animal querido hasta el trono de reyes patriarcales; todos los objetos en que vive prolongándose nuestra alma, como si el propio cuerpo no le bastara."

Y culmina:

"Mirando nuestras banderas rojas y amarillas, los colores combinados que mejor representan al fuego, sentí que mi pecho se ensanchaba; no pude contener algunas lágrimas de entusiasmo; me acordé de Cádiz, de Vejer; me acordé de todos los españoles, a quienes consideraba asomados a una gran azotea, contemplándonos con ansiedad; y todas estas ideas y sensaciones llevaron finalmente mi espíritu hasta Dios, a quien dirigí una oración que no era Padre-nuestro ni Ave-María, sino algo nuevo que a mí se me ocurrió entonces. Un repentino estruendo me sacó de mi arrobamiento, haciéndome estremecer con violentísima sacudida. Había sonado el primer cañonazo."

Hace unos días Pablo Iglesias, probable y presunto flamante vicetodo del gobierno mecano, puzzle o sánchezstein que aún no se ha constituido, recomendaba leer más a Pérez Galdós. Pues ahí lleva dos estampas sobre España de uno de los escritores que más ha contribuido a defender, crítica y ardorosamente, la realidad y entidad de la nación española.

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