La segunda serie de Los Episodios Nacionales

Luis Miguel Suárez

Al final de Un faccioso más… y algunos frailes menos, la novela que cierra la segunda serie de los Episodios Nacionales, Galdós se despide del lector dando por concluido este ciclo novelesco y anunciando su firme propósito de abandonar "para siempre el género histórico". El plan inicial del escritor canario era, pues, novelar solo el periodo comprendido entre la batalla de Trafalgar y la muerte de Fernando VII. Bastantes años después, como sabemos, mudará aquel designio —entre otras cuestiones por motivos económicos— y reanudará el viejo proyecto añadiendo tres series más, si bien la última quedará inconclusa.

La serie inicial, que tiene como núcleo la guerra de la independencia y como narrador y protagonista a Gabriel Araceli —verdadero hombre hecho a sí mismo— es probablemente la más valorada de todas. Sin embargo, la segunda, que se inicia con la salida de los franceses en 1814 (El equipaje del rey José) y abarca todo el reinado de Fernando VII presenta no pocos elementos de interés. Así, por un lado, nos muestra el punto de vista del propio escritor sobre uno de las etapas cruciales de la historia de España, de la que pretende extraer una lección que pueda aplicarse a su propia época sumida en unos enfrentamientos ideológicos que, en buena medida, tienen su origen en el periodo que novela.

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El Galdós de este momento es un liberal moderado que rechaza los extremismos, en ese enfrentamiento entre las dos Españas —la absolutista y la de la constitución de Cádiz— que surgen tras la guerra de la independencia. Si el despotismo, la crueldad y la ineptitud definen el reinado de Fernando VII, tampoco ahorrará críticas contra el ala más radical del liberalismo, a la que presenta en parte como culpable del fracaso, por ejemplo, del trienio liberal. De ahí que se burle de la masonería, ridiculice a la facción de los comuneros (encarnados en el maestro Patricio Sarmiento) y describa con horror episodios anticlericales como el asesinato de Vinuesa o, más adelante, la matanza de los padres jesuitas del Colegio Imperial de Madrid.

En cuanto al plano literario, como en la primera serie, Galdós busca la unidad a través de un personaje principal, Salvador Monsalud, aunque aquí ya no es él el narrador, función que en algún episodio pasa a otros personajes secundarios. Aunque ahora introducirá un antagonista —ideológico sobre todo— Carlos Garrote, que no llegará —aunque en alguno de los momentos finales parece que va a ocurrir— a cobrar una dimensión auténticamente humana, y no pasa de ser un símbolo. Al igual que en la primera serie no faltará la trama sentimental, si bien ahora más complicada, con la presencia de dos personajes femeninos, la intrigante Jenara y la abnegada Sola. Y también aquí las técnicas de la peripecia amorosa son en buena medida herederas de los viejos esquemas de la narrativa bizantina.

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En cuanto al valor literario, el conjunto de novelas puede resultar desigual; sin embargo, en todas existen elementos particulares que salvan sus posibles fallas. Hasta en Los cien mil hijos de San Luis, que algún crítico ha calificado de novela fallida —y, sin duda, determinados cambios de carácter resultan poco justificados—, hay un movimiento de los protagonistas, con un continuo juego de encuentros y desencuentros verdaderamente genial. Por otra parte, a lo largo de la serie, Galdós ha trazado un grupo de personajes sugestivos, como don Benigno Cordero (cuyo nombre ya lo define); incluso hasta alguna figura que en un primer momento resulta ridículo como el quijotesco don Patricio Sarmiento será capaz de redimirse al final. Pero entre los caracteres que desfilan por estas páginas ocupa asimismo un destacado protagonismo Juan de Pipaón. Hábil, oportunista y con pocos escrúpulos, es capaz de medrar desde su puesto de humilde covachuelista. Es, pues, un auténtico pícaro; y también, un perfecto ejemplo del político capaz de sobrevivir en medio de todas las tormentas. Y a pesar de todo, no se puede negar que suscita cierta simpatía en el lector.

Entre los volúmenes que componen la serie se podrían destacar algunos; pero entre ellos merece recordarse el penúltimo, Un voluntario realista, sobre la rebelión apostólica —embrión del movimiento carlista— de 1827 en Cataluña. A su interés histórico, con su panorama del interior de los conventos y las conexiones del clero con las intrigas políticas fraguadas por los seguidores de don Carlos, añade una trama de grandes pasiones y de excesos románticos, y unos protagonistas —sor Teodora de Aransis y Pepet Armengol, alias Tilín— con matices verdaderamente sugestivos. En definitiva, se trata de una historia romántica relatada por un escritor realista. Un escritor que quizás sea el mejor novelista después de Cervantes, y, además, su mejor discípulo.

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