Simon Sebag Montefiore: "A Lenin todavía no le han movido de su tumba, como sí se ha hecho con Franco"

El historiador británico publica Escrito en la historia, una recopilación de cartas de diversos personajes relevantes de la historia universal.

Luis H. Goldáraz

Simon Sebag Montefiore (Londres, 1965) reconoce un pequeño abismo entre lo que queda inmortalizado en la historia y la realidad intangible que la alimenta. Confía en la veracidad de los hechos, por supuesto, pero considera indispensable acercarse a ellos a través de la mirada de quienes los padecieron. Por eso, tal vez, desde hace varios años ya tenía en la cabeza recopilar una serie de testimonios globales y panhistóricos que permitiesen observar "la comedia humana", desde arriba y con deleite. Ahora ha llevado a cabo esa tarea con Escrito en la historia. Cartas que cambiaron el mundo (Editorial Crítica), una recopilación minuciosa y muy entretenida que acerca algunas de las misivas más íntimas y relevantes de la vida de muchos de los personajes más destacados de nuestra historia. Además, también se sirve de ellas para celebrar el arte de la escritura de cartas, "un vehículo maravilloso para expresarse y conocer el mundo", con el que es posible también adentrarse en el pasado.

PREGUNTA: ¿Qué pretende alguien que se pone a recopilar tantas cartas, de tantos personajes, que vivieron en tantas épocas?

RESPUESTA: Pues diseñar una biblioteca, o un arca del tesoro, que intente atravesar precisamente todos los continentes, todas las culturas, todas las razas y todas las épocas. En cierto modo este libro habla mucho de la historia del mundo, pero se puede leer también como un entretenimiento. El único criterio a la hora de seleccionar las cartas ha sido que fueran cartas que cambiaron el mundo, de algún modo. Y esto quiere decir que no son sólo cartas que declararon guerras, o que las finalizaron trayendo la paz. No son solamente políticas, sino también cartas que cambiaron el mundo culturalmente. En ese sentido, la selección es totalmente subjetiva, tiene que ver únicamente con lo que a mí me resultó fascinante.

P: ¿Pero cómo se enfrenta alguien a tres mil años de historia, con todos sus personajes relevantes y todas las cartas que esos mismos personajes escribieron? ¿Cuál ha sido el procedimiento de selección?

R: Mucho menos trabajoso de lo que puede parecer. Al final, a lo largo de los años, con todos los libros que he ido escribiendo, he tenido la oportunidad de leer muchas cartas de muchas personas. Lo que pasa es que soy muy lector. Siempre estoy leyendo unos cinco libros al mismo tiempo, y cada uno de ellos suele hablar sobre una parte del mundo diferente. Por eso, en mi cabeza siempre ha existido esta idea de hacer esta recopilación global y panhistórica. Además, desde hace tiempo ya sabía que tenía que titularla así: Escrito en la historia. Cartas que cambiaron el mundo. Lo que trato de decir es que en realidad, este libro no es más que el fruto de toda una vida de lecturas. Y también es una celebración del arte de la escritura de cartas. Porque aunque algunas de estas misivas están escritas por personas normales y corrientes, muchos de los mejores escritores del mundo también dejaron correspondencia, y leer esa faceta suya no deja de ser un deleite literario, aparte de un deleite histórico.

P: Las cartas, al fin y al cabo, son mensajes deliberados a terceros. En ellas, la persona que escribe controla la imagen que quiere proyectar. ¿Qué riesgos corre un lector que se acerque a este libro creyendo que va a conocer en profundidad a los personajes que aquí aparecen?

R: Es una buena pregunta. Aunque ocurre lo mismo con los diarios, en realidad. Y con cualquier otro tipo de publicación. El próximo libro que estoy preparando, que será la continuación de este, es una recopilación de discursos políticos. Y todos los discursos políticos están llenos de mentiras. Así que, bueno, los peligros son los mismos en cualquier formato. Yo creo que a la hora de leer es importante discernir qué es verdad y qué es mentira, por supuesto, pero también saber cuándo fue escrito y a quien iba dirigido. Sin estas cosas es difícil analizar las cartas. Por ejemplo, en las cartas de Colón a los Reyes Católicos él estaba limitado por el respeto que debía mostrarles. Además, también quería promocionarse, a sí mismo y a sus viajes… Pero sin embargo, las cartas de Stalin a su hija, y viceversa, sí que muestran una faceta mucho más íntima y personal. En ese sentido, lo maravilloso de la correspondencia amorosa entre grandes líderes políticos, como entre Nicolás y Alejandra, o entre Catalina la Grande y el príncipe Potemkin, es que es muy difícil acercarse mucho más a la realidad de ambas parejas. Quiero decir, eran tanto amantes como aliados políticos, y aún así debían tener mucho cuidado con lo que se decían el uno al otro. Por otro lado, el mero hecho de que las cartas que nos han llegado no fuesen destruidas en su momento, que fuesen guardadas, ya nos revela algo de la persona que las guardó. A la hora de leer las cartas uno debe tener en cuenta todos estos factores, claro, y por eso creo que sirve de ayuda el pequeño texto introductorio que utilizo para presentar cada una de ellas.

P: ¿Hasta qué punto una persona es esclava, no ya sólo de lo que escriban sobre ella, sino de lo que escribe ella misma?

R: Una vez algo queda escrito no se puede volver atrás, ¿no? A mí algo que me fascina de la escritura de cartas es que la gente las enviaba y podían tardar semanas, a veces meses, en llegar a su destinatario. El mundo podía haber cambiado por completo durante esos lapsos. Pero en cierto sentido, la gente que escribía cartas era igual de esclava a ellas que nosotros a otras cosas, ahora mismo. Todo cambia, y nada sigue igual, pero las palabras que escribes sobre el papel permanecen inmutables.

P: Me refería más a la imagen que quedará de nosotros. Hasta qué punto aquello que escribimos determina la imagen que tendrán de nosotros en el futuro.

R: Sí, eso es muy interesante. Por ejemplo, las cartas de amor no eran redactadas para ser leídas por todo el mundo. Iban dirigidas a una persona concreta y más allá de eso eran confidenciales. Este libro está diseñado para que lo pueda leer cualquiera. No tienes que saber nada de historia, prácticamente. Sólo tienes que estar vivo, y apreciar la comedia de la existencia humana. Eso es todo. Y tienes razón: a lo mejor hay personas que se acercan a este libro y lo primero que aprenden acerca de cierto personaje histórico es lo que dice en esa carta concreta que yo he seleccionado entre muchísimas otras. Por eso, una vez más, la introducción a cada una de ellas es muy importante. Me lo tomé muy en serio. A mí me encanta introducir épocas, periodos, personajes y fechas que a lo mejor la gente desconoce. Se me ocurre la figura de Bolívar, que es conocidísima en Sudamérica, por supuesto, y en España más o menos también, pero que en el resto del mundo está olvidada. Y su amante, Manuela Sáenz, es uno de los mejores personajes de todo el libro, y uno de mis favoritos. Su carta simplemente es increíble. Pero la gran mayoría de la gente a lo mejor no ha oído hablar de ella en la vida. Y por eso es divertido hacer un libro como este.

P: Leyendo cartas uno puede darse cuenta de hasta qué punto la disciplina histórica es subjetiva e inexacta, también.

R: Bueno, la historia en realidad es una mezcla de disciplinas. Para empezar, sí que existen datos objetivos e incontrovertibles. Por ejemplo: Lincoln fue asesinado. Existen los hechos. En tal o cual año, un país invadió a otro, y no al revés. Luego, claro, la interpretación que se les da a esos hechos es otro problema distinto. Una cosa interesante es cómo influyen en la interpretación de la historia los propios intereses de cada época. Sesenta años después de la Segunda Guerra Mundial, toda la historia se veía a través del prisma del Holocausto. Hoy en día, sin embargo, la historia se mira más a través del prisma de la esclavitud africana, por un lado, y del movimiento feminista y el surgimiento de los derechos de las mujeres por otro. Hay que intentar evitar que la distorsión sea demasiado poderosa, a no ser que esa distorsión sea una mejora. Yo ahora estoy escribiendo una historia mundial, y estoy encantado con estas nuevas modas, y con el hecho de que la gente esté tan interesada en la esclavitud y en el proceso de emancipación femenina. Y no porque sea justo, que lo es, sino porque sirve para completar la historia. En ese sentido, creo que esta colección refleja esto. Aquí hay recogidas muchas cartas de mujeres, y de gente de todos los continentes y de todas las razas. Es como tiene que ser.

P: ¿Cuándo comienza a ser peligrosa la distorsión?

R: Cuando un tema se vuelve tan político que ya no puedes hablar sobre la verdad. Cuando tienes que ser tan políticamente correcto que no puedes hablar, vamos. Hay miles de ejemplos. Pero en este libro no tienen relevancia. Para mí este libro tiene esa cosa positiva que es que recoge nuestra época, hasta cierto punto.

P: Tú mismo has dicho que has seleccionado muchas cartas de muchas mujeres que, a lo largo de la historia, desempeñaron papeles muy relevantes. ¿Hay que repensar el papel de la mujer en la historia?

R: Sí, completamente. Y esa es una de las cosas que estoy intentando hacer.

P: Cambiando de tercio. En el libro recoges una carta que muestra al Lenin más despótico y asesino. Denuncias, también, que su figura fue lavada durante todo el siglo pasado y que aún a día de hoy goza de cierto prestigio, además de un mausoleo en mitad de la Plaza Roja. ¿Hasta qué punto la gente no conoce todavía la faceta más truculenta del líder soviético?

R: Lo que pasa es que esa faceta suya sólo fue revelada a partir de 1991. Todavía mucha gente, sobre todo de izquierdas, sigue considerándole una especie de padre noble. No le han movido de su tumba, como sí se ha hecho con Franco, por ejemplo.

P: Y yendo más allá de Lenin. A día de hoy parece existir una cierta reticencia a equiparar al comunismo con otras ideologías autoritarias. A lo mejor se denuncian los crímenes de ciertos regímenes concretos, pero no de la ideología en sí. ¿A qué crees que se debe este fenómeno?

R: Sí que tiene mejor reputación, es cierto. Estoy de acuerdo con eso que dices. Y creo que se debe a varios factores: por un lado el comunismo es visto como un movimiento filantrópico y humanitario, en contraposición con esa adoración al poder que representa el fascismo. Por otro lado, la Academia ha estado siempre mucho más dominada por la izquierda, tanto en Estados Unidos, como en Gran Bretaña o en España. Y por último, creo que uno de los motivos más importantes a nivel internacional es que los aliados no hubiésemos ganado la Segunda Guerra Mundial sin Stalin y sin la Unión Soviética. Eso es algo que tiene mucho valor para occidente. Tal vez no tanto para España, que no participó en la guerra, pero sí para el resto de países occidentales. Probablemente ese sea el factor principal. Pero sé a lo que te refieres: si fueras a ser ejecutado en un sótano, con un disparo en la nuca, y supieses que tu familia iba a ser arrojada a un vagón de tren con destino a una muerte segura en un campo de concentración, creo que te daría igual qué sistema exactamente es el que está matando. Porque son lo mismo, en realidad.

P: Volviendo al libro. ¿Qué se le pasa por la cabeza a alguien que ha repasado tantas cartas de tantas épocas distintas y ha podido ver cómo las personas no hemos cambiado nada en tres mil años?

R: Sí, dos cosas: por un lado, es cierto, el ser humano no cambia. Da igual que leas las cartas de Balzac o de Miguel Ángel; que tengas delante testimonios de hace quinientos o dos mil años; la gente amaba, enfermaba y moría igual que ahora. Pero por otro lado, la otra cara de la moneda nos enseña también lo diferentes que somos todos. La gente, realmente, es de otro país. El pasado es otro país. Y la mentalidad de la gente, incluso muy recientemente, como la gente que ha vivido bajo el Estado Islámico, o la que vivió bajo el Partido Comunista en Rusia durante los años 30, o los líderes católicos durante la Inquisición española… Hay infinidad de ejemplos. Todos ellos tenían el mismo aspecto que nosotros. Su ropa y su comida era diferente, claro, pero lo que realmente les distancia de nosotros es su mentalidad. Y ese es otro de los temas de este libro.

P: El libro también está plagado de cartas de genios de distintas disciplinas. ¿Qué diferencia a un genio de la gente común? ¿Son tan diferentes a nosotros, o simplemente han sido encumbrados por el azar y la historia?

R: Bueno, claramente, algunas personas tienen un talento especial. Tienen el don de saber hacer algo, y de hacerlo excepcionalmente bien. Pero lo que les diferencia no es sólo que fuesen capaces de hacer algo concreto, sino que tenían una visión. Esa es la gran diferencia entre un habilidoso artesano y un gran artista. Porque no solamente dominaban la técnica, sino que también poseían una visión única y particular del mundo. Una misión. En este libro hay cartas de Picasso, de Miguel Ángel, de Mozart, y todos tenían eso. Todos eran perfectamente conscientes de lo que querían crear y de lo que significaba. Sin el significado, su tarea se habría quedado en nada.

P: Por otro lado, ¿qué nos estamos perdiendo nosotros, que ya no enviamos ni recibimos correspondencia?

R: Sobre todo, la calma y la serenidad que aporta el querer expresarse por escrito. De pensar en soledad. Eso es algo muy importante. Nosotros ahora no tenemos tiempo, estamos todo el rato mirando hacia la pantalla y pasando de una conversación a otra. Sin embargo, lo maravilloso de los últimos quinientos años, y antes, era el tiempo que le dedicábamos a contemplar ideas, y a pensar en quienes somos. Por otro lado, creo que también nos estamos perdiendo la sensación de formar parte de una comunidad verdadera. En estos últimos cinco siglos la gente escribía cartas todo el día a todo tipo de personas. Desde familia, amigos, compañeros, e incluso a extraños de lugares remotos. Todo ello era el principio de una especie de conciencia internacional. Y ahora sólo tenemos esa visión técnica de la cultura internacional, que es una idea muy solitaria. En internet estamos acompañados de millones de personas, y a la vez estamos más solos que nunca, porque las relaciones no dejan de ser muy superficiales. Pero más allá de todo eso, creo que lo que más se pierde es el propio ejercicio en sí, porque las cartas no dejan de ser un vehículo maravilloso con el que expresarse.

P: ¿Hasta qué punto esa manera pausada de escribir puede cambiar la manera que tenemos de conocernos, por un lado, y de conocer el mundo, por otro?

R: Lo cambia completamente. Creo que los grandes avances tecnológicos han creado un hambre por el ruido. Ahora cada momento tiene que estar lleno de ruido, y existe un miedo creciente a la soledad. Esto tiene muchos efectos. Algunos no son tan diferentes: las citas sexuales ahora son muy instantáneas, por ejemplo, pero en realidad en otras épocas las calles estaban llenas de burdeles, así que la cosa no era tan radicalmente distinta. A nivel político, sin embargo, las cosas han cogido un ritmo vertiginoso. Todo tiene que ser hecho antes de que llegue el siguiente tweet, o antes de que salga el siguiente boletín informativo, para el que solo faltan cinco minutos. Y eso es muy nuevo.

P: Para acabar con el libro, ¿hay alguna carta de todas las que has seleccionado que te guste más que las demás?

R: Hombre, al ser una selección, obviamente, todas son mis favoritas. Pero como estamos en España, y hay mucha historia de España en este libro, una carta que me encanta es la de Abderramán III, el califa de Al-Ándalus, que después de un reinado de más de cuarenta años de victorias y de conquistas, dijo que sólo había gozado de catorce días de felicidad. Su testimonio simboliza muy bien la esencia pasajera de la vida y del poder.

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